La Misa en Latín Connecticut

La Misa en Latín Connecticut Sin la Santa Misa, ¿que sería de nosotros? Todos aquí abajo pereceríamos ya que únicamente eso

Del Católico 🏴󠁧󠁢󠁥󠁮󠁧󠁿Recusante🏴󠁧󠁢󠁥󠁮󠁧󠁿:+ DEP +Hoy hace 6 años, Mons. Robert Fidelis McKenna, O.P., un fiel obispo católico...
12/16/2021

Del Católico 🏴󠁧󠁢󠁥󠁮󠁧󠁿Recusante🏴󠁧󠁢󠁥󠁮󠁧󠁿:

+ DEP +

Hoy hace 6 años, Mons. Robert Fidelis McKenna, O.P., un fiel obispo católico que se adhirió a la Tesis de Cassiciacum, falleció.

“+ RIP + 6 years ago today, Mgr. Robert Fidelis McKenna, O.P., a faithful Catholic bishop who adhered to the Thesis of Cassiciacum, passed away.”

MISA DE LA FIESTA DE GUADALUPE ¿Cuando? Sábado, 11 de diciembre 2021, a las cinco de la tarde (hay confesiones antes de ...
12/09/2021

MISA DE LA FIESTA DE GUADALUPE

¿Cuando? Sábado, 11 de diciembre 2021, a las cinco de la tarde (hay confesiones antes de la misa)

¿Dónde? Capilla de Nuestra Señora del Rosario, 15 Pepper Street, Monroe, CT 06468

¿Quién? Padre Adán Rodríguez va a decir la misa y escuchar confesiones. Número de teléfono: +1 (203) 261-8290 para más información.

Homilía pronunciada por Mons. Donald Sanborn con motivo de la Festividad de Cristo Rey del año 2014...EL MISERABLE MUNDO...
10/31/2021

Homilía pronunciada por Mons. Donald Sanborn con motivo de la Festividad de Cristo Rey del año 2014...

EL MISERABLE MUNDO MODERNO

Hoy en día estamos rodeados de confort, dinero y muchas otras cosas que hacen de la vida algo confortable. Sin embargo vivimos en un mundo bastante miserable y la razón de ello es que se ha divorciado de la Verdad, incluidas la verdades naturales, las verdades dadas por hecho, las verdades fundamentales de la moralidad, básicamente la decencia.

Y con los mismos principios que ha corrompido vemos también a nuestra Fe corrompida en casi cada persona que conocemos. Vemos una fe falsa en las iglesias a las que tiempo atrás acudíamos, como si ese mundo, el de la verdad del catolicismo se nos hubiera desmoronado. La Iglesia Católica en edades pasadas era el bastión de la verdad inmutable y ahora la vemos reducida a un pequeño número. Y la razón de esta miseria en la que vivimos es el relativismo y el subjetivismo que infecta las mentes de la gente de hoy. Me explicaré.

Relativismo es afirmar que no hay una norma objetiva de verdad y que en cambio toda verdad es relativa dependiendo de la persona que crea en ella o la abrace. Este relativismo invade la ley y la religión. Ello hace que no haya normas objetivas morales sobre las cuales las leyes se fundamenten; ello hace que no haya dogmas absolutos o inmutables que obliguen a todos a adherirse; e igualmente esto hace que no haya un código de moral inmutable: no hay ley natural, causando que todo lo que hoy consideramos como malo pueda ser mañana considerado como correcto. Y así lo vemos en nuestra sociedad y Estados, uno detrás de otro, entregándose al matrimonio sodomita. Y contra esto no hay argumento debido al relativismo, debido a que la población está infectada por este relativismo que hace que no haya un código objetivo de moral. Todo se basa en lo que uno siente, en lo que uno quiere hacer.
El subjetivismo está en la base de este relativismo, ya que éste afirma que la verdad no consiste en la conformación de nuestro entendimiento con el objeto que se encuentra fuera de nuestra mente (esta es la definición tradicional de verdad), sino que sostiene que es la conformación del entendimiento con nuestra manera interior de organizar nuestras experiencias. Esto es filosofía moderna, así cada uno tiene su particular modo de experimentar interiormente las cosas, por lo que la verdad variará según la persona aunque todas serán consideradas como verdades. Así una cosa puede ser verdad para ti, pero no para mí. Esto es pensar y actuar según tu experiencia particular y percepciones. De esta forma alguien puede decir “el vicio antinatural es algo verdadero para mí” o que “la cohabitación o el adulterio son verdades para mí, yo creo que esto está bien”. Siguiendo estos principios no hay posibilidad de llevar la contraria. No puede haber un código moral que se pueda imponer a estas personas. Y poco a poco la moralidad se desintegra. Vivimos en un mundo repleto de vicio antinatural y estamos enfermos por él.

Hay algo profundamente enfermo en esta sociedad, algo perverso y extraño. Y esto es lo que hace que sea miserable. Relativismo y subjetivismo conllevan unas “virtudes” modernas, por así decirlo.

La primera de ellas es la “virtud” del liberalismo, que es la virtud moderna, entre comillas, que nos inclina a aprobar o aplicar todo sistema o doctrina que disuelve la norma objetiva de la creencia o de la ley moral. Y nada importa que algo quebrante las leyes de la moralidad y de la creencia, eso será bueno. El primer postulado del liberalismo es que el supremo bien del hombre es la libertad y por consiguiente, se deberá procurar siempre el ejercicio de su libertad y la ley solo deberá evitar que el hombre agreda a otro, pero todo lo demás -incluida la pornografía- debe ser permitido. Incluso la definición de ocasionar daño físico a otro puede variar dependiendo las reglas del subjetivismo. Fijaos en el ab**to y en la eutanasia, que eran considerados homicidios en los años ’60. El ab**to era algo por lo que podías ir a la cárcel si eras un médico y lo practicabas. Ahora es la norma. Pero claro “si está en tu vientre no lo puedes ver, no tienes ninguna experiencia de él, por consiguiente para ti no existe y no es un ser humano”. Y de la eutanasia dicen: “si ya no es útil, si es incapaz de interactuar de sonreír, etc. le deberías poner una inyección. Y luego tendrá lugar el funeral”. Las cosas cambian en este sistema.

