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4 de octubre - Evangelio en ImgenDomingo 27 - Tiempo Ordinario - Ciclo A
04/10/2026

4 de octubre - Evangelio en Imgen
Domingo 27 - Tiempo Ordinario - Ciclo A

27/09/2026

Reflexión homilética - Diacono Edwin Jose

El “sí” que se vive

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario · Ciclo A
27 de septiembre de 2026

Querido Joven:

Hay respuestas que damos con los labios y otras que vamos dando con la vida. A veces, amdas coinciden. Otras veces, entre lo que decimos y lo que hacemos, queda una distancia que nos cuesta reconocer.

Podemos decir que queremos mucho a alguien y tener poco tiempo para escucharlo. Podemos afirmar que confiamos en Dios y resistirnos cuando su Palabra cuestiona nuestras decisiones. Podemos prometer que vamos a cambiar y seguir aplazando el primer paso.

El Evangelio de este domingo nos coloca frente a esa experiencia. Un padre pide a sus dos hijos que vayan a trabajar a la viña. Uno dice que no quiere, pero después se arrepiente y va. El otro responde que sí, pero no va.

Jesús pregunta quién cumplió la voluntad del padre. La respuesta parece sencilla cuando miramos a los personajes de la parábola. Se vuelve más exigente cuando reconocemos que nosotros también hemos respondido de ambas maneras.

¿Qué ocurre entre el momento en que escuchamos a Dios y el momento en que decidimos qué hacer?

A veces aparece la resistencia. Sabemos que debemos reconocer una equivocación, pero nos cuesta admitirla. Sentimos que debemos acercarnos a alguien, pero recordamos lo que nos hizo. Vemos una necesidad, pero atenderla exige cambiar nuestros planes. Comprendemos lo que Dios nos pide, aunque todavía no estemos dispuestos a hacerlo.

El hijo que dijo que no nos resulta cercano. Su respuesta tiene algo de nuestras propias luchas. Sin embargo, su historia continúa: recapacita y va.

Ahí se abre una puerta de esperanza. Aquel hijo pudo mirar de nuevo lo que su padre le había pedido. Pudo revisar su respuesta y cambiar de dirección. Su negativa inicial no tuvo que convertirse en una decisión para siempre.

También nosotros podemos recapacitar.

Podemos reconocer que hemos sido injustos, que nos hemos cerrado al diálogo o que hemos dejado una responsabilidad en manos de otros.

Podemos dejar de repetir «yo soy así» y comenzar a preguntarnos qué necesita cambiar en nuestra vida.

La primera lectura nos habla precisamente de esa posibilidad. Quien abandona el mal y practica la justicia encuentra un camino de vida.

Dios toma en serio nuestra libertad y nos llama a utilizarla para volver a él. Su misericordia nos permite mirar nuestras faltas sin caer en la desesperación.

Tal vez alguien escucha hoy esta Palabra pensando en sus errores. Quizás siente vergüenza de algo que hizo o lleva tiempo lejos de la comunidad. El Evangelio le anuncia que todavía puede responder. Hay un camino por recorrer y un Padre a quien volver.

Pero la parábola también tiene una palabra para quienes nos sentimos cómodos con nuestra respuesta a Dios.

El otro hijo dijo que sí. Su respuesta fue respetuosa y parecía expresar buena disposición. Sin embargo, no fue a la viña. El trabajo quedó pendiente.

Podemos preguntarnos cuánto de nuestra fe permanece en las buenas intenciones.

Queremos ser más pacientes, más generosos, más atentos; lo expresamos en la oración y lo deseamos sinceramente. Después llega la vida cotidiana, con sus molestias y exigencias, y descubrimos cuánto necesitamos dejarnos transformar.

Llevar muchos años en la Iglesia no nos quita la necesidad de conversión. Cada etapa de la vida trae nuevas formas de responder al Señor.

También quienes predicamos, coordinamos un grupo o ejercemos un ministerio necesitamos escuchar esta llamada. Podemos estar muy ocupados en asuntos religiosos y descuidar a una persona que necesita nuestro afecto, nuestra escucha o una disculpa.

