21/08/2026
Y QUÉ HAGO AHORA CON EL “TÚ”?
¿Puede uno cambiar su manera de entender a Dios sin perder la necesidad de hablarle? ¿Puede dejar atrás algunas imágenes de Dios y seguir sintiendo la necesidad de decirle “Tú”?
Quizás esta sea una pregunta que muchos buscadores espirituales llevan dentro y pocas veces se atreven a compartir. A mí me apareció después de muchos años de camino. Un camino de trabajo psicológico, de crecimiento personal, de silencios, de búsquedas y de encuentros que me fueron ayudando, poco a poco, a soltar algunas imágenes de Dios que ya no me ayudaban a crecer. No fue dejar de creer por dejar de creer. Fue más bien aprender a desprenderme de un Dios que había construido con mis necesidades, mis miedos, mis explicaciones y mis certezas.
Y, al soltar esas imágenes, comenzaron a aparecer otras experiencias. Realidades más profundas de mi propio ser. Momentos de silencio en los que algo parecía estar presente sin poder ser nombrado. Una sensación de profundidad que me trascendía. La belleza, el amor, la compasión, la conciencia, el encuentro con el otro… experiencias que parecían abrir una puerta hacia algo que estaba más allá de mi pequeño yo y, al mismo tiempo, profundamente dentro de mí.
Pensé entonces que había encontrado una respuesta. Que bastaba con cambiar aquellas antiguas imágenes de Dios por una experiencia más abierta, más profunda, más silenciosa. Pero me equivoqué. Porque cuando algunas preguntas encontraron su lugar, aparecieron otras nuevas. Y entre ellas surgió una que no esperaba: Si ya no puedo imaginar a Dios como un “Tú” separado de mí, ¿qué hago con mi necesidad profundamente humana de relacionarme con un “Tú”?
Porque sigo necesitando agradecer. Sigo necesitando confiar. Sigo necesitando entregar mis miedos. Sigo necesitando sentirme acompañado. Sigo necesitando amar y ser amado. Y, sobre todo, sigo necesitando poder dirigirme a alguien cuando el silencio se vuelve demasiado grande para las palabras. Entonces comprendí que quizás mi camino no consistía en abandonar el “Tú”, sino en aprender a descubrirlo de otra manera.
Quizás no como alguien que está lejos de mí. Quizás como una Presencia que me habita y, al mismo tiempo, me trasciende. Como algo que forma parte de mí, pero que es mucho más grande que mi pequeño yo. Como un Misterio que no puedo explicar ni poseer, pero ante el cual puedo permanecer. Y quizás ese “Tú” también aparezca en el rostro de quien amo, en una mirada, en un abrazo, en el dolor de otro que toca mi corazón, en la belleza que me deja sin palabras, en la vida que acontece a mi alrededor.
No sé si he encontrado una respuesta definitiva. Tal vez la espiritualidad no consista en encontrar respuestas definitivas, sino en aprender a vivir aquellas preguntas que nos mantienen despiertos. Por eso escribí esta oración. No para explicar quién es Dios. No para resolver el Misterio. Sino para agradecer este nuevo descubrimiento: quizás no necesitaba perder el “Tú”. Necesitaba aprender a pronunciarlo de otra manera.
Y cuando el silencio se hace profundo, cuando ya no necesito comprender, cuando simplemente permanezco… todavía puedo decir:
TÚ, QUE ME TRASCIENDES
No sé dónde encontrarte,
ni cómo nombrarte,
pero en mi silencio
vuelvo a contemplarte.
Dejé viejas certezas,
también sus seguridades;
y encontré en el silencio
nuevas profundidades.
No quiero ya buscarte,
tan solo quiero estar;
sentir que me trasciendes
sin dejar de habitar.
Eres más que mi vida,
más grande que mi ser;
eres aquello que amo
sin poderlo poseer.
Por eso digo: Tú,
aunque no sé quién eres;
porque cuando agradezco,
sé que siempre me quieres.
Estás en quien me mira,
en quien sabe abrazar;
en quien sufre y despierta
mi deseo de amar.
Quizás no seas un “Tú”
que habite en otro lugar;
quizás seas el Misterio
que me enseña a mirar.
A mirar sin poseerte,
a amar sin controlar,
a encontrarte en el otro
sin dejar de buscar.
Hoy no quiero respuestas,
ni pretendo comprender;
me basta este Misterio
que me invita a crecer.
Si vuelvo al silencio
y te vuelvo a llamar,
que sea simplemente: Tú.
Y aprenderé a escucharte
sin querer explicar,
pues lo que me trasciende
me enseña a contemplar.
Tú, que estás en mí,
y me llevas más allá;
Tú, que eres el Misterio
que nunca dejará de llamar.
Por eso, agradecido,
descanso en tu verdad:
lo que habita en mi hondura
me abre a la inmensidad. Tú.
- Jorge Educado Vázquez -
21-08-26