Bajo la bandera del liberalismo llegaron: el divorcio y el volver a casarse, la cohabitación, la fornicación, el adulterio, la sodomía, los matrimonios sodomitas, pornografía, socialismo, comunismo, el gran gobierno, los impuestos asfixiantes, la manipulación del dinero por pequeñas élites, la diseminación de ideas falsas, la libertad religiosa, la separación Iglesia-Estado, la secularización y la democracia mal entendida. La Iglesia ante la democracia es indiferente si ello significa que la gente vote a sus candidatos y presidentes, lo que condena es la democracia entendida como el poder que reside en el pueblo y que todo poder proviene del pueblo. Para la enseñanza de la Iglesia, desde San Pablo, todo poder viene de Dios. Y a esta lista debemos añadir la falsa libertad de prensa, que supone libertad para decir de todo, incluida la blasfemia contra Dios y la Virgen Santísima; también la libertad de expresión, considerada erróneamente como el derecho de decir todo lo que uno quiera. Todo esto proviene de la “virtud” del liberalismo.

Luego tenemos la virtud, así llamada, de la tolerancia. Esta “virtud” implica que la persona acepte, por lo menos en el orden práctico, un pensamiento o actividad con el cual no esté de acuerdo. No importa cuán malvado o perverso considere una determinada cosa, sino que debe ser siempre tolerada. A veces oímos decir: “Yo nunca lo haré, pero no voy a objetar nada a quien quiera hacerlo”. Y así la tolerancia parece una virtud según la cual siempre es bueno tolerar algo, da igual lo que se tolere. Y se opone a la intolerancia, la cual debe ser considerada como un vicio. Por lo que si tú eres intolerante, eres malvado y despiadado. En esto consiste la mentalidad moderna. Te dirán que estás siempre juzgando.

Luego encontramos la “virtud” del pluralismo. Esta virtud, entre comillas, nos inclina a ver como un gran bien la mezcla de distintas ideas, actitudes y acciones morales contradictorias en cualquier situación o sociedad. Y a estas debemos añadir la religión. Oímos comúnmente como se elogia y se tiene por algo bueno la sociedad pluralista, donde no haya ninguna ley que nos exija dar culto a Dios de una determinada manera o que nos obligue a obedecer la ley natural. Porque es bueno que haya una gran mezcla en todas estas cosas que fingen ser buenas para la naturaleza del hombre y su salvación eterna. Por lo tanto, según el pluralismo, la coexistencia en la misma institución de muchos puntos de vista y contradictorios a la vez es considerado como algo bueno y saludable.

En dichas sociedades pluralistas encontramos a los liberales y a los conservadores. Ambos bandos creen en el pluralismo, ambos bandos creen que el opuesto tiene cierta validez y ambos bandos creen que el otro bando tiene derecho a expresar su punto de vista, no importa que contradiga lo que tú creas o digas. Esto es liberalismo y pluralismo. En un sistema así los conservadores sirven de agentes para ralentizar los avances de los liberales. Las personas que dirigen en un sistema así son en realidad los liberales, porque todos los principios están de su parte y los conservadores solo son unos liberales más lentos. Ellos creen que los liberales van demasiado rápido. Es como un tren con su coche de cola -muchos de vosotros sois lo suficientemente mayores para acordaros del coche de cola- que era siempre el último vagón del tren de mercancías. El liberal es la locomotora, que va el primero siguiendo las vías y luego le siguen los largos vagones de mercancías y por último el coche de cola, este es el conservador, que sigue la misma vía. Por ello los conservadores no hacen otra cosa que avalar siempre la agenda liberal, aunque aparenten ponerle freno.

Luego está la “virtud” del ecumenismo, que consiste en aplicar los principios del relativismo y del subjetivismo al dogma religioso. El ecumenismo es el enemigo del dogma. El único dogma en el ecumenismo es que no hay ningún dogma. Es pluralismo en la religión, pluralismo y religión que son dos cosas que se contraponen totalmente, porque Dios es completamente inmutable. Luego la religión debe ser algo inmutable puesto que los dogmas que profesamos son verdaderas descripciones de Dios y no pueden cambiar.

Y el ecumenismo es la causa de todos los cambios del Vaticano II y hemos visto todos los -ismos que os acabo de explicar en el reciente documento del “Sínodo”, según el cual deberíamos acoger a los sodomitas, tienen muchos dones que ofrecernos. También tendríamos que acoger a los que viven en cohabitación, fornicadores y adúlteros y les deberíamos dar la comunión.

Lo ha infectado todo convirtiéndolo en algo miserable, ya que nuestra mayor facultad es el intelecto. Y aunque estemos rodeados de todas las comodidades de la vida, cuando vemos esta contradicción con las verdades obvias y con las verdades de nuestra fe, nos volvemos en miserables para el mundo, porque debemos enfrentarnos las 24 horas del día con un mundo enfermo y enloquecido. Y odiamos vivir en él, mientras que anhelamos la corte celestial, donde hay orden, belleza, perfección y ley.

Por ello Pío XI viendo todo lo que se avecinaba estableció esta santa fiesta para todos estos errores. A Nuestro Señor cuando le preguntaron si era Rey respondió: “Yo soy rey. Yo para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad oye mi voz”. Por lo tanto está enlazando su realeza con la verdad. El propósito de su Encarnación y de ser Rey es, pues, ser testimonio de la verdad.

Por ello tened cuidado con el tremendo poder de la cultura. Estoy seguro de que como católicos creéis y entendéis todas estas cosas que os estoy explicando.

