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02/08/2026
03/07/2026

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02/07/2026

El abismo se abrió de verdad.

Soledad Morillo Belloso

No se puede separar la política de las políticas públicas. Es una ilusión peligrosa, como creer que una casa puede sostenerse sin columnas solo porque la pintura está fresca. La política marca el rumbo, pero las políticas públicas son el camino, el asfalto, los puentes, los drenajes, los hospitales, los protocolos. Cuando una existe sin las otras, lo que se obtiene no es un país: es un espejismo. Y cuando la tierra tiembla, el espejismo se disuelve y queda a la vista la verdad desnuda.

El terremoto en Venezuela no sólo sacudió edificios: sacudió la mentira. La naturaleza hizo en segundos lo que la crítica, la academia y la ciudadanía no lograron en décadas: mostrar que el Estado estaba hueco. La tierra se movió, sí, pero lo que se vino abajo no fue obra exclusiva del sismo; fue el resultado de años de negligencia, improvisación y corrupción. Mucha épica, nula ingeniería. Mucho discurso, cero mantenimiento. Mucha consigna, ninguna prevención. El país no colapsó por un temblor: colapsó porque llevaba 27 años siendo desmantelado pieza por pieza.

El fracaso del régimen bolivariano quedó expuesto sin anestesia. Hoy lo administra una presidente encargada que ha demostrado su incapacidad tanto en la calma como en la tormenta. Pero sería injusto atribuirle todo el desastre a ella sola. Ella es apenas la heredera de un modelo que convirtió la incompetencia en método y la corrupción en sistema. Veintisiete años de sustituir técnicos por militantes, instituciones por lealtades, planificación por propaganda. Veintisiete años de confundir política con espectáculo y políticas públicas con dádivas. Veintisiete años de creer que gobernar es hablar paja, no hacer.

El terremoto sólo terminó de romper lo que ya estaba roto. Muchos de los edificios que se desplomaron no cayeron por la magnitud del sismo, sino por el cemento adulterado. Los hospitales que no pudieron recibir heridos no fallaron por saturación, sino por abandono. Las comunidades que quedaron aisladas no lo estuvieron por el movimiento telúrico, sino porque las vías llevaban años destruidas y porque no había equipos de rescate suficientes. Los sistemas de emergencia no colapsaron: simplemente habían dejado de existir. Y las instituciones no reaccionaron porque hace tiempo dejaron de ser instituciones; son cascarones vacíos, oficinas donde se firma pero no se gobierna. En toda esta emergencia, los despachos de la defensoría del pueblo enmudecieron. El pueblo abandonado no tuvo quien lo defendiera.

La presidente encargada quedó expuesta ante el país: sin plan, sin equipo, sin criterio, sin capacidad operativa. Pero más que un fracaso personal, lo suyo es la evidencia final de un proyecto que confundió poder con omnipotencia y terminó creyéndose inmune a la realidad. Y la realidad, cuando llega, no pide permiso.

En Chacao y Baruta la atención fue distinta, casi un recordatorio de que cuando las instituciones funcionan, aunque sea a escala municipal, la diferencia se nota. En medio del caos, mientras el país entero buscaba a tientas una respuesta que el gobierno central no dio, los organismos municipales actuaron como debían: con rapidez, con orden, con presencia real en la calle. Protección Civil, bomberos, policías locales, cuadrillas de rescate y voluntarios se desplegaron sin esperar instrucciones, más allá de las cámaras, sin discursos prosopopéyicos. A pesar de la crisis económica de la que no escapan los municipios, hicieron lo que corresponde cuando la tierra se abre y la gente queda vulnerable: asistir, contener, rescatar, acompañar. No hubo improvisación, hubo oficio; no hubo propaganda, hubo trabajo. En esos municipios, al menos por unas horas, se vio lo que significa tener instituciones que entienden su deber y lo cumplen, incluso cuando el país alrededor parece desmoronarse.

De las Fuerzas Armadas, nada que decir. No existen. No estuvieron, no aparecieron, no se hicieron sentir ni en la calle ni en la coordinación ni en la contención. En un país que lleva décadas oyendo que la FANB es “el pueblo en armas”, lo que se vio fue exactamente lo contrario: un vacío. Mientras los municipios hacían su trabajo y los ciudadanos se organizaban como podían, la institución que debería ser columna vertebral en emergencias quedó reducida a una sombra burocrática, un uniforme sin cuerpo. No hubo despliegue, no hubo logística, no hubo presencia operativa. Y en un momento en que cada minuto contaba, su ausencia fue un estruendo. Un país puede perdonar errores, pero no puede sobrevivir a unas Fuerzas Armadas que sólo existen para la ceremonia y el desfile y nunca para la emergencia.

La solidaridad de la ciudadanía es encomiable, sin duda. Habla bien de los venezolanos, de esa capacidad casi instintiva de organizarse, de tender la mano, de aparecer donde el Estado no llega. Pero esa virtud no puede convertirse en coartada. El Estado no puede lavarse las manos ni pretender delegar en la sociedad lo que es su exclusiva responsabilidad. La gente ayuda porque tiene corazón, porque no soporta ver al otro caer; el Estado debe ayudar porque es su deber, porque para eso existe, porque para eso recauda, administra, planifica. Cuando la ciudadanía sustituye al Estado, algo está profundamente roto. Y cuando el Estado se acostumbra a que la ciudadanía lo sustituya, el país entero queda en riesgo. La solidaridad es un orgullo; la desresponsabilización institucional, una vergüenza.

Si a la señora presidente encargada le queda un mínimo de pundonor, de sentido de Estado, de conciencia histórica, pasada la emergencia debe presentar su renuncia. No como un gesto político, sino como un acto de decencia. Y lo propio deben hacer el gobernador y el alcalde La Guaira. Porque gobernar no es ocupar un cargo: es sostener un país, un pueblo. Y Venezuela, hoy, está rota. Rota por el sismo, sí, pero sobre todo por 27 años de decisiones equivocadas, negligencia acumulada y corrupción institucionalizada.

La política sin políticas públicas es humo que asfixia. Las políticas públicas sin política son un manual empolvado que nadie abre. Y un país que tolera esa fractura vive con un pie colgando sobre el vacío.

Esta vez el vacío no fue metáfora: el abismo se abrió. Y si seguimos bajo la égida de este régimen, la próxima emergencia —que llegará, porque siempre llega— no sólo nos golpeará: nos borrará.

26/06/2026
26/06/2026

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