02/13/2026
REVISANDO EL SALMO 75
Por Noel Serrano
El Salmo 75 constituye un profundo testimonio teológico de la soberanía de Dios, funcionando como un himno comunitario de acción de gracias y un oráculo profético del juicio divino. El salmo comienza con una declaración repetitiva y enfática de gratitud, donde la congregación, guiada por el salmista, da gracias a Dios, reconociendo que su nombre está cerca. Esta cercanía no es un concepto abstracto, sino que se sustenta en las "maravillas" que el pueblo declara. El versículo inicial establece un tono de intimidad y presencia inmediata, fundamentando las afirmaciones teológicas que siguen en la realidad vivida de la intervención de Dios en la historia. Sugiere que el culto comunitario es una respuesta a la evidencia tangible del poder de Dios, creando una base de confianza antes de que el texto se transforme en un discurso divino directo.
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A medida que el salmo avanza hacia los versículos segundo y tercero, la voz cambia drásticamente de la congregación a Dios mismo, quien afirma su control absoluto sobre el tiempo y la estabilidad del cosmos. Dios declara que Él elige el "tiempo señalado", una frase que subraya la distintiva cosmovisión bíblica, donde la historia no es cíclica ni aleatoria, sino lineal y dirigida por una intención soberana. En este momento kairos, Dios juzga con equidad. El texto ofrece una vívida imagen de un mundo caótico donde la tierra y sus habitantes se disuelven o se desvanecen —probablemente una metáfora del colapso social, moral o político—, pero Dios sigue siendo el sustentador que sostiene sus pilares. Esta imagen presenta a Dios no solo como el Juez, sino como el Creador y Sustentador que previene el caos total, reforzando la idea de que el orden moral y la estabilidad cósmica están inextricablemente ligados a su voluntad.
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La sección central del salmo aborda el tema de la arrogancia humana mediante la metáfora del "cuerno", un símbolo bíblico común de fuerza, dignidad y poder. El salmista, quizás hablando proféticamente en nombre de Dios, advierte a los jactanciosos que no se jacten y a los malvados que no se enorgullezcan. Este mandato se refuerza visualmente con la instrucción de no hablar con "cerviz dura", un modismo que representa la rebelión obstinada y la resistencia orgullosa a Dios. El texto desmantela la tendencia humana a buscar la validación y el ascenso en fuentes terrenales, afirmando explícitamente que la exaltación no proviene del este, ni del oeste, ni del sur. Al agotar las direcciones geográficas, el salmista enfatiza que el verdadero estatus y la autoridad no se derivan de alianzas humanas, posicionamiento estratégico ni estructuras de poder terrenales, sino que son prerrogativa exclusiva de Dios.
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Dios es identificado explícitamente como el Juez que derriba a uno y establece a otro, una declaración que despoja a la humanidad de su autonomía para determinar su destino. Esta autoridad judicial se ilustra entonces mediante la aterradora y visceral metáfora de la copa en la mano del Señor. El vino se describe como rojo y completamente mezclado con especias, lo que indica una poción de gran potencia. Esta copa representa la ira y el juicio divinos. La imagen es gráfica: Dios derrama este juicio, y los malvados de la tierra se ven obligados a beberlo hasta las heces. No hay escapatoria a las consecuencias de la corrupción moral; las "heces" implican que el juicio es exhaustivo y completo, dejando solo la amarga realidad de la justicia impartida.
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El salmo concluye volviendo a la voz del adorador, quien responde a esta revelación del juicio con un compromiso de alabanza eterna. El salmista declara su determinación de cantar alabanzas al Dios de Jacob para siempre, anclando su esperanza en la relación de pacto con Israel. El versículo final reitera el cambio de fortuna que caracteriza todo el texto: los cuernos de los malvados serán cortados, lo que significa la destrucción de su poder y orgullo, mientras que los cuernos de los justos serán exaltados. Este final sirve como garantía definitiva de que, si bien la arrogancia puede florecer temporalmente, la realidad última se define por el gobierno justo de Dios, donde la humildad se eleva y el orgullo se humilla.