Pero una vez que salís al mundo de afuera, sois bombardeados por una cultura dominante embebida de todas estas cosas que os he descrito. Y la gente os obliga prácticamente a consentir cosas que no deberíais nunca consentir, ni vivir según estos principios corruptos. La cultura tiene una enorme influencia sobre nosotros, la respiramos cada día y debemos resistir cada tentación de ser liberales y pluralistas. Nuestra cultura debe ser católica, que es 100% antiliberal, 100 % antirelativista, 100% antisubjetivista, 100% antipluralista y 100% antiecuménica. Esta es nuestra cultura y debe ser custodiada.

El Papa León XIII decía a finales del s. XIX: “La salud universal reclama, pues, volver allí de donde nunca se debiera haber salido, es a saber, a Aquel que es el camino, la verdad y la vida, y no sólo cada uno en particular, sino toda la sociedad en común. Conviene que ésta sea otra vez restaurada en Cristo su Señor, y se ha de conseguir que la vida derivada de Él llene a todos los miembros y partes de la sociedad, y beban de ella las leyes y prohibiciones legales, las instituciones políticas, la educación, el matrimonio y la vida familiar, los negocios y el trabajo”.

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

¡Gracias a Propaganda Catolica por la traducción y el audio en español! https://propagandacatolica.wordpress.com/2020/10/24/el-miserable-mundo-moderno-homilia/

English here:
https://m.youtube.com/watch?v=LytoqOn4S9M

His Excellency Bishop Donald J. Sanborn delivers another impressive sermon on the Feast of Christ the King (October 28, 2014). This time it's about the negat...

15 de agosto LA ASUNCIÓN DE NUESTRA SEÑORA La Virgen fue elegida por Dios desde la eternidad para ser el Vaso Singular d...
08/15/2021

15 de agosto

LA ASUNCIÓN DE NUESTRA SEÑORA

La Virgen fue elegida por Dios desde la eternidad para ser el Vaso Singular de Devoción a través del cual entraría en la historia humana y asumiría una naturaleza humana perfecta con la que redimirnos en el madero de la Santa Cruz. La Segunda Persona de la Santísima Trinidad habitó en el vientre virginal e inmaculado de Nuestra Señora durante nueve meses, después de haber sido concebido como Hombre por el poder de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, Dios Espíritu Santo, en la Anunciación. La Virgen dio a luz a su Divino Hijo sin dolor en condiciones de absoluta pobreza y anonimato en Belén, envolviéndolo en pañales y colocándolo en el pesebre, el comedero del que se alimentaban los animales que estaban estabulados en aquella cueva.

La Carne asumida por Nuestro Señor y Salvador Jesucristo de Nuestra Señora, que había sido preservada de toda mancha de Pecado Original y Actual en el momento de su propia Inmaculada Concepción en el seno de su propia madre, Santa Ana, era tan pura como la carne de un cordero inocente. En efecto, Él, el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, ofrecería esa Carne pura para pagar la deuda de pecado que se le debía en su Infinito como Dios. Nuestra Señora, cuya carne era pura y cuyo Corazón era Inmaculado y así se unió en un vínculo perfecto de amor con el Sagrado Corazón de su Divino Hijo, nos dio a luz espiritualmente con gran dolor mientras estaba tan valientemente al pie de la Santa Cruz, el verdadero pesebre del que nos alimentamos pura y totalmente hasta la eternidad por el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Bendito Señor y Salvador Jesucristo. La Virgen contempló el Cuerpo mu**to de su Divino hijo después de que éste exhalara su último aliento para cumplir la voluntad del Padre, cooperando así plenamente en la obra de nuestra Redención como Corredentora.

El Divino Redentor resucitó cuarenta horas después de su muerte. Se apareció primero a su Santísima Madre, que había hecho posible la obra de la Redención en la que ella había cooperado plenamente, y luego pasó cuarenta días enseñando a sus Apóstoles antes de ascender a la derecha del Padre en la gloria, el jueves de la Ascensión. La Virgen, aunque separada físicamente de su Divino Hijo hasta su propia muerte, experimentando así la misma separación del alma del cuerpo que Él tuvo, lo recibió en la Sagrada Comunión de manos de sus sacerdotes, especialmente de San Juan el Amado, hasta que completó su vida terrenal, lo que según algunas fuentes ocurrió a la edad de setenta y dos años. La muerte de la Virgen fue motivo de gran tristeza para la Santa Madre Iglesia. Sin embargo, fue motivo de gran alegría para la Iglesia, al difundirse entre los fieles el conocimiento de su Asunción corporal al Cielo.

Exactamente doscientos años antes de que el último verdadero Papa, Pío XII definiera solemnemente la Doctrina de la Asunción corporal de la Virgen al Cielo, San Alfonso de Ligorio dedicó un capítulo de Las Glorias de María, publicado en 1750, al privilegio concedido a la Virgen por su impecabilidad y por su perfecta cooperación en la obra de nuestra Redención. ¿Qué mejor día que esta gloriosa fiesta, que presagia la glorificación de nuestros propios cuerpos al final de los tiempos si nuestras almas persisten hasta el punto de morir en estado de gracia santificante, para examinar la sabiduría de San Alfonso sobre la Asunción de Nuestra Señora en cuerpo y alma al Cielo?

«Siendo la muerte el castigo del pecado, parecería que la divina Madre, toda ella santa y exenta de su más mínima mancha, debería haber estado también exenta de la muerte y de encontrar las desgracias a las que están sujetos los hijos de Adán, infectados por el veneno del pecado. Pero a Dios le agradó que María se pareciera en todo a Jesús; y como el Hijo murió, convenía que la Madre también muriera; porque, además, quiso dar a los justos un ejemplo de la preciosa muerte que les estaba preparada, quiso que también la Santísima Virgen muriera, pero con una muerte dulce y feliz. Consideremos, pues, ahora cuán preciosa fue la muerte de María: primero, por los especiales favores con que fue acompañada; segundo, por el modo en que tuvo lugar.

