17/03/2026
La libertad no consiste en hacer cualquier cosa sobre lo que es de otros. La libertad existe porque hay límites, porque hay reglas, porque hay responsabilidades. Sin restricciones no hay convivencia: hay abuso. Sin obligaciones no hay derechos: hay privilegios. Y grafitear un mural ajeno, una pared ajena o una obra ajena no es un acto heroico de expresión: es la imposición de una voluntad individual sobre una decisión colectiva.
En democracia, las diferencias no se resuelven a los gritos sobre una pared ni a fuerza de pintura arriba del trabajo de otros. Se resuelven a través de normas, instituciones, participación y representación. Eso es vivir en sociedad: aceptar que no todo deseo personal tiene derecho a convertirse en acción sobre el espacio común. Cuando alguien interviene un muro que no le pertenece, no está ampliando libertades: está negando las de los demás. Está diciendo que su impulso vale más que el esfuerzo ajeno, más que la propiedad ajena, más que las reglas que nos dimos entre todos.
Se ha romantizado demasiado la idea de que toda transgresión es valiente, de que toda pintada es resistencia, de que todo límite es censura. No. Muchas veces es simple atropello, simple impunidad, simple desprecio por la convivencia democrática. Una ciudad democrática no es una ciudad donde cada uno hace lo que quiere; es una ciudad donde incluso el desacuerdo tiene reglas. Porque cuando se pierde el respeto por esas restricciones básicas, no avanza la libertad: avanza la ley del más fuerte.
Montevideo no necesita más justificaciones para ensuciar, tapar y arruinar lo que otros hicieron. Necesita más responsabilidad, más respeto y más cultura democrática.