Casa Aboy, Inc.

Casa Aboy, Inc. Coopera con Casa Aboy. Es una entidad sin fines de lucro. Su diseño se derivó de la asociación de varios arquitectos. Según su padre, esta casa era insalvable.

CASA ABOY
Por Marisa Rosado

Esta estructura radicada en Miramar fue construída entre 1910 al 1912, por el señor Ramón Aboy Benítez para su hijo, Ramón Aboy Lompré, en sus bodas. Las fechas exactas no pueden definirse ya que los planos fueron destruidos por el comején mientras la casa estuvo abandonada. La Casa Aboy es una de las pocas estructuras que se conservan, representativa de los comienzo

s de la arquitectura moderna en Puerto Rico. Uno de ellos, Anton Nechodoma, discípulo de Frank Lloyd Wright, oriundo de Chicago llegado a Puerto Rico alrededor de 1905 y cuya arquitectura tropical fue muy popular entre la sociedad sanjuanera. A él se deben elegantes mansiones residenciales en San Juan construídas a principios de este siglo, una de las cuales, la Mansión Giorgetti fue demolida a finales de la década del sesenta. El estilo de Nechodoma en la Casa Aboy se refleja en la gracia estilística de la fachada, interiores y escalinata doble en la entrada frontal de la casa. El arquitecto puertorriqueño Miguel Ferrer, cuñado de Aboy Lompré, y el ingeniero Francisco Pons, por su parte, diseñaron la casa mirando hacia el norte, con el fin de que recogiera las brisas frescas del Océano Atlántico y luz natural sin exponerla al calor del sol tropical. Arboles tropicales y plantas ornamentales completan la belleza de esta estructura localizada en el entonces exclusivo sector de Miramar. Pons y Ferrer habían sido socios de Antonin Nechodoma y contrataron a Frank B. Hatch, quien había realizado como maestro de obras muchas casas diseñadas por Nechodoma. No sólo Pons y Ferrer, sino también Hatch puso en ejecución muchas de sus ideas en cuanto a cómo debía lucir la Casa Aboy. Aboy Lompré, por su parte, también propuso algunas ideas propias para la casa que habría de ocupar. Era su deseo que la casa luciera como un chalet suizo, ya que había quedado muy impresionado con este estilo durante un viaje a Suiza. Según se iba levantando la estructura, Nechodoma se acercaba para hacer algunas sugerencias a Hatch en cuanto a un cambio aquí, añadir allá. Así que la estructura chalet sufrió un cambio en la apariencia cuando se construyeron unos aleros muy sobresalientes, en algunos lugares de hasta 12 pies. La entrada fue también rediseñada construyéndose un balcón amplio del ancho de la casa, cuyo diseño fue balanceado por dos porrones típicos de las estructuras de Nechodoma. El diseño de las ventanas del ático fueron cambiadas para coronar el frontal de la casa al estilo de Nechodoma y los cristales ahumados de las ventanas fueron traídos de la misma fábrica en la República Dominicana donde compraba Nechodoma. Si observamos su amplia balconada, el uso de azulejos ornamentales, sus ventanales de cristal ahumado, la doble escalera interior, y el vuelo de sus techos, no tenemos más remedio que reconocer en la Casa Aboy una gran influencia de Antonin Nechodoma. Hasta aquí la influencia de Nechodoma, quien en sus diseños de residencias repartía los interiores en pequeños cuartos oscuros comunicándose por pasillos estrechos, mientras que esta casa posee cuartos grandes, pasillo ancho y ventanas colocadas para obtener brisa y luz indirecta. La Casa Aboy no es una mansión como la diseñada por Nechodoma para los Korber, hoy Sinagoga Judía, justo frente a la Casa Aboy, que fue demolida para ampliar la Sinagoga conservando sólo la fachada. Esta fue una espaciosa residencia de 16 habitaciones, una de cinco de las 60 residencias que hacían de la Avenida Ponce de Léon, desde el Puente Dos Hermanos hasta cerca de la parada 13, una de las áreas residenciales más hermosas de la ciudad. Por muchos años la Casa Aboy fue escenario de actividades sociales a