Primer punto. Hay tres cosas que hacen amarga la muerte: el apego al mundo, el remordimiento de los pecados y la incertidumbre de la salvación. La muerte de María estuvo completamente libre de estas causas de amargura, y fue acompañada por tres gracias especiales, que la hicieron preciosa y gozosa. Murió como había vivido, totalmente desprendida de las cosas del mundo; murió en la más perfecta paz; murió en la certeza de la gloria eterna.

Y en primer lugar, no cabe duda de que el apego a las cosas terrenales hace amarga y miserable la muerte de los mundanos, como dice el Espíritu Santo: "¡Oh, muerte, qué amargo es tu recuerdo para el hombre que tiene paz en sus bienes!". Pero como los santos mueren desprendidos de las cosas del mundo, su muerte no es amarga, sino dulce, hermosa y preciosa; es decir, como observa San Bernardo, digna de ser comprada a cualquier precio, por grande que sea. "Bienaventurados los mu**tos que mueren en el Señor". ¿Quiénes son los que, estando ya mu**tos, mueren? Son aquellas almas felices que pasan a la eternidad ya desprendidas y, por así decirlo, muertas a todo afecto por las cosas terrenales; y que, como San Francisco de Asís, encontraron en Dios solo toda su felicidad, y con él pudieron decir: "Mi Dios y mi todo". Pero, ¿qué alma ha estado más desprendida de los bienes terrenales y más unida a Dios que la hermosa alma de María? Se desprendió de sus padres, pues a los tres años, cuando los niños están más apegados a ellos y necesitan más su ayuda, María, con la mayor intrepidez, los dejó y se encerró en el templo para atender sólo a Dios. Se desprendió de las riquezas, contentándose con ser siempre pobre y manteniéndose con el trabajo de sus propias manos. Estaba alejada de los honores, amando una vida humilde y abyecta, aunque los honores debidos a una reina eran suyos, ya que descendía de los reyes de Israel. La misma Virgen reveló a Santa Isabel de Hungría que, cuando sus padres la dejaron en el templo, resolvió en su corazón no tener padre y no amar otro bien que el de Dios.

San Juan vio a María representada en aquella mujer, vestida de sol, que tenía la luna bajo sus pies. "Y apareció una gran señal en el cielo: una mujer vestida de sol y con la luna bajo sus pies "4. Los intérpretes explican que la luna significa los bienes de este mundo, que, como ella, son inciertos y cambiantes. María nunca tuvo estos bienes en su corazón, sino que siempre los despreció y los pisoteó; viviendo en este mundo como una tórtola solitaria en un desierto, sin permitir que su afecto se centrara en ninguna cosa terrenal; por eso se dijo de ella: "La voz de la tortuga se oye en nuestra tierra". Y en otro lugar: "¿Quién es la que sube por el desierto?" María, pues, habiendo vivido siempre y en todo desprendida de la tierra, y unida sólo a Dios, la muerte no fue amarga, sino, por el contrario, muy dulce y querida para ella, pues la unió más estrechamente a Dios en el cielo, por un vínculo eterno.

En segundo lugar. La paz mental hace que la muerte del justo sea preciosa. Los pecados cometidos en vida son los gusanos que tan cruelmente atormentan y roen el corazón de los pobres pecadores moribundos, que, a punto de comparecer ante el tribunal divino, se ven en ese momento rodeados de sus pecados, que les aterrorizan, y gritan, según San Bernardo: "Nosotros somos tus obras; no te abandonaremos". Ciertamente, María no pudo ser atormentada en la muerte por ningún remordimiento de conciencia, pues siempre fue pura, y siempre estuvo libre de la menor sombra de pecado real u original; tanto es así, que de ella se dijo: "Eres toda bella, oh amor mío, y no hay en ti ni una mancha". Desde que tuvo uso de razón, es decir, desde el primer momento de su Inmaculada Concepción en el vientre de Santa Ana, comenzó a amar a Dios con todas sus fuerzas, y continuó haciéndolo, avanzando siempre más y más durante toda su vida en el amor y la perfección. Todos sus pensamientos, deseos y afectos eran de y para Dios solamente; nunca pronunció una palabra, ni hizo un movimiento, ni lanzó una mirada, ni respiró, sino por Dios y su gloria; y nunca se apartó un paso ni se separó un solo momento del amor divino. Ah, ¡cómo rodearon su lecho bendito, en la hora feliz de su muerte, todas las hermosas virtudes que había practicado en vida! Aquella fe tan constante; aquella confianza amorosa en Dios; aquella paciencia inconquistable en medio de tantos sufrimientos; aquella humildad en medio de tantos privilegios; aquella modestia; aquella mansedumbre; aquella tierna compasión por las almas; aquel celo insaciable por la gloria de Dios; y, sobre todo, aquel amor perfectísimo hacia Él, con aquella entera uniformidad a la voluntad divina: todo, en una palabra, la rodeaba, y consolándola, le decía: "Somos tus obras; no te abandonaremos". Señora y Madre nuestra, todas somos hijas de tu hermoso corazón; ahora que dejas esta miserable vida, no te dejaremos, también iremos, y seremos tu eterno acompañamiento y honor en el Paraíso, donde, por nuestro medio, reinarás como Reina de todos los hombres y de todos los ángeles.

