23/02/2026
Feliz aniversario Rotary Club of Chicago
Imagínate la Chicago de 1905: una ciudad que iba a mil por hora, llena de humo, fábricas y gente corriendo detrás del dinero. En medio de todo ese ruido, un abogado joven, Paul Harris, se sentía un poco solo. No es que le fuera mal, pero echaba de menos algo que escaseaba en la gran ciudad: amigos de verdad, de esos en los que puedes confiar sin tener que estar cuidándote la espalda por la competencia.
Todo empezó, como pasan las mejores cosas, con una cena. Paul quedó con su amigo Silvester Schiele (que vendía carbón) en el restaurante de Madame Galli. Era un sitio muy interesante, medio bohemio, donde se juntaban artistas e inmigrantes italianos. Entre un buen plato de espaguetis y el calor del lugar, Paul soltó la idea que le daba vueltas en la cabeza: "¿Y si formamos un grupo donde podamos ser amigos y ayudarnos en el trabajo, pero sin cosas raras ni envidias?"
Paul no era el típico tiburón de los negocios; lo que él quería era ser útil y no vivir solo para acumular billetes. Esa noche, después de cenar, salieron al frío de Chicago, cruzaron el río y se fueron al Edificio Unity. Subieron a la oficina 711, el despacho del ingeniero en minas Gus Loehr, donde también los esperaba Hiram Shorey, que era sastre. Cuatro tipos normales, de cuatro profesiones distintas, a punto de inventar algo gigante.
Esa primera reunión no tuvo nada de aburrido protocolo. No hubo grandes discursos. Simplemente se pusieron de acuerdo en dos cosas: querían que les fuera bien en sus negocios y querían pasarlo bien juntos. Para que no hubiera discordia, inventaron una regla de oro: solo entraría una persona por cada profesión. Así, en lugar de competir, se ayudaban. Si el abogado necesitaba un sastre, iba con su amigo Hiram; si el sastre necesitaba carbón, llamaba a Silvester.
Con el tiempo, esto se convirtió casi en un juego: "¿A cuántos compañeros he ayudado esta semana?". Se dieron cuenta de que, cuando confías en el otro, el negocio fluye solo. Era lo que ellos llamaban la "ley de compensación": tú das sin esperar nada a cambio, y al final la vida te lo devuelve por otro lado.
El grupo empezó a crecer como la espuma. De 4 pasaron a 19, y al año ya eran 30. Pero entonces pasó algo curioso. Ya no solo hablaban de sus negocios; empezaron a mirar por la ventana y a ver qué necesitaba Chicago. ¿Su primera misión oficial? Lograr que instalaran baños públicos en el Ayuntamiento. Ahí fue cuando el "ayudarnos entre nosotros" se transformó en "ayudar a los demás".
De ahí salieron los lemas que hoy todos conocen, como ese de "Se beneficia más quién mejor sirve" o el mítico y oficial "Dar de sí antes de pensar en sí". Lo que empezó en una mesa con olor a pasta italiana se convirtió en un movimiento que saltó a luego al mundo entero.
Hoy, 121 años después de esa caminata nocturna de Paul y sus amigos, la esencia sigue siendo la misma. Rotary nació porque unos cuantos se dieron cuenta de que crecer solo es muy aburrido y frágil, pero crecer juntos y con ética te hace imparable. Al final, la gran lección de Madame Galli y de la oficina 711 es muy sencilla: cuando hay amistad y confianza de por medio, no solo prosperas tú y tu profesión, prospera toda tu comunidad.
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