10/26/2026
LA PAZ SOLO LLEGA CON EL PERDÓN
Texto base: Efesios 4:31-32
“Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.”
Introducción
¿Cuántas personas viven amargadas, frustradas y cansadas de pelear y batallar, buscando una paz que nunca consiguen encontrar?
Hay hogares donde se perdió la tranquilidad; matrimonios donde las palabras se convirtieron en armas; familias donde los resentimientos han levantado muros, y corazones que, aunque sonríen por fuera, por dentro siguen sufriendo por las heridas del pasado.
Hay personas que llevan años luchando por tener paz en su casa, paz en sus relaciones y paz en su propio corazón. Sin embargo, cuanto más pelean, más se desgastan; cuanto más discuten, más se lastiman, y cuanto más intentan demostrar quién tiene la razón, más lejos parecen estar de la tranquilidad que tanto desean.
Pero ¿será posible encontrar paz cuando todavía estamos abrazando aquello que nos lastimó?
Muchas veces queremos que cambien las personas que nos hirieron, que reconozcan sus errores, que nos pidan perdón y que nos den una explicación. Y mientras esperamos que eso suceda, dejamos nuestra paz en manos de quienes nos hicieron daño.
Sin darnos cuenta, seguimos viviendo atados a una ofensa que ocurrió ayer, permitiendo que continúe afectando nuestro presente.
Pero Dios nos muestra otro camino: el camino del perdón.
El perdón no significa que lo que nos hicieron estuvo bien. Tampoco significa que debamos negar nuestro dolor o permitir que alguien siga haciéndonos daño. Perdonar significa dejar de alimentar el resentimiento y entregar a Dios aquello que ya no queremos seguir cargando.
Porque mientras la herida siga gobernando nuestro corazón, será difícil disfrutar plenamente de la paz que Dios quiere producir en nosotros.
Quizás hoy necesitamos dejar de preguntarnos solamente: “¿Por qué me hicieron esto?”, y comenzar a preguntarnos: “Señor, ¿qué necesitas sanar en mi corazón para que yo pueda volver a vivir en paz?”
Porque hay batallas que no se ganan consiguiendo que el otro pierda, sino permitiendo que Dios sane nuestro corazón.
Y hay cargas que no se sueltan peleando más, sino aprendiendo a perdonar.