08/23/2026
En septiembre de 1989, Boris Yeltsin salió del Centro Espacial Johnson de la NASA y pidió detenerse en un supermercado Randall’s de Clear Lake. El desvío parecía trivial, pero aquellos pasillos terminarían impresionándolo más profundamente que el propio control de misión.
Lo que vio allí fue abundancia sin privilegios: anaqueles llenos de bienes cotidianos disponibles para compradores comunes. Yeltsin habría comentado que ni siquiera Gorbachov podía comprar así, y su asistente afirmó después que aquella experiencia terminó de quebrar sus convicciones bolcheviques.
¿Es la abundancia que observó una realidad presente? Así parece. Una cena de Acción de Gracias, medida en tiempo de trabajo requería de 3.22 horas laborales en 1986, mientras que en 2025 sólo requería 1.76 horas.
Sin embargo, los alimentos sí se encarecieron con fuerza después de 2020. La pandemia restringió producción, mientras la oferta monetaria aumentó unos 6 billones de dólares. Más dinero encontró menos bienes disponibles.
La popular historia de la “greedflation” fracasa. La búsqueda de ganancias no apareció en 2020, y los supermercados siguieron enfrentando dura competencia, con márgenes de utilidad cercanos a 1.6 centavos por dólar vendido.
Y si la escasez, más que la codicia, es el problema central, suprimir precios no puede resolverlo. Los topes desalientan oferta y fomentan sobreconsumo; las tiendas públicas pueden ocultar pérdidas trasladándolas al contribuyente.