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30 de agosto -   XXII Domingo TO Ciclo AEvangelio en una imagen
30/08/2026

30 de agosto - XXII Domingo TO Ciclo A
Evangelio en una imagen

23 de agosto - XXI Domingo del Tiempo Ordinario — Ciclo A Para meditar y reflexionar…:
22/08/2026

23 de agosto - XXI Domingo del Tiempo Ordinario — Ciclo A

Para meditar y reflexionar…:

23 de agosto - XXI Domingo del Tiempo Ordinario — Ciclo A - Reflexión por Diac. Edwin José¿Quién dicen que soy yo?Jesús ...
22/08/2026

23 de agosto - XXI Domingo del Tiempo Ordinario — Ciclo A - Reflexión por Diac. Edwin José

¿Quién dicen que soy yo?

Jesús llega con sus discípulos a la región de Cesarea de Filipo y les hace una pregunta:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»

Los discípulos comienzan a repetir lo que han escuchado. Algunos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; otros, Jeremías o alguno de los profetas. Nadie parece hablar mal de Jesús. Todos lo relacionan con grandes figuras de la historia de Israel. Sin embargo, ninguna de aquellas respuestas alcanza a expresar plenamente quién es Él.

Algo muy parecido si hiciéramos esa pregunta a la salida de un “mall”. Hoy la gente también tiene muchas respuestas sobre Jesús. Para algunos es un gran maestro. Para otros, un profeta, un hombre bueno o un personaje importante de la historia. Para otros es alguien lejano, relacionado con una religión que apenas conocen o con una Iglesia que quizá no siempre les ha mostrado con claridad su verdadero rostro.

Entonces Jesús dirige la pregunta directamente a sus discípulos:
«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?»

Ya no pregunta lo que otros piensan. Ya no permite que sus discípulos se escondan detrás de las opiniones de la gente. Ahora espera una respuesta personal.

Pedro toma la palabra:
«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».
Pedro no ofrece simplemente una respuesta aprendida. Hace una confesión de fe. Reconoce que Jesús no es uno más entre los profetas. Es el Mesías esperado, el Hijo de Dios vivo.

Esa misma pregunta nos llega hoy a nosotros:
¿Quién es Jesús para mí?

No basta repetir lo que aprendimos desde pequeños en la catequesis. No basta conocer lo que nos enseña la Iglesia. No basta decir que somos cristianos o que siempre hemos creído en Dios.

Podemos saber muchas cosas acerca de Jesús y, sin embargo, no haber permitido todavía que Él ocupe el centro de nuestra vida… [Que difícil se nos hace].

Decir que Jesús es el Mesías significa reconocerlo como Señor. Significa permitir que su palabra ilumine nuestras decisiones, nuestras relaciones, nuestras prioridades y nuestra manera de vivir… Peeeero..

Hay personas que dicen creer en Jesús, pero viven como si Él no tuviera nada que decirles. Acuden a Él cuando aparece una dificultad, pero lo dejan fuera de sus planes cuando todo parece marchar bien. Lo reconocen con los labios, pero no siempre con sus acciones.

Por eso, la respuesta a la pregunta de Jesús no se da solamente con palabras. Se tiene que dar con la vida.

Después de que Pedro reconoce quién es Jesús, ocurre algo muy hermoso. Jesús le dice:
«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».

Pedro le dice a Jesús quién es Él, y Jesús le revela a Pedro quién está llamado a ser.

Cuando descubrimos verdaderamente quién es Cristo, comenzamos también a descubrir quiénes somos nosotros. Nuestra identidad más profunda no depende solamente de lo que otros piensen de nosotros, de nuestros logros, de nuestros errores o de nuestras heridas. Se descubre en la mirada de Dios y en la misión que Él nos confía.

Pedro recibe un nombre nuevo, una responsabilidad y unas llaves.

Las llaves representan autoridad, pero también servicio. Pedro no recibe una misión para engrandecerse, sino para ayudar a otros, sostener a la comunidad y abrir caminos hacia el Reino de Dios.

También nosotros hemos recibido “unas llaves”.
Dios nos ha confiado una familia, una comunidad, una profesión, un ministerio, unas capacidades y personas concretas a las que podemos servir.

Y en esa línea, podemos hacernos otra pregunta : ¿Qué estamos haciendo con las llaves que Dios ha puesto en nuestras manos?

Pero, en esa misma línea te invito a mirar otro asunto, del Evangelio, que considero importante.

Jesús pregunta primero: «¿Quién dice la gente que soy yo?»

Hoy podemos cambiarla un poco… , ¿Qué dice la gente de Jesús después de encontrarse conmigo? ¿Qué imagen de Cristo transmitimos con nuestra manera de vivir?

