10/16/2026
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¡APRESÚRATE, OH DIOS!
Salmo 70
En medio del conflicto en que estamos inmersos, en más de una ocasión nos puede parecer que la respuesta de Dios a nuestras oraciones se tarda en llegar. Incluso, puede dar la impresión de que Dios guarda silencio o está distante: “Acude, Dios, a librarme; apresúrate, Dios, a socorrerme” (Salmo 70:1). En tales momentos la condición del corazón puede llegar a ser desfalleciente: “Yo estoy afligido y menesteroso; apresúrate a mí, oh Dios” (70:5). Por tanto, la paciencia perseverante se ha convertido en un ingrediente indispensable en la oración.
La amenaza de los enemigos. Un agravante en estas situaciones siempre será la amenaza que representan los enemigos que se levantan contra el pueblo de Dios: “Sean avergonzados y confundidos los que buscan mi vida; sean vueltos atrás y avergonzados los que mi mal desean. Sean vueltos atrás, en pago de su afrenta, los que se burlan de mí” (70:2-3). Sabemos que conforme avance la historia de este mundo y se acerque el tiempo del fin, la humanidad se polarizará: solo habrá dos grupos. Este salmo anticipa la suerte que correrán los impíos que se burlan de los justos.
El gozo de los que buscan a Dios. En marcado contraste, el salmo resalta el gozo y la honra de quienes confían en Dios en los momentos más angustiosos: “¡Gócense y alégrense en ti todos los que te buscan! Y digan siempre los que aman tu salvación: ¡Engrandecido sea Dios!” (70:4). Aunque la liberación no llegue de inmediato, el corazón que ama la salvación de Dios puede regocijarse y glorificar su nombre desde la espera.
El clamor final de fe. El salmo concluye con un grito de triunfo que reafirma la fe del corazón que ha esperado en Dios: “Ayuda mía y mi libertador eres tú; ¡Jehová, no te detengas!” (70:5b). Es bueno saber que Dios es el único que puede socorrernos y está dispuesto a hacerlo en respuesta a nuestra oración suplicante.
¿Oraremos pacientemente en espera de la liberación? Aunque la urgencia nos oprima y parezca que Dios se demora, sigamos clamando con fe. Él es nuestro ayudador y libertador. La paciencia en la oración no es resignación, sino confianza activa en Aquel que nunca llega tarde.
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