07/25/2024
«YO NO AYUDO A MI ESPOSA
Un amigo vino a mi casa a tomar café, nos sentamos y conversamos, hablamos sobre la vida. En un momento determinado de la charla, yo dije: “Voy a lavar los platos y vuelvo en un instante”.
Él me miró como si le hubiera dicho que iba a construir un cohete espacial. Entonces me dijo, con admiración pero un poco perplejo: “Qué bien que ayudes a tu mujer, yo no ayudo porque cuando lo hago mi mujer no lo elogia. Incluso la semana pasada lavé el piso y ni un gracias”.
Me volví a sentar y le expliqué que yo no “ayudo” a mi mujer. En realidad, mi mujer no necesita de ayuda, ella tiene necesidad de un compañero. Yo soy un socio en la casa y a causa de esa sociedad las tareas son divididas, pero no se trata ciertamente de una “ayuda” con las tareas domésticas.
Yo no ayudo a mi mujer a limpiar la casa porque yo también vivo aquí y es necesario que yo también la limpie.
Yo no ayudo a mi mujer a cocinar porque yo también quiero comer y es necesario que yo también cocine.
Yo no ayudo a mi mujer a lavar los platos después de comer porque yo también uso esos platos.
Yo no ayudo a mi mujer con los hijos porque ellos también son mis hijos y es mi papel ser padre.
Yo no ayudo a mi mujer a lavar, tender o doblar la ropa, porque la ropa también es mía y de mis hijos.
Yo no soy una gran ayuda en casa, yo soy parte de la casa. Y respecto a elogiar, le pregunté a mi amigo cuándo había sido la última vez que, después de que su mujer terminara de limpiar la casa, ocuparse de la ropa, cambiar sábanas, bañar a sus hijos, cocinar, organizar, etc., él le dijo, gracias. Pero un gracias del tipo: ¡Guau, querida! ¡Eres fantástica!
¿Esto te parece absurdo? ¿Te está pareciendo extraño? Cuando tú, una vez en la vida, limpiaste el piso, esperabas como mínimo un premio de excelencia con mucha gloria… ¿Por qué? ¿No has pensado en eso, amigo?
Tal vez porque para ti, la cultura machista te ha mostrado que todo es tarea de ella.
¿Tal vez porque te han enseñado que todo eso debe ser hecho sin que tengas que mover un dedo? Entonces elógiala como querías tú ser elogiado, de la misma forma, con la misma intensidad. Echa una mano, compórtate como un verdadero compañero, no como un huésped que sólo viene a comer, dormir, bañarse y satisfacer las necesidades sexuales… Siéntete en casa. En tu casa.
El cambio real de nuestra sociedad comienza en nuestras casas, enseñemos a nuestros hijos e hijas el sentido real del compañerismo»