12/03/2026
El clepto-estado salvadoreño ha fabricado un país ficticio.
El Salvador vive hoy una paradoja profundamente inquietante: mientras el gobierno vende al mundo la imagen de un país moderno, exitoso y transformado, hacia adentro se consolida un modelo político que se parece cada vez más a un clepto-estado.
Un clepto-estado no es simplemente un gobierno corrupto. Es algo más grave: es un sistema en el cual el aparato del Estado se convierte en instrumento de acumulación para una élite política y económica que gobierna sin controles reales.
En este modelo, el Estado no desaparece. Se vuelve más poderoso, más centralizado y más propagandístico. Lo que desaparece es lo esencial:
la transparencia, la rendición de cuentas, la independencia institucional y el control democrático.
El resultado es la construcción de dos países completamente distintos.
Uno que se exhibe ante el mundo: lleno de marketing político, narrativa de éxito, megaproyectos y promesas de prosperidad.
Y otro que viven los salvadoreños: marcado por opacidad fiscal, debilitamiento institucional, concentración de riqueza y una utilización cada vez más discrecional de los recursos públicos.
El poder ha entendido algo fundamental: en la política contemporánea la percepción internacional puede ser más rentable que la realidad nacional. Por eso se invierte más en propaganda global que en construir instituciones sólidas.
Pero la propaganda no es desarrollo. La imagen no es institucionalizar. Y el marketing político no sustituye la justicia ni la transparencia.
La consecuencia es una de las deformaciones más peligrosas de la vida republicana: la privatización silenciosa del Estado. Los recursos públicos dejan de servir al bien común y pasan a alimentar redes de poder político y económico cada vez más cerradas.
La historia latinoamericana ha sido clara y brutal con estos experimentos. Los gobiernos que convierten al Estado en patrimonio de una élite pueden sostenerse un tiempo gracias a la propaganda, al control institucional y al miedo.
Pero ningún país puede sostener indefinidamente una vitrina brillante hacia el exterior mientras se vacía por dentro. Porque los países no se construyen con propaganda. Se construyen con instituciones, con transparencia y con respeto al interés público.
Cuando esos pilares se destruyen, lo que queda no es un proyecto nacional, es simplemente un país ficticio administrado por quienes han aprendido a enriquecerse desde el poder.