05/25/2026
El Día Internacional de África tiene su origen en el panafricanismo, movimiento que busca la unidad, autodeterminación, soberanía, solidaridad y reivindicación de los derechos de los países africanos. La historia inmediata comienza en 1958. Se realizó por primera vez el Congreso de los Estados Africanos, donde representantes de varios países mostraron su firme determinación de liberarse de la colonización europea. En esa conferencia se propuso la celebración de un Día de la Libertad Africana. La figura intelectual detrás de todo este movimiento era Kwame Nkrumah, el líder ghanés que concebía a África como una civilización unida y colonizada artificialmente dividida.
El 25 de mayo de 1963, representantes de treinta naciones africanas se reunieron en Addis Abeba, Etiopía, organizada por el emperador Haile Selassie. Para entonces, más de dos tercios del continente habían logrado la independencia, en su mayoría de los estados imperiales europeos. Se fundó la Organización para la Unidad Africana (OUA), iniciativa adoptada por 33 jefes de Estado africanos y sus ministros de relaciones exteriores, con el fin de consolidar a África como un bloque económico y político en el contexto internacional, así como fortalecer el fin del colonialismo en el continente.
Con el tiempo, la celebración evolucionó para representar la diversidad, el patrimonio cultural y el potencial económico del continente, y se cambió el nombre de “Día de la Libertad de África” a “Día de África”.
La fecha invita también a la reflexión honesta. El continente africano es muy diverso y se enfrenta a desafíos de todo tipo. África es extremadamente vulnerable a los efectos de la crisis climática: aumento de las temperaturas, lluvias torrenciales, sequías prolongadas, subida del nivel del mar, que repercuten en los ecosistemas y en los medios de subsistencia. A esto se añaden conflictos armados, migraciones forzadas y una deuda histórica del colonialismo que no ha sido completamente saldada.
Y sin embargo, el continente más joven demográficamente del mundo acumula una energía extraordinaria. Su riqueza cultural, sus recursos naturales y una población de más de 1,400 millones de personas lo colocan como uno de los ejes del siglo XXI —aunque la pregunta de quién controlará esa riqueza sigue siendo, en muchos sentidos, la misma que en 1963.