las que asistían prominentes figuras de la sociedad sanjuanera. Según los hijos fueron creciendo la familia permanecía menos tiempo en la casona hasta que finalmente fue cerrada. Su falta de interés en la casa, podía notarse en el pobre mantenimiento que recibió por años. Mientras tanto, el valor de la tierra de la zona crecía a medida que se construían modernos edificios multipisos en sus alrededores y se expandía el comercio hacia esa área. La casa fue reconstruída en 1919, más tarde se alquiló para la tienda gift Box y luego a la Sinagoga Judía. Ramón Aboy Miranda, miembro de la cuarta generación de la familia Aboy, y pionero en el campo de la fotografía como arte, recién llegado de estudiar fotografía artística en el Maryland Institue College of Art en Baltimore, Estados Unidos, propuso a su padre el 12 de octubre de 1975, abrir una galería fotográfica en la vieja casona de su familia. Su padre Gabriel Aboy Ferrer tomándolo a broma le dijo que si de verdad deseaba eso se apurara porque la familia ya tenía contratada a las personas que demolerían la casa el 30 de octubre. La plomería y la electricidad eran obsoletas, había boquetes en los pisos y estaba llena de polilla, ratas y comejen. El comején es un insecto muy parecido a la polilla que construye unos nidos tan grandes como de tres pies de diámetro. Tiene el hábito de enterrarse tan hondo como 40 pies de profundidad en el terreno, lo que hace extremadamente difícil su exterminación. Como la casa era algo grande para una familia moderna y pequeña para instalar allí un negocio, la familia decidió que lo más económico era derribarla. Ramón se espantó y recordó los cuentos que de niño le hacía su abuela acerca de las veladas que se celebraban en la casa. Según ella narraba, decía Moncho, él podía escuchar a los músicos, podía escuchar los contertulios, le parecía oir a José de Diego diciendo sus poemas y a su tía-abuela Monsita Ferrer, notable pianista y compositora que vivió en esa casa, tocando sus danzas al piano en la sala de estar. Era imposible pensar que la derribarían. Moncho trabajaba en el Instituto de Cultura Puertorriqueña como maestro de fotografía en la Escuela de Artes Plásticas y había escuchado y participado en las críticas que se hacían, sobre las personas que permitían que su propia cultura y herencia histórica fuera arrasada; ahora la propia casa de su familia, donde vivió su padre y hermanos, y por un tiempo él, iba a ser demolida. El 13 octubre fue a ver a Don Ricardo E. Alegría. Le preguntó si veía factible que él se hiciera cargo de la reconstrucción de la casa. Alegría le contestó que primero había que examinar la casa estructuralmente para ver si era posible y a qué costo. Ramón volvió a la casa con un grupo de carpinteros, electricistas y expertos en restauración del Instituto, así como con un amigo arquitecto. La situación era peor de lo que su padre le había informado. Habían 48 nidos de comején; algunos de ellos comenzaban en la segunda planta y continuaban bajando hasta la primera. Moncho vió su vida cambiar como resultado de algo que él llamaba una “sensación increíble” que no sabía cómo comenzaba ni cómo terminaba. En ese mismo momento decidió que pospondría sus estudios post graduados en Europa y se dedicaría a restaurar la estructura, envolviéndose en la aventura no sólo costosa, sino extremadamente difícil y sacrificada. Fue a ver a su familia para hacerle la proposición formal. El podría arreglar la casa, vivir en ella, y pagar las contribuciones sobre la propiedad tan pronto estuviera lista para abrir su academia y galería fotográfica. La familia aceptó, pero puso un límite de tiempo. El podría tener la casa por cinco años, pero después de ese término, a menos que la comprara, la casa sería demolida. Comenzó a ir a recibir orientación al Instituto diariamente, paso a paso. Fue al Departamento de Agricultura y consiguió