26/04/2024
Las cosas cambian nadie es eterno. Y el pensamiento de un país también. La igualdad no es inherente a la sociedad sueca.
En 2017 Intermón Oxfam realizó un estudio para medir el nivel de desigualdad socioeconómica en 152 países, basado en el CRI (el índice de compromiso con la reducción de la desigualdad). El país que salió con mejor puntuación fue Suecia. En la última versión del estudio presentada por Intermón Oxfam en 2022, Suecia no aparece ni entre los diez primeros puestos. En muy poco tiempo, la situación del país se ha invertido drásticamente: la desigualdad socioeconómica nunca ha sido más alta –según la Oficina Estadística Nacional
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En 2017 Intermón Oxfam realizó un estudio para medir el nivel de desigualdad socioeconómica en 152 países, basado en el CRI (el índice de compromiso con la reducción de la desigualdad), un indicador que, a través de diversas variables, mide la acción de los Gobiernos en gasto social, política tributaria y derechos laborales, tres temas clave para reducir la brecha entre ricos y pobres. El país que salió con mejor puntuación fue Suecia. Nadie se sorprendió: el estudio venía a confirmar algo que todo el mundo sospechaba. Y es que el país nórdico llevaba muchos años siendo referente en igualdad económica y social, un modelo paradigmático del estado de bienestar y un claro ejemplo de que el capitalismo salvaje puede (y debe) ser matizado y regulado por políticas sociales que ayuden a crear una sociedad mucho más equitativa. En Suecia, la socialdemocracia se instauró de forma eficaz, llegó a ser el cuarto país con mayor PIB per cápita del mundo y, de hecho, sigue siendo el país que aún tiene el mayor número de parlamentarias mujeres.
Pero, tal y como destaca el economista francés Thomas Piketty en su ensayo Naturaleza, cultura y desigualdades –en el que traza un análisis afilado sobre las posibles causas de la desigualdad económica y propone estrategias sólidas para combatirla–, el modelo sueco no fue siempre así; en realidad, es bastante reciente. A principios del siglo XX, Suecia era un país profundamente desigual (como todos los países europeos) aunque tenía una estructura democrática muy particular: desde 1865 hasta la Primera Guerra Mundial desarrolló un sistema de sufragio censitario en el que solo podía votar el 20% más rico de la población. Además, dentro de este porcentaje, cuanto más rico era uno, más votos acumulaba, y como en las elecciones municipales no había límite de votos (algo que sí sucedía en las legislativas), había municipios en los que un solo hombre podía acumular más de la mitad: un sistema paradictatorial que otorgaba todo el poder a individuos concretos. Para más inri, las empresas y las personas jurídicas también tenían derecho a voto, en proporción al capital invertido en el municipio. Una democracia monstruosa y deformada: el sueño de autócratas y neoliberales acérrimos.
¿Qué fue lo que provocó el cambio? En 1920 se implantó en Suecia el sufragio universal, y en 1932 llegó al poder el Partido Socialdemócrata Sueco (en el que se mantendría, de forma casi ininterrumpida, hasta 1990). A partir de entonces, la movilización política y sindical comenzó a forzar una serie de regulaciones para promover un sistema más igualitario, favoreciendo la desmercantilización, introduciendo la fiscalidad progresiva y asegurando el acceso a la educación y a la vivienda. «Todo ello supuso un nivel de igualdad superior a lo visto en cualquier otro lugar. Y se hizo en pocas décadas, de forma relativamente pacífica, aunque con una movilización social y política muy fuerte. El ejemplo es importante porque demuestra que un país no es igualitario o desigualitario por naturaleza. Depende de quién controle el Estado y con qué fin», nos recuerda Piketty.
Un análisis certero de las causas de las desigualdades y una propuesta cabal para abordar el problema. Síntesis de sus in...