Después de conversar con nosotros, ¿las personas sienten que Jesús está más cerca o más lejos? Después de ver cómo tratamos al que piensa distinto, al que se equivoca, al pobre, al que sufre o al que nos ha herido, ¿pueden descubrir algo de la misericordia de Dios?

Después de entrar en nuestras comunidades, ¿encuentran acogida, esperanza y amor, o encuentran juicio, indiferencia y rechazo?

Muchas personas quizá nunca leerán directamente el Evangelio, pero leerán nuestra forma de vivir. A través de nosotros formarán una idea de quién es Jesús.

Por eso, no basta hablar de Cristo. Estamos llamados a hacerlo visible.

Podemos mencionar muchas veces el nombre de Jesús y, sin embargo, ocultarlo detrás de nuestra dureza, nuestras divisiones, nuestra falta de compasión o nuestra incoherencia.

El verdadero discípulo no es solamente el que conoce la respuesta correcta. Es el que permite que Cristo transforme su vida de tal manera que otros puedan reconocerlo.

Los grandes misioneros cambiaron la respuesta de pueblos enteros. Llegaron a lugares donde Cristo no era conocido y, por medio de su entrega, su servicio y su testimonio, ayudaron a otros a descubrir al Hijo de Dios vivo.

Nosotros quizá no viajaremos a tierras lejanas. Sin embargo, cada día entramos en lugares donde alguien necesita encontrar a Jesús: nuestra casa, nuestro trabajo, nuestra comunidad, nuestras redes sociales y nuestras relaciones.

Allí también somos enviados.

La pregunta de este domingo, por tanto, no es solamente: ¿Quién es Jesús para mí?

También es: ¿Quién puede llegar a ser Jesús para otros a través de mi testimonio?

Lo que creemos acerca de Jesús transforma quiénes somos. Y la manera en que vivimos puede transformar lo que otros creen acerca de Él.

Que nuestra vida pueda decir, incluso antes que nuestros labios: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Y que quienes se encuentren con nosotros puedan descubrir, aunque sea un poco más, el rostro cercano, misericordioso y vivo de Jesús.

Dios te bendiga.

Edwin José

21/08/2026

Jóvenes…..

17/08/2026

Gracias a Martín Valverde por compartir…

ATENCIÓN Asistentes a Lux Mundi XIUna oportunidad para reencontrarnos: Lux Mundi Coffee Break Edition.
17/08/2026

ATENCIÓN Asistentes a Lux Mundi XI

Una oportunidad para reencontrarnos: Lux Mundi Coffee Break Edition.

16 de agosto / Domingo XX TO Ciclo A / Reflexión HomiléticaDiácono Edwin JoséQuerido y querida joven.¿Qué ocurre con nue...
16/08/2026

16 de agosto / Domingo XX TO Ciclo A / Reflexión Homilética
Diácono Edwin José

Querido y querida joven.

¿Qué ocurre con nuestra fe cuando pedimos, insistimos, oramos… y Dios parece no contestar?

Definitivamente, esta es una de las experiencias más difíciles de la vida de fe. Y es una de las situaciones más difíciles que enfrenta un joven en su vida espiritual.

Porque es relativamente fácil creer cuando las cosas salen bien. Es fácil dar gracias cuando pedimos y recibimos, cuando buscamos y encontramos, cuando una puerta se abre precisamente en el momento que lo necesitábamos.

Pero ¿qué ocurre cuando no sucede así?

¿Qué ocurre cuando llevamos días, meses, quizás años, pidiendo lo mismo?

Cuando hemos rezado por una enfermedad, por un hijo, por nuestro matrimonio, por una situación económica, por alguien que amamos, por una preocupación que no nos deja dormir… y aparentemente nada cambia.

Oramos…. Insistimos….

Volvemos a pedir.

Y Dios parece guardar silencio.

Entonces comienzan las preguntas: ¿Dios me estará escuchando? ¿Por qué no hace nada? ¿Será que estoy pidiendo mal? ¿Será que Dios se olvidó de mí?

Ese precisamente es Evangelio de este domingo, en el cual, Mateo nos presenta a una mujer, de origen cananeo, viviendo esa experiencia.

La mujer cananea se acerca a Jesús gritando:
«Señor, Hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio».

No está pidiendo algo superficial. Está pidiendo por su hija. Podemos imaginar la desesperación de una madre que ha visto sufrir a su hija y que probablemente ya ha intentado de todo.

Ha escuchado hablar de Jesús. Sabe que Él puede hacer algo. Así que corre hacia Él.