En tercer lugar, la certeza de la salvación eterna hace que la muerte sea dulce. La muerte se llama paso; porque por la muerte pasamos de una vida corta a una vida eterna. Y así como es grande el temor de los que mueren dudando de su salvación, y se acercan al momento solemne con el temor fundado de pasar a la muerte eterna; así, en cambio, es grande la alegría de los santos al final de la vida, teniendo cierta seguridad de ir a poseer a Dios en el cielo. Una monja de la orden de Santa Teresa, cuando el médico le anunció la proximidad de su muerte, se sintió tan llena de alegría que exclamó: "Oh, ¿cómo es, señor, que me anunciáis una noticia tan grata, y no exigís ningún pago?". San Lorenzo Justiniano, estando a punto de morir, y viendo que sus sirvientes lloraban a su alrededor, dijo: 'Fuera, fuera con vuestras lágrimas; no es momento de llorar'. Id a llorar a otra parte; si queréis permanecer conmigo, alegraos, como yo me alegro, de ver abiertas las puertas del cielo para unirme a mi Dios. Así también un San Pedro de Alcántara, un San Luis Gonzaga, y tantos otros santos, al oír que la muerte se acercaba, prorrumpieron en exclamaciones de gozo y alegría. Y eso que no estaban seguros de estar en posesión de la gracia divina, ni de su propia santidad, como lo estaba María. Pero ¡qué alegría debió sentir la Divina Madre al recibir la noticia de su próxima muerte! ella que tenía la más plena certeza de la posesión de la gracia divina, sobre todo después de que el Ángel Gabriel le asegurara que estaba llena de ella, y que ya poseía a Dios. "Salve, llena de gracia, el Señor está contigo . . has encontrado la gracia". Y bien sabía ella misma que su corazón ardía continuamente en el amor divino; de modo que, como dice Bernardino de Bustis, "María, por un singular privilegio que no se concedió a ningún otro santo, amó y estuvo siempre amando realmente a Dios, en todos los momentos de su vida, con tal ardor, que San Bernardo declara que fue necesario un milagro continuo para conservar su vida en medio de tales llamas".

De María ya se había preguntado en los Sagrados Cánticos: "¿Quién es la que sube por el desierto, como una columna de humo, de especias aromáticas, de mirra, de incienso y de todos los polvos del perfumista?". Su entera mortificación tipificada por la mirra, sus fervientes oraciones significadas por el incienso, y todas sus santas virtudes, unidas a su perfecto amor a Dios, encendieron en ella una llama tan grande que su hermosa alma, totalmente entregada y consumida por el amor divino, se elevaba continuamente hacia Dios como una columna de humo, exhalando por todas partes un dulcísimo olor. "Semejante humo, más aún, semejante columna de humo", dice el abad Ruperto, "tú, oh bendita María, has exhalado un dulce olor al Altísimo". Eustaquio lo expresa en términos aún más fuertes: Una columna de humo, porque ardiendo interiormente como un holocausto con la llama del amor divino, envió un olor dulcísimo'. Así como la Virgen amorosa vivió, así murió. Como el amor divino le dio la vida, así le causó la muerte; pues los doctores y los santos padres de la Iglesia dicen generalmente que no murió de otra enfermedad que del puro amor; San Ildehonsus dice que María o no debe morir, o sólo muere de amor.

Segundo punto. Pero veamos ahora cómo se produjo su bendita muerte. Después de la ascensión de Jesucristo, María permaneció en la tierra para atender a la propagación de la fe. De ahí que los discípulos de nuestro Señor recurrieran a ella, y ella resolviera sus dudas, los consolara en sus persecuciones y los animara a trabajar por la gloria divina y la salvación de las almas redimidas. Permaneció de buen grado en la tierra, sabiendo que tal era la voluntad de Dios, por el bien de la Iglesia; pero no podía dejar de sentir el dolor de estar lejos de la presencia y de la vista de su amado Hijo, que había subido al cielo. "Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón", dijo el Redentor. Donde cualquiera cree que está su tesoro y su felicidad, allí tiene siempre fijos el amor y los deseos de su corazón. Si María, pues, no amaba otro bien que a Jesús, estando Él en el cielo, todos sus deseos estaban en el cielo. Dice Taulerus que "el cielo fue la celda de la celestial y santísima Virgen María, pues estando allí con todos sus deseos y afectos, hizo de él su continua morada. Su escuela era la eternidad, pues siempre estaba desprendida y libre de las posesiones temporales. Su maestra era la verdad divina, pues toda su vida se guiaba sólo por ella. Su libro era la pureza de su propia conciencia, en la que siempre encontraba ocasión de regocijarse en el Señor. Su espejo era la Divinidad, pues no admitía en su alma más representaciones que las que se transformaban y revestían de Dios, para conformarse siempre a su voluntad. Su ornamento era la devoción, pues se ocupaba únicamente de su santificación interior y estaba siempre dispuesta a cumplir los mandatos divinos. Su descanso era la unión con Dios, pues sólo Él era su tesoro y el lugar de descanso de su corazón". La santísima Virgen consoló su amoroso corazón durante esta dolorosa separación visitando, según se cuenta, los santos lugares de Palestina, donde su Hijo había estado durante su vida. Visitaba con frecuencia el establo de Belén, donde había nacido su Hijo; el taller de Nazaret, donde su Hijo había vivido tantos años pobre y despreciado; el huerto de Getsemaní, donde su Hijo comenzó su pasión; el pretorio de Pilatos, donde fue azotado, y el lugar donde fue coronado de espinas; pero lo que más visitaba era el monte del Calvario, donde expiró su Hijo, y el Santo Sepulcro, donde finalmente lo dejó: Así la amantísima Madre calmaba los dolores de su cruel destierro. Pero esto no podía ser suficiente para satisfacer su corazón, que no podía encontrar el descanso perfecto en este mundo. Por eso lanzaba continuamente suspiros a su Señor, exclamando con David: " ¿Quién me dará alas como a una paloma, y volaré y descansaré?" ¿Quién me dará alas como a una paloma, para que vuele a mi Dios, y allí encuentre mi reposo?". Como el ciervo suspira por las fuentes de agua, así mi alma suspira por ti, Dios mío". Como el ciervo herido suspira por la fuente, así mi alma, herida por tu amor, oh Dios mío, desea y suspira por Ti. Sí, en efecto, los suspiros de esta santa tórtola no podían sino penetrar profundamente en el corazón de su Dios, que en verdad la amaba tan tiernamente. "La voz de la tortuga se oye en nuestra tierra". Por eso, no queriendo aplazar por más tiempo el tan ansiado consuelo de su amada, he aquí que Él escucha graciosamente su deseo, y la llama a su reino.

