13/08/2026
Compartimos el artículo de la Dra. Josefina Arce
𝐏𝐫𝐢𝐦𝐞𝐫𝐨 𝐝𝐞𝐬𝐭𝐫𝐮𝐢𝐦𝐨𝐬. 𝐃𝐞𝐬𝐩𝐮𝐞𝐬 𝐩𝐚𝐠𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐩𝐨𝐫 𝐬𝐮𝐬𝐭𝐢𝐭𝐮𝐢𝐫𝐥𝐨.
Cada vez que aparece un problema ambiental, nuestra primera reacción es preguntarnos qué tecnología podemos inventar para resolverlo. Casi nunca nos detenemos a preguntarnos por qué apareció el problema.
En estos días he leido que en Puerto Rico se está hablando de desalinizar agua de mar y también de sembrar las nubes para provocar lluvia. Esas tecnologías podrían resultar buenas. En una emergencia pueden ser necesarias y, en algunos lugares del mundo, indispensables. Pero que el que piensen en ellas como solución me hace reflexionar en otra cosa.
¿Y si la falta de agua fuera solo un síntoma?
Hay algo que hacemos los seres humanos que me llama mucho la atención. Cuando la naturaleza hace un trabajo gratuitamente, casi nunca le damos valor. Solo descubrimos lo importante que era después de destruirlo. Entonces gastamos enormes cantidades de dinero tratando de hacer artificialmente el mismo trabajo que la naturaleza hacía sin cobrarnos un centavo.
Piense por un momento en algo tan sencillo como un árbol.
Todos sabemos que debajo de un árbol hace más fresco. Si vamos al campo buscamos la sombra. Si caminamos bajo el sol nos detenemos donde haya un árbol. Nadie, pudiendo escoger, se queda parado bajo el sol del mediodía.
Pero cortamos los árboles.
Después sentimos más calor y la solución que se nos ocurre es comprar un aire acondicionado para sustituir el trabajo que antes hacía el árbol gratuitamente.
Con el agua estamos haciendo exactamente lo mismo.
Los bosques, los suelos y las cuencas captan la lluvia, recargan los acuíferos, regulan los ríos y ayudan a mantener disponible el agua dulce. Sin embargo, seguimos destruyendo esos sistemas, permitimos que se pierdan millones de galones de agua por infraestructura deficiente y alteramos el paisaje que hacía posible ese equilibrio. Entonces lo que pensamos es en desalinizar el mar o en sembrar las nubes.
¿No será que estamos tratando el síntoma mientras seguimos alimentando la causa?
Y esto no ocurre solo con el agua. Empobrecemos los suelos y después compramos fertilizantes. Eliminamos humedales que limpiaban el agua y construimos costosas plantas de tratamiento. Reducimos la biodiversidad que ayudaba a controlar plagas y luego dependemos cada vez más de pesticidas.
La tecnología no es el problema. Al contrario, es una herramienta extraordinaria cuando se utiliza para mejorar nuestra calidad de vida o enfrentar una emergencia. El problema comienza cuando pretendemos que sustituya los procesos naturales que todavía podríamos conservar.
Cada vez que destruimos uno de esos procesos aparece un nuevo gasto para reemplazarlo.
Entonces me hago una pregunta muy sencilla.
¿De qué sirve dedicar nuestra vida a producir más dinero si, en el proceso de producirlo, destruimos los sistemas naturales que hacen posible la vida?
Estamos cambiando vida por dinero y después tratando de usar el dinero para comprar de nuevo la vida que destruimos.
Tal vez el verdadero progreso no consista en inventar máquinas cada vez más sofisticadas para reemplazar el trabajo de la naturaleza.
Tal vez el verdadero progreso comience el día que entendamos que la inversión más inteligente no es sustituir a la naturaleza, sino permitir que siga haciendo el trabajo que ha hecho perfectamente durante millones de años.