consejo sobre cómo deshacerse del comején, las ratas, y las polillas. Pero el trabajo era aparentemente muy peligroso para él, así que comenzó a solicitar estimados de costos de fumigadores profesionales: ocho mil dólares fue la cotización más baja y doce mil dólares la más alta. Regresó al Departamento de Agricultura. Le tomó tres meses prepararse para la tarea de fumigación y tres semanas realizarlo. Debió cavar unas fosas alrededor de la casa y por ellas echó el tratamiento venenoso, asegurándose que penetrara aún por las áreas cubiertas de cemento. Subía al techo de la casa con drones llenos del veneno y bañaba la estructura de arriba a abajo para asegurarse que eliminaba todos los nidos del comején en los interiores. Eliminado el comején, paso a paso fue arreglando la tubería y la electricidad, con el consejo de plomeros y electricistas amigos que iban semanalmente a darle instrucciones. Para la instalación de cablerería eléctrica, él hacía los ranuras en las paredes y sus amistades alambraban. El próximo paso era cubrir los huecos con concreto y pintar, tarea que le tocó y que realizaba fuera de sus horas laborables. Con la plomería ocurrió lo mismo, él abría los huecos y sus amigos instalaban la tubería. Su salario no bastaba para costear la restauración y vivir en San Juan. Así que un día con tan sólo su camastro y una muda de ropa, Ramón se mudó de su apartamiento en San Juan a la casa. Comenzó la restauración con $5,000 dólares que había ahorrado y que constituía su fondo secreto, ganados enseñando cursos de fotografía en su casa en San Juan, reservados para costear sus estudios de Maestría en la Universidad Sin Paredes, curso que le hubiera llevado a través de toda Europa fotografiando a la vez que aprendía. Con esos ahorros y las bendiciones, apoyo moral y consejo del Instituto de Cultura comenzó la restauración el 13 de diciembre, labor que tomó cerca de ocho meses. En ese período Ramón comenzó a dar cursos adicionales de fotografía para ganar más dinero, trabajaba en la Escuela y a su regreso, trabajaba en la restauración de la casa por lo menos seis horas diarias. Para ahorrar, utilizaba los clavos viejos que iba sacando y que sus amigos enderezaban para volver a clavarlos. Su cuenta de ahorros quedó en siete dólares. Su familia le prestó muebles y lámparas y por fin abrió su galería —Galería Fotográfica PL 900— el 2 de agosto de 1976 con una exposición fotográfica suya y de Héctor Méndez Carattini, titulada “El artesano y su ambiente“. Más tarde logró que Pratt Institute de Nueva York le prestara la exposición “La Fotografía y la Gráfica”. Abrió su academia fotográfica con el fin de que los fondos provenientes de la matrícula abonaran para terminar la restauración. Comenzó a solicitar donaciones de personas interesadas en mantener un lugar como éste, sin éxito. Su sueldo del Instituto era con lo único con que podía contar. Para ese mismo año un grupo de fotógrafos reactivan la Asociación Fotográfica de Puerto Rico, cambiando su nombre a Consejo Nacional de Fotografía, bajo la presidencia de José Rubén Gaztambide. Su sede La Casa Aboy. Aglutinaba mayormente a los fotógrafos de prensa, entre los que se encontraban Ramón Korff, Rosso Savallone, Allan Hirsh, José “Pucho” Charrón, Rafael Robles y un grupo de fotógrafos orientados hacia la fotografía como medio artístico, tales como Héctor Méndez Carattini, David Acevedo, Nydia Cabrera, Pablo Cambó, Jochie Melero y el propio Ramón Aboy. El Consejo tenía como miras documentar diferentes aspectos de nuestra vida como pueblo, que respondiera con el sentir de nuestra nacionalidad puertorriqueña. Fue así como pudimos ver expuesta en la Casa Aboy una excelente colección que enorgullecería a cualquier galería de arte, la colección de fotografías de Andrés Figueroa Cordero, héroe nacionalista recién liberado de su encarcelamiento y destierro en cárcel