Cedrenus, Nicéforo y Metaphrastes, relatan que, algunos días antes de su muerte, el Señor le envió al Arcángel Gabriel, el mismo que le anunció que era aquella bendita mujer elegida para ser la Madre de Dios: 'Señora y Reina mía', dijo el ángel, 'Dios ya ha escuchado con gracia tus santos deseos, y me ha enviado a decirte que te prepares para dejar la tierra; porque Él te quiere en el cielo. Ven, pues, a tomar posesión de tu reino; porque yo y todos sus santos habitantes te esperamos y deseamos'. A esta feliz anunciación, ¿qué otra cosa podía hacer nuestra humilde y santísima Virgen, sino, con la más profunda humildad, responder con las mismas palabras con que había contestado a San Gabriel cuando le anunció que iba a ser la Madre de Dios? "He aquí la esclava del Señor". He aquí, respondió de nuevo, la esclava del Señor. Él, en su pura bondad, me eligió y me hizo su Madre; ahora me llama al Paraíso. Yo no merecía ese honor, ni tampoco merezco éste. Pero ya que Él se complace en mostrar en mi persona su infinita liberalidad, he aquí que estoy dispuesta a ir donde a Él le plazca. "He aquí la sierva del Señor". Que la voluntad de mi Dios y Señor se cumpla siempre en mí.

Después de recibir esta grata noticia, se la comunicó a San Juan: podemos imaginar con qué dolor y ternura escuchó la noticia; él, que durante tantos años la había atendido como un hijo, y había disfrutado de la celestial conversación de esta santísima Madre. Entonces visitó de nuevo los santos lugares de Jerusalén, despidiéndose con ternura de ellos, y especialmente del monte Calvario, donde había mu**to su amado Hijo. Luego se retiró a su pobre casita, para prepararse a la muerte. Durante este tiempo los ángeles no dejaron de visitar a su amada Reina, consolándose con el pensamiento de que pronto la verían coronada en el cielo. Muchos autores afirman que, antes de su muerte, los Apóstoles, y también muchos discípulos que estaban dispersos en diferentes partes del mundo, se reunieron milagrosamente en la habitación de María, y que cuando ella vio a todos estos sus queridos hijos en su presencia, se dirigió a ellos de esta manera: Mis queridos hijos, por amor a vosotros y para ayudaros mi Hijo me dejó en esta tierra. La santa fe se ha extendido por todo el mundo, ya ha crecido el fruto de la semilla divina; por eso mi Señor, viendo que mi asistencia en la tierra ya no es necesaria, y compadeciéndose de mi dolor por estar separada de Él, ha escuchado graciosamente mi deseo, para dejar esta vida e ir a verle al cielo. Quédate, pues, para trabajar por su gloria. Si te dejo, mi corazón permanece contigo; el gran amor que te profeso lo llevaré conmigo y lo conservaré siempre. Voy al Paraíso a rezar por ti". ¿Quién puede formarse una idea de las lágrimas y los lamentos de los santos discípulos ante este triste anuncio, y ante la idea de que pronto iban a estar separados de su Madre? Todos entonces, llorando, exclamaron: 'Entonces, oh María, ya estás a punto de dejarnos. Es cierto que este mundo no es un lugar digno ni apto para ti; y en cuanto a nosotros, somos indignos de g***r de la compañía de una Madre de Dios; pero, recuerda, tú eres nuestra Madre; hasta ahora nos has iluminado en nuestras dudas; nos has consolado en nuestras aflicciones; has sido nuestra fuerza en las persecuciones; y ahora, ¿cómo vas a abandonarnos, dejándonos solos en medio de tantos enemigos y tantos conflictos, privados de tu consuelo? Ya hemos perdido en la tierra a Jesús, nuestro Maestro y Padre, que ha subido a los cielos; hasta ahora hemos encontrado consuelo en ti, nuestra Madre; y ahora, ¿cómo puedes dejarnos también huérfanos sin padre ni madre, nuestra dulce Señora, o quédate con nosotros, o llévanos contigo?". Así escribe San Juan Damasceno: 'No, hijos míos' (así comenzó a hablar dulcemente la amorosa Reina), 'esto no es según la voluntad de Dios; contentaos con hacer lo que Él ha decretado para mí y para vosotros. A vosotros os queda todavía trabajar en la tierra para la gloria de vuestro Redentor, y componer vuestra corona eterna. No os dejo para abandonaros, sino para ayudaros aún más en el cielo con mi intercesión ante Dios. Estad satisfechos. Os encomiendo la santa Iglesia; os encomiendo las almas redimidas; sea éste mi último adiós, y el único recuerdo que os dejo: ejecutadlo si me amáis, trabajad por el bien de las almas y por la gloria de mi Hijo; porque un día nos volveremos a encontrar en el Paraíso, sin separarnos nunca más por toda la eternidad.'

