La misión de la Iglesia
La Iglesia tiene como misión prolongar o continuar la misma misión de Jesucristo, porque ella es su Cuerpo Místico y está unida a Él como a su Esposo1 . La Iglesia es instrumento de Cristo y por medio de ella Él «manifiesta y realiza al mismo tiempo el misterio del amor de Dios al hombre»2 . Dios ha querido que, mediante la Iglesia, los hombres fueran hechos hijos de Dios
en Cristo y que así también ellos fueran partícipes de la misma misión de Cristo3 . ¿Cuál es esta misión? Es la misión filial, la de ser hijos amorosos que hacen la voluntad del Padre. La voluntad del Padre es «que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad»4 . «Como ella es "convocatoria" de salvación para todos los hombres, la Iglesia es, por su misma naturaleza, misionera enviada por Cristo a todas las naciones para hacer de ellas discípulos suyos»5 . Por tanto, la Iglesia realiza su misión convocándonos al amor de Dios y haciéndonos vivir como hijos de Dios que, por amor a nuestro Padre y buscando su gloria, queremos hacer partícipes de la salvación a todos los hombres. La Iglesia cumple así, animada por el amor a Dios, su fin de reunir a todos los hombres en la comunión con Dios y entre sí mismos: «La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano»6 . La Iglesia «recibe la misión de anunciar y establecer en todos los pueblos el Reino de Cristo y de Dios. Ella constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra»7 . Esto significa que su presencia en el mundo anticipa la “tierra nueva” de la que habla el Apocalipsis8 , haciendo que la vida del hombre sobre la tierra corresponda ya a su dignidad de hijo de Dios y que las relaciones sociales estén en consonancia con lo que Dios ha querido para sus hijos. Es decir, la Iglesia es germen eficaz de la civilización de la justicia y del amor cristianos, haciendo presente el Reino de Dios. Así, a través de la Iglesia, Cristo realiza el designio de Dios de que todo sea recapitulado en Él9 . Ef 5, 25-27. 2 CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución pastoral Gaudium et spes, 45. Catecismo de la Iglesia Católica, 776. 3 Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Christifideles laici, 11-13. 4 1Tm 2, 4. 5 Catecismo de la Iglesia Católica, 767. Mt 28, 19-20; CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Decreto Ad gentes, 2, 5-6. 6 CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución dogmática Lumen gentium, 1. 7 Ibídem, 5. 8 Cf. Ef 1, 10. Catecismo de la Iglesia Católica, 772
B. El apostolado de los fieles laicos
El fiel laico participa del triple oficio de Cristo realizando la misión de la Iglesia según su específica vocación laical29. El hecho de ser laico lo capacita de una manera particular para la misión evangelizadora, de manera que su laicidad representa un valor necesario para que la Iglesia haga presente a Cristo en el mundo y cumpla así con su razón de ser: «Porque el apostolado de los laicos, que surge de su misma vocación cristiana nunca puede faltar en la Iglesia»30. Sin laicos, como también sin ministros ordenados, el mundo se quedaría sin Iglesia y sin Cristo. El Concilio Vaticano II explica cómo Cristo actúa su sacerdocio, su profetismo y su realeza a través del laico31. De la inserción en Cristo a través del bautismo y de la confirmación, nace en el fiel laico su deber de hacer propia la misión de Cristo y de la Iglesia, su deber de evangelizar. Por esto el Código de Derecho Canónico c. 225 §1 establece: Puesto que, en virtud del bautismo y de la confirmación, los laicos, como todos los demás fieles, están destinados por Dios al apostolado, tienen la obligación general, y gozan del derecho tanto personal como asociadamente, de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres en todo el mundo. Existe un tipo de apostolado que es propio de los fieles laicos y que representa el modo específico cómo ellos son llamados a contribuir en la misión de la Iglesia. «Los seglares, cuya vocación específica los coloca en el corazón del mundo y a la guía de las más variadas tareas temporales, deben ejercer por lo mismo una forma singular de evangelización»32. Cuando decimos que los laicos están llamados a evangelizar el mundo desde dentro nos referimos ciertamente al mundo como al conjunto de personas, sociedades y realidades creadas que es el campo inmenso donde ha de