Jesús recuerda a sus interlocutores que los publicanos y las prostitutas creyeron en la predicación de Juan. Aquellos a quienes muchos miraban desde sus pecados se abrieron a Dios. Su conversión cuestionaba la seguridad de quienes se consideraban justos y no reconocían la necesidad de cambiar.

Esta palabra nos invita a revisar también nuestra mirada sobre los demás. A veces seguimos definiendo a una persona por lo peor de su historia. Nos cuesta aceptar que haya cambiado. La misericordia que pedimos para nosotros debe ayudarnos a reconocer que Dios también puede renovar la vida de otros.

Todos necesitamos un corazón que se deje enseñar. Por eso el salmo nos pone en actitud de oración: pedimos al Señor que nos muestre sus caminos. Reconocemos que necesitamos orientación, paciencia y misericordia para aprender a caminar con él.

En la segunda lectura, san Pablo nos invita a tener los sentimientos de Cristo. En Jesús encontramos una respuesta al Padre que abarca toda su vida. Su humildad, su cercanía y su entrega nos enseñan a amar. Unidos a él, aprendemos a salir de nuestros propios intereses y a mirar las necesidades de quienes tenemos cerca.

Responder a Dios puede tomar una forma muy sencilla: escuchar sin preparar inmediatamente una defensa, cumplir lo que prometimos, reconocer el trabajo de otra persona o acompañar a quien atraviesa un momento difícil. Son decisiones pequeñas en las que nuestra fe va tomando cuerpo.

Hoy podemos detenernos ante el Señor y preguntarnos: ¿qué puedo hacer para responder a lo que Dios me pide?

Dejemos que esa pregunta tenga una respuesta concreta. Pensemos en una persona, en una responsabilidad o en una actitud que necesitamos trabajar. Pidamos la gracia de comenzar.

El padre de la parábola se acerca a sus hijos y los llama a la viña. Hoy esa invitación llega hasta nosotros. Con nuestras contradicciones y nuestras posibilidades, seguimos siendo llamados a participar en su obra.

Señor, tú conoces las veces que hemos prometido y no hemos cumplido. También conoces nuestras resistencias y nuestros deseos de cambiar. Danos humildad para reconocer lo que debemos corregir y fortaleza para dar el paso.

Que nuestro “sí” se haga vida.

Dios te bendiga.

Diacono Edwin José

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23 de agosto - XXI Domingo del Tiempo Ordinario — Ciclo A - Reflexión por Diac. Edwin José

¿Quién dicen que soy yo?

Jesús llega con sus discípulos a la región de Cesarea de Filipo y les hace una pregunta:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»

Los discípulos comienzan a repetir lo que han escuchado. Algunos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; otros, Jeremías o alguno de los profetas. Nadie parece hablar mal de Jesús. Todos lo relacionan con grandes figuras de la historia de Israel. Sin embargo, ninguna de aquellas respuestas alcanza a expresar plenamente quién es Él.

Algo muy parecido si hiciéramos esa pregunta a la salida de un “mall”. Hoy la gente también tiene muchas respuestas sobre Jesús. Para algunos es un gran maestro. Para otros, un profeta, un hombre bueno o un personaje importante de la historia. Para otros es alguien lejano, relacionado con una religión que apenas conocen o con una Iglesia que quizá no siempre les ha mostrado con claridad su verdadero rostro.

Entonces Jesús dirige la pregunta directamente a sus discípulos:
«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?»

Ya no pregunta lo que otros piensan. Ya no permite que sus discípulos se escondan detrás de las opiniones de la gente. Ahora espera una respuesta personal.

Pedro toma la palabra:
«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».
Pedro no ofrece simplemente una respuesta aprendida. Hace una confesión de fe. Reconoce que Jesús no es uno más entre los profetas. Es el Mesías esperado, el Hijo de Dios vivo.

Esa misma pregunta nos llega hoy a nosotros:
¿Quién es Jesús para mí?

No basta repetir lo que aprendimos desde pequeños en la catequesis. No basta conocer lo que nos enseña la Iglesia. No basta decir que somos cristianos o que siempre hemos creído en Dios.

Podemos saber muchas cosas acerca de Jesús y, sin embargo, no haber permitido todavía que Él ocupe el centro de nuestra vida… [Que difícil se nos hace].