imperial debido a su estado de suma gravedad, con textos de poemas manuscritos por el propio poeta, Juan Antonio Corretjer; la Exposición sobre la Situación de Vieques y la Exposición del Niño. Más tarde se realizó la exposición titulada Autoretrato y El artesano y su mundo. Por varios años la Asociación de Fotógrafos de Prensa realizó su exposición anual en nuestra sede. Ya para principios de 1980 se vencía el término que la familia le había dado a Moncho para compra la casar. Luego de una agria disputa familiar, se le prorrogó el término por un año. Coincidentalmente, fue el año en que la clase artística e intelectual del país se enfrascó en una protesta y campaña de boicot general a las instituciones culturales oficiales bajo el gobierno del Lcdo. Carlos Romero Barceló, debido a la radicación y posterior aprobación de unas leyes que afectaban la autonomía del Instituto de Cultura Puertorriqueña. Una de estas leyes arrebataba al Instituto de Cultura el Centro de Bellas Artes, proyecto ideado y realizado por esa Institución. Para fines de ese año de 1980 la protesta se arreció con el nombramiento de la Dra. Leticia del Rosario, destacada militante anexionista, a la dirección del Instituto de Cultura Puertorriqueña. La Casa Aboy, centro cultural autónomo, pasó a ser entonces el lugar donde se llevó a efecto toda la gestión artística y cultural del área metropolitana de esos primeros años de la década del 80, aglutinando a su alrededor a cerca de 25 agrupaciones culturales sin fines de lucro, que habían quedado a la deriva, sin espacio donde manifestar su quehacer, entre ellas, el PEN Club de Puerto Rico, la Casa Nacional de la Cultura, la Sociedad de Música Contemporánea, la Asociación de Fotógrafos de Prensa, la Hermandad de Artesanos y Artesanas, la Asociación de Periodistas, el Grupo Guajana de Gráfica y Poesía, la Hermandad de Artistas Plásticos, el Comité Pro Defensa de la Cultura, y otros. En la casa lo mismo se presentaba un libro de un autor puertorriqueño, que se realizaban ensayos. Espectáculos de teatro, ballet, baile moderno, conciertos de música culta, popular, típica y folklórica, tertulias de escritores y artistas, seminarios de teatro, recitales de poesía, exposiciones de arte, de cerámica, vinieron a completar la idea original de sala fotográfica. Casa Aboy pasó a ser un espacio necesario, prestigioso y vital. Por inspiración de Moncho, se organizaron los Niños Amigos de Casa Aboy que se reunían los primeros sábados de cada mes para en forma entretenida y pedagógica aprender los hechos históricos y las vidas de nuestros más insignes puertorriqueños. El arte salía por los balcones de la casa y saturaba la avenida Ponce de León. El compromiso de Moncho con el Instituto, con la cultura, y con sus compañeros profesores despedidos, su militancia en las protestas y el fervor con que defendía sus convicciones provocó que le despidieran también como maestro de la Escuela de Artes Plásticas, cargo que había ejercido por 12 años. Diversas instituciones, grupos, artistas e intelectuales se movilizaron para ayudar a que Casa Aboy se conservara. La Legislatura por iniciativa de la Senadora Velda González, aprobó una asignación de cincuenta mil dólares anuales, por tres años, que tuvo múltiples tropiezos llegando a veces con 9 meses de retraso. No obstante, esta inyección de fondos le dió vida a la Casa Aboy hasta 1986 en que fue definitivamente cerrada, luego de un triste y doloroso litigio familiar por su posesión. Esta crisis unió voluntades fuera de líneas partidistas: El gobernador Rafael Hernández Colón, la Senadora Velda González, el Presidente del Senado, Lic. Miguel Hernández Agosto, la Junta de Directores del Instituto de Cultura Puertorriqueña, se comprometieron con salvar la Casa. Don Ricardo Alegría, Francisco Arriví, Jack Delano, Francisco Rodón, Lucy Boscana, Tite Curet Alonso, Edwin