Luego les rogó que dieran sepultura a su cuerpo después de la muerte; los bendijo, y deseó a San Juan, como relata San Juan Damasceno, que diera después de su muerte dos de sus vestidos a dos vírgenes que la habían servido durante algún tiempo. Luego se acomodó decentemente en su pobre camita, donde se acostó para esperar la muerte, y con ella el encuentro con el Divino Esposo, que en breve había de venir y llevarla consigo al reino de los bienaventurados. He aquí que ya siente en su corazón una gran alegría, precursora de la venida del Esposo, que la inunda de una dulzura desacostumbrada y novedosa. Los santos Apóstoles, viendo que María estaba ya a punto de dejar este mundo, renovando sus lágrimas, se arrojaron todos de rodillas en torno a su lecho; unos besaron sus santos pies, otros le pidieron una bendición especial, otros le recomendaron una carencia particular, y todos lloraron amargamente, pues sus corazones estaban traspasados por el dolor de verse obligados a separarse por el resto de sus vidas de su amada Señora. Y Ella, Madre amantísima, se compadecía de todos y consolaba a cada uno; a unos les prometía su patrocinio, a otros los bendecía con particular afecto y a otros los animaba a la obra de la conversión del mundo; especialmente llamó a San Pedro, y como cabeza de la Iglesia y Vicario de su Hijo, le recomendó de modo particular la propagación de la Fe, prometiéndole al mismo tiempo su especial protección en el cielo. Pero más particularmente llamó a San Juan, que más que ningún otro se afligía en este momento en que debía separarse de su santa Madre; y la clementísima Señora, recordando el afecto y la atención con que este santo discípulo la había servido durante todos los años que había permanecido en la tierra desde la muerte de su Hijo, dijo: "Juan mío" (hablando con la mayor ternura) "Juan mío, te agradezco todos los auxilios que me has prestado; hijo mío, tenlo por seguro, no seré ingrato. Si ahora te dejo, voy a rezar por ti. Permanece en paz en esta vida hasta que nos encontremos de nuevo en el cielo, donde te espero. No me olvides nunca. En todo lo que necesites, llámame en tu ayuda, pues nunca te olvidaré, hijo mío amado. Hijo, te bendigo. Te dejo mi bendición. Permanece en paz. ¡Adiós!

Pero ya se acerca la muerte de María; el amor divino, con sus vehementes y benditas llamas, ya había consumido casi por completo los espíritus vitales; el fénix celestial ya está perdiendo la vida en medio de este fuego. Entonces las huestes de ángeles salen a su encuentro en coros, como si estuvieran preparadas para el gran triunfo con el que iban a acompañarla al Paraíso. María se consoló, en efecto, al ver a estos santos espíritus, pero no se consoló del todo, pues aún no veía a su amado Jesús, que era todo el amor de su corazón. Por eso repetía a menudo a los ángeles que bajaban a saludarla "Os conjuro, oh hijas de Jerusalén, si encontráis a mi Amado, que le digáis que languidezco de amor". Santos ángeles, oh bellas ciudadanas de la Jerusalén celestial, venís en coros a consolarme amablemente; y todas me consoláis con vuestra dulce presencia. Os lo agradezco; pero no me satisfacéis del todo, pues aún no veo a mi Hijo venir a consolarme: id, si me amáis, volved al Paraíso, y por mi parte decid a mi Amado que "languidezco de amor". Dile que venga, y que venga pronto, pues me estoy muriendo con la vehemencia de mi deseo de verle.

Pero, he aquí que Jesús ha venido a llevarse a su Madre al reino de los bienaventurados. A Santa Isabel le fue revelado que su Hijo se le apareció a María antes de expirar con su cruz en las manos, para mostrarle la gloria especial que había obtenido por la redención; habiendo hecho, con su muerte, la adquisición de aquella gran criatura, que por toda la eternidad debía honrarle más que todos los hombres y ángeles. San Juan Damasceno cuenta que el mismo Señor le dio el viático, diciendo con tierno amor: "Recibe, oh Madre mía, de mis manos el mismo cuerpo que me diste". Y la Madre, habiendo recibido con el mayor amor esa última comunión, con su último aliento dijo: 'Hijo mío, en tus manos encomiendo mi espíritu. Te encomiendo esta alma, que desde el principio creaste rica en tantas gracias, y que por singular privilegio preservaste de la mancha del pecado original. Te encomiendo mi cuerpo, del que te dignaste tomar tu carne y tu sangre. Te encomiendo también a estos mis amados hijos (hablando de los santos discípulos, que la rodeaban); están afligidos por mi partida. Tú, que los amas más que yo, consuélalos, bendícelos y dales fuerza para hacer grandes cosas para tu gloria".

Cuando la vida de María llegó a su fin, se oyó una música deliciosa, según cuenta San Jerónimo, en el apartamento donde yacía; y, según una revelación de Santa Brígida, la habitación también se llenó de una luz brillante. Esta dulce música, y el esplendor desacostumbrado, advirtieron a los santos Apóstoles que María partía entonces. Esto les hizo estallar de nuevo en lágrimas y oraciones; y levantando las manos, con una sola voz exclamaron: 'Oh, Madre, ya te vas al cielo; nos dejas; danos tu última bendición, y no nos olvides nunca de nosotros, miserables criaturas'. María, volviendo los ojos a todos, como para darles un último adiós, dijo: "Adiós, hijos míos; os bendigo; no temáis, nunca os olvidaré". Y ahora llegó la muerte, no vestida de luto y dolor, como a otros, sino adornada de luz y alegría. Pero, ¿qué decimos? ¿Por qué hablar de la muerte? Digamos más bien que vino el amor divino, y cortó el hilo de aquella noble vida. Y como una luz, antes de apagarse, da un último y más brillante destello que nunca, así esta hermosa criatura, al oír la invitación de su Hijo a seguirle, envuelta en las llamas del amor, y en medio de sus suspiros amorosos, dio un último suspiro de amor aún más ardiente, y exhalando su alma, expiró. Así se desprendió aquella gran alma, aquella hermosa paloma del Señor, de las ataduras de esta vida; así entró en la gloria de los bienaventurados, donde ahora está sentada, y estará sentada, Reina del Paraíso, por toda la eternidad.

María, pues, ha dejado este mundo; ahora está en el cielo. Desde allí, esta Madre compasiva nos mira a nosotros, que todavía estamos en este valle de lágrimas. Se compadece de nosotros y, si lo deseamos, promete ayudarnos. Supliquémosle siempre, por los méritos de su bendita muerte, que nos obtenga una muerte feliz; y si tal es el beneplácito de Dios, supliquémosle que nos obtenga la gracia de morir en un sábado, que es un día dedicado en su honor, o en un día de novena, o dentro de la octava de una de sus fiestas; pues esto lo ha obtenido para muchos de sus clientes, y especialmente para San Estanislao Kostka, para quien obtuvo que se acueste en la fiesta de su Asunción, como relata el padre Bartoli en su vida.

