En diciembre de 1990, en una velada entre amigos, surgió la iniciativa de crear el Centro Félix Varela.
Por entonces, la sociedad cubana había abierto un amplia reflexión -bajo el así llamando "proceso de rectificación de errores"- en torno a los problemas en diversas áreas de nuestra propia realidad, originados por cierto mimetismo en el que durante años incurrimos en relación con el modelo de desarrollo soviético.
Al agotamiento de esas tendencias miméticas —identificadas a mediados de los años 80— se sumaría, en los 90, una grave crisis coyuntural de naturaleza económica, al perderse el 85 % de nuestros mercados junto a la principal fuente de tecnología y créditos del país. La simultaneidad de una crisis estructural aún no resuelta, con una crisis coyuntural de inserción económica internacional, presentaría a la nación un desafío de supervivencia inmediata.
En esas circunstancias era lógico y legítimo esperar que la atención de las autoridades, y buena parte de los mejores talentos del país, se volcaran a administrar y buscar salidas a la grave crisis coyuntural, que llegaría a reducir la capacidad de importación de 8.4 mil millones de dólares en 1989 a 1.7 mil millones en 1993. A ello se agregó la acentuación del bloqueo económico estadounidense para asfixiar definitivamente la vida cotidiana del ciudadano común en la Isla. Teorizar sobre un paradigma de desarrollo alternativo, no solo al capitalismo sino también al socialismo real, parecía en esas circunstancias un lujo inaceptable para una nación obligada a garantizar su subsistencia cotidiana inmediata.
Sin embargo, veíamos una conexión indisoluble entre nuestros problemas estructurales y coyunturales, que haría imposible trascender plenamente unos, si se relegaba la atención de los otros. Se corría, adicionalmente, el riesgo de que el conjunto de medidas emergentes que adoptásemos frente a la crisis coyuntural comprometiera, a mediano y largo plazos, el rediseño del modelo de desarrollo con equidad —esta vez anclado en nuestra historia e idiosincrasia- al que la nación no podía renunciar.
La sociedad cubana en su conjunto tenía el derecho y el deber de hacer su contribución participativa —teórica y práctica— a la lucha por trascender simultáneamente los retos estructurales y coyunturales que enfrentaba el país. Sostener, en las nuevas y críticas circunstancias, la independencia y el derecho al desarrollo con equidad social de la nación era ineludible responsabilidad ciudadana. Para contribuir de modo adicional al cumplimiento de ese deber fue creado el Centro Félix Varela, como organización no gubernamental, autónoma, y no lucrativa, de la sociedad civil cubana.
La civilización, en tanto relación del hombre con su hábitat por vía tecnológica, nos está conduciendo no a la liberación del "reino de la necesidad", sino a la destrucción del ecosistema que sostiene la vida del planeta. Los diversos procesos culturales han generado múltiples formas de organización socioeconómica. Sin embargo, ese igualmente progresivo desarrollo de diversas estructuras de relación humana no ha logrado tampoco alcanzar el sueño milenario de la liberación plena, material y espiritual del hombre.
La humanidad está urgida de encontrar la senda auténtica para construir una sociedad libre de miseria y de enajenación. Solo una cultura de liberación humana puede otorgar un legítimo carácter progresista al desarrollo tecnológico y los procesos civilizatorios que de él se derivan.
En este Tercer Milenio, tras la frustración de los múltiples "asaltos al cielo" emprendidos a lo largo del siglo XX, resulta más fácil comprender que la aludida disyuntiva entre "barbarie o civilización" deviene en realidad una disyuntiva entre las culturas de dominación y las de la liberación humana. Sociedades de dominación o sociedades de liberación. Culturas de dominación o culturas de liberación. Civilización como barbarie o civilización como progreso. Un orden mundial de dominación o de cooperación.
Estas son las dicotomías que nos presenta el siglo XXI.
La vigésima centuria cerró en medio de un planeta de recursos y riquezas polarizadas con una embestida planetaria de las fuerzas de la dominación, el egoísmo y el odio. El derrumbe de las sociedades que una vez aparecieron como promisorios proyectos liberadores, solo demuestra que sus cimientos axiológicos resultaron frágiles y falsos. Su desaparición no constituye prueba de que el reino del odio y el egoísmo sea el único viable.
Hoy se enfrentan, una vez más, la ética del tener y la ética del ser.
El Centro Félix Varela, profundamente comprometido y enraizado en el histórico proyecto de liberación y ética de la nación cubana nacida desde el pasado siglo, asume con esa óptica los retos con que se inicia este Tercer Milenio.
Apostamos al sistema de valores basado en el amor, la dignidad y la solidaridad. Defendemos el derecho de nuestra nación a construir una sociedad nueva, portadora de esa eticidad, en un marco de paz, soberanía e independencia. Un humanismo comprometido y activo es el origen de nuestra visión social, política y económica. Somos, por ello, comprometidos activistas del proyecto de liberación nacional y humana que el padre Varela contribuyó a forjar hace más de un siglo, y que hoy defendemos frente a las fuerzas del hegemonismo, la dominación, el odio y el egoísmo.