Grita…. Suplica…. Y entonces ocurre algo sorprendente. «Jesús no le respondió ni media palabra».

Silencio.

Probablemente esta sea una de las frases más desconcertantes que le tocó escribir a Mateo en su Evangelio.

Porque nosotros conocemos a Jesús como aquel que escucha, que se compadece, que se acerca al que sufre. Y, sin embargo, esta mujer pide ayuda… y Jesús guarda silencio.

Pero ella no se va. Y ahí comienza a aparecer la grandeza de esta mujer.

No se queja, no se molesta, no critica… simplemente insiste.

Los discípulos querían quitársela de encima, porque sigue gritando detrás de ellos. Luego, la mujer escucha palabras que parecen confirmar que allí no hay lugar para ella: Jesús afirma que ha sido enviado a las ovejas perdidas de Israel.

Ella podría haberse marchado. Podría haber pensado: «Aquí no me quieren». Santo q no me quiere con no rezarle basta… dirían nuestros abuelos.

Podría haberse sentido rechazada. Podría incluso haberse enfadado con Dios. (Así hacemos muchas veces).

Pero, hace exactamente lo contrario.

Se acerca más.

Al principio estaba gritando detrás de Jesús. Ahora se coloca delante de Él, se postra y su oración se vuelve mucho más sencilla:
«Señor, ayúdame».

Ya no hay un gran discurso. No hay explicaciones. No hay argumentos. Solamente dos palabras: Señor, ayúdame.

Quizás algunos de nosotros hemos llegado alguna vez a ese punto.

Cuando ya no sabemos qué decirle a Dios.

Cuando hemos explicado nuestra situación tantas veces… que ya no quedan más palabras. Cuando la oración deja de ser un discurso y se convierte simplemente en: Señor, ayúdame.

Y todavía le queda una prueba más a la mujer.

En su justificación, Jesús utiliza una imagen muy fuerte: no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos…. Perros? Jesús dijo perros?

Pero aquella mujer encuentra esperanza incluso allí donde aparentemente no queda ninguna.

Y le responde:
«Es verdad, Señor; pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos».

Es como si dijera: Señor, no necesito quedarme con toda la mesa. No necesito comprenderlo todo. No necesito controlar cómo vas a hacerlo.

Me basta una migaja de tu gracia.

Porque ella ha comprendido algo extraordinario: si realmente está delante del Señor, una migaja basta.

Una migaja de misericordia puede cambiar una vida.

Una migaja de esperanza puede levantarnos cuando pensábamos que ya no podíamos continuar.

Una migaja de la gracia de Dios puede hacer lo que nosotros no podemos hacer con todas nuestras fuerzas.

Y entonces Jesús pronuncia unas palabras extraordinarias:

«Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas».

Y su hija quedó curada. Pero fijémonos en algo.
Jesús no dice: «Mujer, qué insistente eres». Dice: «Qué grande es tu fe».

Porque la grandeza de su fe no consistió solamente en creer que Jesús podía curar a su hija. Consistió en seguir creyendo, aún cuando Jesús parecía guardar silencio.

Y quizás ahí está la Palabra que necesitamos escuchar hoy.

La fe no es solamente creer cuando Dios responde.

La fe también es permanecer cuando todavía no tenemos respuesta.

Es continuar acercándonos cuando no entendemos.

Es seguir diciendo «Señor» incluso cuando llevamos mucho tiempo preguntándonos dónde está Dios.

Porque el silencio de Dios no significa necesariamente una ausencia de Dios.

La mujer cananea pensó que necesitaba una respuesta inmediata.

Pero en aquel encuentro ocurrió algo todavía más profundo: su fe poco a poco fue quedando al descubierto, hasta que Jesús pudo decir delante de todos:

«Mujer, qué grande es tu fe».

Quizás hoy alguno de nosotros está viviendo precisamente ese silencio.

Tal vez llevas tiempo pidiendo algo. Tal vez has comenzado a cansarte.

Tal vez incluso has pensado dejar de pedir… dejar de creer

Esta mujer cananea nos enseña hoy algo muy sencillo:

No te alejes porque Dios guarda silencio. Acércate más.

Y si ya no encuentras palabras para rezar, no necesitas buscarlas.

Haz lo que hizo ella.

Ponte delante del Señor. Y dile simplemente: «Señor, ayúdame».

Porque algunas veces, cuando ya no quedan grandes palabras, comienza la verdadera oración.

Dios te bendiga,

¡Extra! ¡Extra!Un descanso espiritual para iniciar una nueva vida……
28/07/2026

¡Extra! ¡Extra!

Un descanso espiritual para iniciar una nueva vida……

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