Decir que Jesús es el Mesías significa reconocerlo como Señor. Significa permitir que su palabra ilumine nuestras decisiones, nuestras relaciones, nuestras prioridades y nuestra manera de vivir… Peeeero..

Hay personas que dicen creer en Jesús, pero viven como si Él no tuviera nada que decirles. Acuden a Él cuando aparece una dificultad, pero lo dejan fuera de sus planes cuando todo parece marchar bien. Lo reconocen con los labios, pero no siempre con sus acciones.

Por eso, la respuesta a la pregunta de Jesús no se da solamente con palabras. Se tiene que dar con la vida.

Después de que Pedro reconoce quién es Jesús, ocurre algo muy hermoso. Jesús le dice:
«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».

Pedro le dice a Jesús quién es Él, y Jesús le revela a Pedro quién está llamado a ser.

Cuando descubrimos verdaderamente quién es Cristo, comenzamos también a descubrir quiénes somos nosotros. Nuestra identidad más profunda no depende solamente de lo que otros piensen de nosotros, de nuestros logros, de nuestros errores o de nuestras heridas. Se descubre en la mirada de Dios y en la misión que Él nos confía.

Pedro recibe un nombre nuevo, una responsabilidad y unas llaves.

Las llaves representan autoridad, pero también servicio. Pedro no recibe una misión para engrandecerse, sino para ayudar a otros, sostener a la comunidad y abrir caminos hacia el Reino de Dios.

También nosotros hemos recibido “unas llaves”.
Dios nos ha confiado una familia, una comunidad, una profesión, un ministerio, unas capacidades y personas concretas a las que podemos servir.

Y en esa línea, podemos hacernos otra pregunta : ¿Qué estamos haciendo con las llaves que Dios ha puesto en nuestras manos?

Pero, en esa misma línea te invito a mirar otro asunto, del Evangelio, que considero importante.

Jesús pregunta primero: «¿Quién dice la gente que soy yo?»

Hoy podemos cambiarla un poco… , ¿Qué dice la gente de Jesús después de encontrarse conmigo? ¿Qué imagen de Cristo transmitimos con nuestra manera de vivir?

Después de conversar con nosotros, ¿las personas sienten que Jesús está más cerca o más lejos? Después de ver cómo tratamos al que piensa distinto, al que se equivoca, al pobre, al que sufre o al que nos ha herido, ¿pueden descubrir algo de la misericordia de Dios?

Después de entrar en nuestras comunidades, ¿encuentran acogida, esperanza y amor, o encuentran juicio, indiferencia y rechazo?

Muchas personas quizá nunca leerán directamente el Evangelio, pero leerán nuestra forma de vivir. A través de nosotros formarán una idea de quién es Jesús.

Por eso, no basta hablar de Cristo. Estamos llamados a hacerlo visible.

Podemos mencionar muchas veces el nombre de Jesús y, sin embargo, ocultarlo detrás de nuestra dureza, nuestras divisiones, nuestra falta de compasión o nuestra incoherencia.

El verdadero discípulo no es solamente el que conoce la respuesta correcta. Es el que permite que Cristo transforme su vida de tal manera que otros puedan reconocerlo.

Los grandes misioneros cambiaron la respuesta de pueblos enteros. Llegaron a lugares donde Cristo no era conocido y, por medio de su entrega, su servicio y su testimonio, ayudaron a otros a descubrir al Hijo de Dios vivo.

Nosotros quizá no viajaremos a tierras lejanas. Sin embargo, cada día entramos en lugares donde alguien necesita encontrar a Jesús: nuestra casa, nuestro trabajo, nuestra comunidad, nuestras redes sociales y nuestras relaciones.

Allí también somos enviados.

La pregunta de este domingo, por tanto, no es solamente: ¿Quién es Jesús para mí?

También es: ¿Quién puede llegar a ser Jesús para otros a través de mi testimonio?

Lo que creemos acerca de Jesús transforma quiénes somos. Y la manera en que vivimos puede transformar lo que otros creen acerca de Él.

Que nuestra vida pueda decir, incluso antes que nuestros labios: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Y que quienes se encuentren con nosotros puedan descubrir, aunque sea un poco más, el rostro cercano, misericordioso y vivo de Jesús.

Dios te bendiga.

Edwin José

21/08/2026

Jóvenes…..

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