22/08/2026
Desde chamaquito empecé a notar problemas con la memoria de los seres humanos, incluyendo la mía.
Mis padres eran el experimento más cercano, pues yo vivía con ellos. Compartíamos juntos muchas más experiencias que con cualquier otras personas. A menudo escuchaba a mi madre contarles a otros cosas que yo también había vivido. Yo había estado allí… y notaba cómo, en su relato, mami cambiaba nombres, confundía personas o lugares, reducía o aumentaba números y omitía detalles importantes.
A veces la corregía y a veces me quedaba callado. No creo que ella mintiera a propósito. Simplemente su mente olvidaba cosas y reconstruía los recuerdos, incorporando elementos que le hicieran sentido. A menudo me percataba de que los detalles que podían poner en riesgo alguna creencia que se quería reforzar eran precisamente los que se omitían o distorsionaban. No se hasta qué punto ella estaba consciente de ello. No recuerdo que mami se molestara conmigo por eso. Recuerdo que a menudo me lo agradecía. A otras personas parecía no gustarles. En la iglesia y en la familia había algunos de esos personajes.
Yo también he tenido que reconocer que mi memoria tampoco es perfecta. Lo fui notando desde los sueños que escribía en una libreta hasta cuando intentaba recordar nombres y lugares que aparecían en fotografías... ¡Qué muchas experiencias de las que solo quedan unos pocos detalles!
Durante mi proceso de deconstrucción de la religión, me topé con el tema de la memoria estudiado desde la ciencia y resulta que aquello que poco a poco había observado en mi madre, en otras personas y en mí mismo, no era una anomalía. Es en gran medida, la norma en nuestra especie. Creo que el primer libro que leí que abordaba de forma explícita ese aspecto psicológico de las creencias y la memoria fue "How We Believe" de Michael Shermer. Él lleva muchos años escribiendo sobre escepticismo. No solo sobre ateísmo, sino también sobre teorías de conspiración, pseudociencia y otros fenómenos relacionados con la manera en que los seres humanos formamos y mantenemos nuestras creencias.
Lo que se entiende es que nuestra memoria no funciona como un reproductor de video que hace replay de una grabación almacenada. La memoria es reconstructiva. Cuando recuerdas algo, tu mente reconstruye la escena a partir de fragmentos de información, conocimientos posteriores, emociones, expectativas y otros elementos... pero mientras más tiempo pasa, más puede cambiar esa reconstrucción. Mucha información se pierde y otra se distorsiona con el paso de los años. Tu cerebro comienza a llenar huecos con cosas que le hacen sentido o que siente que guardan una unidad o coherencia dentro de un marco de creencias.
Un recuerdo de ayer puede ser más confiable que uno del mes pasado, y ese es más confiable que uno de hace 30 años atrás.
También influyen las cosas nuevas que aprendes y las experiencias posteriores que hacen que colorees el pasado de una manera diferente. Por ejemplo, cuando un adulto llega a comprender que fue abusado. De niños, algunas personas no interpretaban determinadas experiencias de esa manera y en ocasiones, hasta se resisten a aceptar que había ocurrido maltrato. Llegar a comprenderlo va a requerir aprender conceptos nuevos y comenzar a mirar aquellas experiencias del pasado desde una perspectiva completamente distinta.
Incluso podemos llegar a desarrollar recuerdos falsos mediante la sugestión. Durante la llamada "Histeria Satánica" (Satanic Panic) de los 80s y 90s hubo casos célebres en los que recuerdos y acusaciones fueron influidos mediante técnicas sugestivas, interrogatorios y ciertas expectativas culturales.
Por eso, en una corte los testimonios de los testigos no son suficientes por sí solos. Hay personas que pueden jurar que vieron al acusado cometiendo el crimen y posteriormente, la evidencia puede demostrar que ese testimonio era incorrecto: ADN, un alibi, una grabación de una cámara que demuestra que la persona estaba en otro lugar, etcétera.
Los recuerdos no existen aislados de nosotros. Pueden mezclarse con prejuicios, expectativas, compromisos emocionales, ideologías y otro tipo de información que adquirimos posteriormente o errores de pensamiento.
