06/08/2026
«Abre tu boca por el mudo, en favor de todos los desvalidos. Abre tu boca, juzga con justicia y defiende la causa del pobre y del necesitado.» Proverbios 31:8–9
San Juan, Puerto Rico 6 de agosto de 2026
Hon. Jenniffer González Colón
Gobernadora de Puerto Rico
Puerto Rico clama por justicia y dignidad
Carta Pastoral al pueblo y a las autoridades de Puerto Rico
Gobernadora:
Como pastor de la Iglesia Evangélica Luterana no puedo permanecer en silencio. El Evangelio me obliga a levantar la voz cuando la vida humana, la dignidad de las personas y el bien común se ven amenazados.
Mi ministerio pastoral me permite caminar diariamente entre las comunidades de Río Piedras, Monteflores y Barrio Obrero. En Monteflores y Barrio Obrero, especialmente, he sido testigo del profundo impacto que la escasez de agua potable provoca en la vida de las personas. Allí acompaño a familias, personas adultas mayores, enfermos y trabajadores que viven cada día con la incertidumbre de no saber cuándo volverán a disponer de un recurso tan indispensable para la vida y la dignidad humana.
Sin embargo, esta no es únicamente la realidad de Monteflores y Barrio Obrero. Estas comunidades representan uno de los muchos epicentros de una crisis que hoy alcanza a todo Puerto Rico. Lo que allí presencio se repite, con distintas intensidades, en numerosos municipios de nuestra Isla.
Puerto Rico enfrenta hoy una emergencia que va mucho más allá de la falta de lluvia. La sequía, las altas temperaturas, la fragilidad del sistema eléctrico y la interrupción de servicios esenciales ponen en riesgo la salud pública, el inicio del nuevo año escolar, el funcionamiento de hospitales, el comercio, el turismo, la agricultura, el bienestar de nuestros animales y la estabilidad económica de miles de familias.
Cuando el agua deja de ser un recurso garantizado y se convierte en una incertidumbre cotidiana, deja de ser solamente un problema de infraestructura. Se convierte en una cuestión de dignidad humana. Sin agua no hay salud, higiene, alimentación, educación ni desarrollo. El acceso al agua es indispensable para preservar la vida y proteger el bien común.
Quienes más sufren esta realidad son nuestros adultos mayores, las personas con discapacidad, quienes viven con enfermedades crónicas, los pacientes que dependen de equipos médicos y las familias con menos recursos, muchas de las cuales carecen de cisternas, bombas de agua o medios para enfrentar una emergencia prolongada.
Como pastor, no escribo para alimentar confrontaciones. Escribo porque el Evangelio nos llama a acompañar al que sufre y a levantar la voz cuando la dignidad humana se encuentra amenazada. La misión de la Iglesia no termina en el templo; también consiste en caminar junto al pueblo cuando atraviesa momentos de dolor e incertidumbre.
Por ello, exhorto al Gobierno de Puerto Rico a fortalecer, con la mayor urgencia, todas las acciones necesarias para enfrentar esta crisis. Solicito que se coordine un esfuerzo extraordinario entre las agencias del Estado, los municipios, el sector privado, las organizaciones comunitarias y las iglesias para que ninguna comunidad permanezca desatendida.
Solicito igualmente que se evalúe el despliegue de la Guardia Nacional para apoyar las labores humanitarias, colaborar en la distribución de agua potable, asistir a hospitales, escuelas, hogares de envejecientes y comunidades vulnerables, y garantizar que la ayuda llegue primero a quienes más la necesitan.
Este llamado también va dirigido a toda la sociedad puertorriqueña. Ninguna institución podrá superar sola una crisis de esta magnitud. Necesitamos recuperar el valor de la solidaridad. Que el vecino vuelva a ser prójimo; que quien pueda compartir agua, alimentos, tiempo o recursos lo haga generosamente. En momentos como este, Puerto Rico necesita unidad más que división.
Jesús nos recordó, mediante la parábola del buen samaritano, que la verdadera grandeza consiste en hacerse prójimo del que sufre. Esa enseñanza sigue siendo una tarea pendiente para todos nosotros.
Antes de concluir, deseo dirigirme no solamente a usted, señora Gobernadora, sino también a todas las personas que hoy ejercen responsabilidades públicas. La confianza que el pueblo deposita mediante el voto no constituye un privilegio; constituye un mandato. Gobernar nunca ha sido un ejercicio de poder, sino un acto permanente de servicio. Ese mandato exige escuchar, actuar con diligencia y colocar siempre la vida y la dignidad de las personas por encima de cualquier otra consideración.
Puerto Rico no puede seguir esperando. Cada día que transcurre sin respuestas eficaces prolonga el sufrimiento de miles de familias. Cuando los servicios esenciales fallan de manera reiterada, quienes pagan las consecuencias no son las instituciones, sino el pueblo que confió en ellas.
Este es el momento de honrar el mandato que el pueblo les confió. Quien acepta la responsabilidad de gobernar acepta también la obligación de responder cuando la vida, la salud y la dignidad de la población se encuentran amenazadas. El poder público no existe para administrarse a sí mismo; existe para servir al pueblo.
La historia no juzgará únicamente las decisiones que se tomaron, sino también los silencios, las demoras y las oportunidades perdidas mientras un pueblo esperaba respuestas.
Como pastor continuaré acompañando a quienes sufren, orando por quienes ejercen la autoridad y alzando la voz siempre que la dignidad de nuestro pueblo lo haga necesario.
Que Dios conceda sabiduría a quienes gobiernan, fortaleza a quienes sirven desde las instituciones públicas y esperanza a cada familia puertorriqueña.
Que nadie quede en el olvido.
Rev. Ignacio Estrada Cepero
Iglesia Evangélica Luterana El Buen Pastor
415 Calle Dr. Ernesto Vigoreaux SJ, Puerto Rico 00915