crecer el Reino de Dios, por lo tanto, a los significados positivos del término “mundo”. En efecto, para evangelizar, el laico cuenta de manera particular con el talento de su “índole secular”, es decir, con su radicación en el mundo que le permite evangelizarlo desde dentro a modo de fermento33. Además de realizar el apostolado seglar que les es característico, los fieles laicos también pueden y, en alguna medida, deben colaborar con el apostolado que es propio del clero y con el apostolado que se realiza a través de las estructuras eclesiásticas gobernadas por el clero34. Los laicos han de contribuir a la edificación de la Iglesia participando de la vida de la propia parroquia y diócesis35. El Concilio además valora especialmente la donación generosa de los laicos al apostolado de la Iglesia cuando llega incluso a entrañar una entrega con un grado de compromiso especial: Dignos de especial honor y recomendación en la Iglesia son los laicos, solteros o casados, que se consagran para siempre o temporalmente con su pericia profesional al servicio de esas instituciones y de sus obras. Sirve de gozo a la Iglesia el que cada día aumenta el número de los laicos que prestan el propio ministerio a las asociaciones y obras de apostolado o dentro de la nación, o en el ámbito internacional o, sobre todo, en las comunidades católicas de misiones y de Iglesias nuevas. Reciban a estos laicos los Pastores de la Iglesia con gusto y gratitud, procuren satisfacer lo mejor posible las exigencias de la justicia, de la equidad y de la caridad, según su condición, sobre todo en cuanto al congruo sustento suyo y de sus familias, y ellos disfruten de la instrucción necesaria, del consuelo y del aliento espiritual. 36 Hoy se requiere que todos seamos conscientes de la responsabilidad que han de asumir los laicos en la misión de la Iglesia. El Papa Francisco, quien nos dice que la toma de conciencia de esta responsabilidad laical que nace del Bautismo y de la Confirmación no se manifiesta de la misma manera en todas partes. En algunos casos porque no se formaron para asumir responsabilidades importantes, en otros por no encontrar espacio en sus Iglesias particulares para poder expresarse y actuar, a raíz de un excesivo clericalismo que los mantiene al margen de las decisiones. Si bien se percibe una mayor participación de muchos en los ministerios laicales, este compromiso no se refleja en la penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y económico. Se limita muchas veces a las tareas intraeclesiales sin un compromiso real por la aplicación del Evangelio a la transformación de la sociedad. La formación de laicos y la evangelización de los grupos profesionales e intelectuales constituyen un desafío pastoral importante.
27 Cf. Christifideles laici, 34. 28 Cf. Redemptoris missio, 34, y Evangelii gaudium, 15. 29 Cf. Christifideles laici, 14. 30 Apostolicam actuositatem, 1. 31 Lumen gentium, 34, 35 y 36, y Apostolicam actuositatem, 10. Éstos son números del magisterio que es preciso leer y reflexionar personalmente y en grupo. 32 PABLO VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 70. 33 Cf. Lumen gentium, 31, y Christifideles laici, 15. 34 Cf. Lumen gentium, 33, y Código de Derecho Canónico, c. 228. 35 Cf. Christifideles laici, 25-27. 36 Lumen gentium, 22. Nótese que, en esta cita, el consagrarse se refiere al dedicarse plenamente de forma estable o temporal; por lo tanto, no se trata de una consagración en el sentido del que se habla para las personas que asumen los consejos evangélicos con la radicalidad de Cristo. San Juan Pablo II precisó: « no pueden ser comprendidas en la categoría específica de vida consagrada aquellas formas de compromiso, por otro lado loables, que algunos cónyuges cristianos asumen en asociaciones o movimientos eclesiales cuando, deseando llevar a la perfección de la caridad su amor «como consagrado» ya en el sacramento del matrimonio [GS 48], confirman con un voto el deber de la castidad propia de la vida conyugal y, sin descuidar sus deberes para con los hijos, profesan la pobreza y la obediencia. Esta obligada puntualización acerca de la naturaleza de tales experiencias, no pretende infravalorar dicho camino de santificación, al cual no es ajena ciertamente la acción del Espíritu Santo, infinitamente rico en sus dones e inspiraciones.» (Vita consecrata, 62)