Reyes, el profesor José A. Ortíz, Enrique Laguerre, Francisco Matos Paoli, Marcos Ramírez, Amaury Rosa Silva, Elsa y Teresa Tió, las instituciones y centros culturales, el Ateneo Puertorriqueño, son sólo algunas de las voces que se elevaron urgiendo al gobierno a que expropiara o comprara el inmueble para darle continuidad a los trabajos de la Casa Aboy. A pesar de todos estos llamados y compromisos, la Casa Aboy cerró y meses después Ramón partía al eterno. No obstante, la Junta de Directores de la Casa Aboy y su vice presidenta Marisa Rosado, no cesaron sus funciones. Era mucho lo que se había luchado y lo que se había logrado para sentarse a mirar pasar la historia. Logramos que en 1989 la casa fuera declarada monumento histórico nacional por el Instituto de Cultura Puertorriqueña y que ese mismo año el National Trust for Historic Preservation la incluyera en el Registro Nacional de Lugares Históricos. De esa forma se detendría cualquier intento de demolición so pena de violar leyes federales e insulares. Meses más tarde la Administración de Terrenos adquirió la casa, pero carecía de los fondos necesarios para su restauración. De nuevo Casa Aboy se convirtió en refugio de maleantes y deambulantes que hicieron de ella un antro de podredumbre y desolación. La Junta de Casa Aboy llena de optimismo preparó inmediatamente una propuesta de arrendamiento a cambio de conseguir los fondos para restaurarla. La Administración de Terrenos condiciona el contrato a que se formalice un centro cultural adscrito al Instituto de Cultura Puertorriqueña, como uno de los programas principales de la Corporación Casa Aboy. En julio de 1991 en asamblea constituyente celebrada en el Ateneo Puertorriqueña se formaliza el Centro Cultural Ramón Aboy Miranda. Finalmente se logra un contrato de un año, subsiguientemente renovado a cinco. Se comenzó entonces la tarea de enviar propuestas a la Legislatura, a la Oficina Estatal de Preservación Histórica, a la Comisión Puertorriqueña para la Celebración del Quinto Centenario, al Instituto de Cultura y a otras decenas de organizaciones del sector público y privado. Los organismos oficiales contestaron favorablemente, no así el sector privado. Se contrató al arquitecto Pablo Ojeda O’Neill, Presidente de la firma Builders Group, S.E. para realizar los planos de las condiciones existentes del inmuebles (as builts) y un estudio y asesoría técnica en preservación histórica: “Diagnóstico y reconocimiento para los trabajos de restauración de la estructura”. El contrato de restauración se firmó el 9 de abril de 1992, pero no fue hasta el 7 de septiembre de ese mismo año, que se comenzaron los trabajos por el área de los techos que cubren la sección oeste de la casa. En el Diagnóstico y Reconocimiento no había podido examinarse el estado interior de los techos que al irse destapando fueron mostrando un estado de pudrición que hacía necesaria la instalación de toda la viguería y soportes. Lo mismo se observó en los pisos. Las puertas, ventanas, escaleras interiores, baños, cablería eléctrica, se había afectado igualmente por las aguas que penetraban por las áreas descubiertas del techo. Los efectos del Huracán Hugo sobre la estructura ocasionaron daños mayores. Desde entonces, con unos breves y otros más largos períodos de interrupción, se adelantaron los trabajos de restauración. Los costos de la restauración han ascendido a cerca de $450,000.00
La Casa Aboy reabrió sus puertas el 5 de mayo de 1995.

Dirección

900 Avenida Ponce De León
San Juan
00907

Teléfono

+17877237715

Notificaciones

Sé el primero en enterarse y déjanos enviarle un correo electrónico cuando Casa Aboy, Inc. publique noticias y promociones. Su dirección de correo electrónico no se utilizará para ningún otro fin, y puede darse de baja en cualquier momento.

Contacto La Organización

Enviar un mensaje a Casa Aboy, Inc.:

Compartir