07/02/2026
Jesucristo es Rey, no por consenso humano, sino por decreto eterno. Su trono no depende de la fe del hombre, ni su autoridad fluctúa según la opinión de las naciones. Él reina porque el Padre así lo ha establecido, y su dominio es absoluto, santo e inquebrantable.
La Escritura afirma que llegará el día en que toda rodilla se doblará ante Él, en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra. Nadie quedará excluido de ese encuentro con su majestad. Algunos se postrarán voluntariamente, con gozo y adoración, reconociendo al Cordero que fue inmolado y ahora vive para siempre. Otros lo harán forzados por la realidad de su gloria, quebrantados por haber resistido su señorío con soberbia y obstinación.
Pero el resultado será el mismo: Cristo será confesado como Señor. Su gloria será vindicada, su justicia manifestada y su reino plenamente revelado. El Rey exaltado no será ignorado ni desafiado eternamente. Ante Él caerán imperios, se silenciarán argumentos y se rendirán corazones.
Porque Él es alto y sublime, y su nombre está por encima de todo nombre. Y ante su presencia, no habrá otra opción que doblar las rodillas y reconocer que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.