Ejemplo:

Durante su vida, este santo joven, enteramente dedicado al amor de María, oyó por casualidad, el primero de agosto, un sermón predicado por el padre Pedro Canisio, en el que, exhortando a los novicios de la sociedad, les exhortaba a todos, con el mayor fervor, a vivir cada día como si fuera el último de su vida, y aquel en que iban a ser presentados ante el tribunal de Dios. Después del sermón, San Estanislao dijo a sus compañeros que aquel consejo había sido para él, de manera especial, la voz de Dios, ya que iba a morir en el transcurso de aquel mismo mes. Es evidente, por lo que siguió, que dijo esto o porque (pan se lo había revelado expresamente, o al menos porque le dio cierto presentimiento interno de ello. Cuatro días después, el bendito joven fue con el padre Emanuel a casa de Santa María la Mayor. La conversación versó sobre la proximidad de la fiesta de la Asunción, y el Santo dijo: "Padre, creo que en ese día se ve en el Paraíso un ahora, como se ve la gloria de la Madre de Dios, coronada Reina del cielo, y sentada tan cerca de nuestro Señor, por encima de todos los coros de ángeles. Y si, como creo firmemente que es, esta fiesta se renueva cada año, espero ver la siguiente". Al glorioso mártir San Lorenzo le había tocado en suerte San Estanislao como patrón de ese mes, siendo costumbre en la sociedad sortearlos así. Se dice que escribió una carta a su Madre María, en la que le rogaba que le obtuviera el favor de estar presente en su próxima fiesta en el cielo. En la fiesta de San Lorenzo recibió la sagrada comunión, y después suplicó al Santo que presentara su carta a la Divina Madre, y que apoyara su petición con su intercesión, para que la Santísima Virgen tuviera a bien aceptarla y concederla. Hacia el final de ese mismo día le sobrevino una fiebre; y aunque el ataque fue leve, consideró que ciertamente había obtenido el favor solicitado. Esto lo expresó con alegría, y con un semblante sonriente, al acostarse, dijo: "De esta cama no me levantaré nunca más". Y dirigiéndose al padre Claudio Aquaviva, añadió: "Padre, creo que San Lorenzo me ha obtenido ya el favor de María de estar en el cielo en la fiesta de su Asunción". Sin embargo, nadie hizo mucho caso de sus palabras. En la vigilia de la fiesta, su enfermedad parecía todavía poco importante, pero el Santo aseguró a un hermano que moriría esa noche. Oh, hermano", respondió el otro, "sería un milagro mayor morir de una enfermedad tan leve que curarse". Sin embargo, por la tarde cayó en un desvanecimiento parecido al de la muerte; le sobrevino un sudor frío y perdió todas sus fuerzas. El Superior se apresuró a ir a verle y Estanislao le suplicó que le acostara en el suelo desnudo, para que muriera como un penitente. Para satisfacerlo, se le concedió: se le acostó en un fino colchón en el suelo. Entonces se confesó, y en medio de las lágrimas de todos los presentes recibió el Viático: digo, de las lágrimas de todos los presentes, porque cuando el Divino Sacramento fue introducido en la habitación, sus ojos brillaron con una alegría celestial, y todo su semblante se inflamó con un amor santo, de modo que parecía un serafín También recibió la extrema unción, y mientras tanto no hizo otra cosa que levantar constantemente sus ojos al cielo y apretar amorosamente contra su corazón una imagen de María. Un padre le preguntó para qué tenía un rosario en la mano, ya que no podía usarlo. Le contestó: 'Es un consuelo para mí, porque es algo que pertenece a mi Madre'. Oh, cuánto más grande será tu consuelo -añadió el padre- cuando la veas dentro de poco y beses sus manos en el cielo". Al oír esto, el Santo, con el semblante encendido, levantó las manos para expresar su deseo de estar pronto en su presencia. Su querida Madre se le apareció entonces, como él mismo dijo a los que le rodeaban; y poco después, al amanecer del día quince de agosto, con los ojos fijos en el cielo, expiró como un santo, sin la menor lucha; tanto es así, que sólo al presentarle la imagen de la Santísima Virgen, y ver que no hacía ningún movimiento hacia ella, se percibió que ya había ido a besar los pies de su amada Reina en el Paraíso.

Una oración:

Oh dulcísima Señora y Madre nuestra, ya has dejado la tierra y has llegado a tu reino, donde, como Reina, estás entronizada por encima de todos los coros de ángeles, como canta la Iglesia: "Bien sabemos que los pecadores no somos dignos de poseerte en este valle de las tinieblas; pero también sabemos que tú, en tu grandeza, nunca te has olvidado de nosotros, miserables criaturas, y que, al ser exaltada a tan gran gloria, nunca has perdido la compasión por nosotros, pobres hijos de Adán; es más, incluso se ha incrementado en ti. Desde el alto trono, pues, al que has sido exaltada, vuelve, oh María, tus ojos compasivos hacia nosotros, y apiádate de nosotros. Recuerda, además, que al dejar este mundo prometiste no olvidarnos. Míranos y socórrenos. Mira en medio de qué tempestades y peligros estamos constantemente, y estaremos hasta el final de nuestras vidas. Por los méritos de tu feliz muerte consíguenos una santa perseverancia en la divina amistad, para que al fin dejemos esta vida en gracia de Dios; y así también llegaremos un día a besar tus pies en el Paraíso, y nos uniremos a los espíritus bienaventurados para alabarte y cantar tus glorias como te mereces." Amén.»

(San Alfonso de Ligorio, Las glorias de María, pp. 371-387.)

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