Desde adolescente he pensado que debí llevar un diario… y nunca lo he hecho. He llegado a lamentarme porque pienso que habría sido interesante tener documentación acerca de cómo mi mente ha ido evolucionando. Especialmente porque sigo experimentando esa curiosa ilusión de ser la misma persona que era hace 5, 10, 15, 25, 30 o 35 años... A veces me parece una locura tener tan pocos recuerdos de mi niñez. Tengo muchos recuerdos, sí, pero cuando los comparo con la cantidad de días que tiene un año, es casi nada lo que realmente recuerdo.
En 1991 tenía 7 años. Estaba en 3er grado. Puedo contarte que ese año viajé en avión por primera vez. Fui con una tía a visitar a un tío en Lakeland, Florida. Allá nos encontramos con mis primos, que también estaban de visita desde California (mi tío había tenido hijos en su primer matrimonio). Fui a Disney y a otros parques.
De ese año no recuerdo casi nada más. Digamos que aquel viaje duró 10 días. 355 días prácticamente se esfumaron de mi memoria. Es más: hay cosas de aquel viaje que no recuerdo y otras cosas a las que probablemente nunca habría podido acceder conscientemente, porque eran asuntos de adultos a los que yo no iba a prestar atención en aquel momento o que simplemente no habría entendido. Años después, mi tía me contó cosas de aquel viaje de las que yo no tenía ni idea. Hablar con ella sobre ese viaje ocurrido 34 años atrás era, en cierto sentido, como hablar de un viaje completamente distinto y en el que yo no participé.
Uno tiende a retener más detalles de las experiencias que, en su momento, produjeron una reacción o un impacto emocional fuerte. Pero incluso de los acontecimientos más impactantes olvidamos cosas o no estamos conscientes de toda la información.
También somos susceptibles a reinterpretar los recuerdos a partir de las creencias, conocimientos e ideologías que influyen sobre nosotros en diferentes momentos de nuestras vidas. Esas creencias te ponen gríngolas.
Aquí viene una parte que me parece particularmente interesante... A medida que yo iba aprendiendo cosas sobre religión, psicología de la religión, neuropsicología y otras cosas, también fui reinterpretando y reconstruyendo mis propios recuerdos. Algunos empezaron a adquirir nuevos significados. Otros comenzaron a tener giros completamente opuestos a los que originalmente les había dado.
Cuando era cristiano, tuve experiencias que, en su momento, interpreté de la manera en que probablemente las interpretaría un cristiano fundamentalista común. Crecí dentro de una burbuja y no había otras formas de interpretar ciertas cosas... pero luego de eso, ya no me sentía tan seguro de muchas de las cosas que me habían enseñado a creer.
Honestamente, no puedo decir que tuve muchas de esas "experiencias sobrenaturales". Recuerdo algunas pocas, pero íbamos de 3 a 6 veces por semana a la iglesia y siempre había gente dando los llamados "testimonios". Escuchaba constantemente a otras personas contar sus propias experiencias. Se testificaba sobre todo tipo de curaciones, sueños, visiones, alucinaciones auditivas, manifestaciones angelicales o demoníacas, y una cantidad enorme de supuestas coincidencias muy improbables e inexplicables, aparentemente.
Ya a cierta edad, todavía estando en la iglesia, escuchaba aquellos testimonios y podía comenzar a identificar problemas en los relatos. Ya iba desarrollando una actitud más escéptica, de pensamiento crítico, de cuestionar. Todas aquellas conclusiones y certezas que antes me daba la fe fueron perdiendo valor, de chispito a chispito.
Por eso si tú le cuentas algo a alguien y esa persona cuestiona las conclusiones a las que llegaste, sin necesariamente compartir el mismo marco ideológico desde el cual tú las interpretaste, no necesariamente significa que sea un ataque. Quizás esa persona te está mostrando ángulos que indican que aquella conclusión probablemente no era tan razonable y/o sólida como parecía. Puede estar ofreciéndote una oportunidad para cuestionarte a ti mism@ y aprender.
Quizás lo más difícil de aceptar sobre todo esto es que recordar algo con absoluta convicción no significa que lo estemos recordando con absoluta precisión. Eso no significa que todo recuerdo sea falso ni que nuestra experiencia subjetiva carezca de valor. Significa algo mucho más incómodo y a la misma vez, mucho más interesante... Que nuestra percepción del pasado también es una construcción de la mente que somos hoy.