30/12/2025
Religión y política: el falso dilema que paraliza a los cristianos
Por Juan José Uchuya Maúrtua.
“Solo los tontos creen que religión y política no se discuten. Por eso los ladrones siguen en el poder y los falsos profetas siguen predicando”.
La frase atribuida al predicador inglés Charles Spurgeon —uno de los teólogos protestantes más influyentes del siglo XIX— resuena hoy con una fuerza especial en nuestro país. No como un insulto, sino como un despertar: una advertencia contra la indiferencia, un llamado a pensar, a dialogar y a involucrarse.
Durante décadas, un sector del cristianismo evangélico ha repetido que la política es “sucia” y por ende los creyentes deben mantenerse al margen de ella. Esta idea, convertida casi en dogma, ha sido el motor de una peligrosa renuncia colectiva en el quehacer de las políticas públicas del País. Mientras las iglesias se recluyen, muchos aventureros llenan los espacios vacíos: quienes ven el poder no como un servicio, sino como un botín. No sorprende, entonces, que la corrupción se vuelva paisaje y que la desconfianza sea el idioma nacional, lo cual podemos comprobar con más de 36 postulantes a la casa de Pizarro.
Pero la pregunta es inevitable, ¿Sí somos sal y luz en este mundo?:
¿ Cómo la sal puede salar si nunca tocamos la tierra?
¿De qué sirve ser luz si insistimos en encerrarnos donde ya hay luz, y no la llevamos donde reina la oscuridad y el caos?
La política —del griego polis, ciudad— no es el problema ni es sinónimo de corrupción. Es, en esencia, el arte de organizar la convivencia y distribuir el poder a fin de alcanzar el bien común. Lo corrupto no es el sistema, sino el corazón humano cuando se corrompe en el pecado y pierde ética y propósito. Por eso, si los cristianos creemos en la transformación del corazón, por medio de Cristo ¿cómo no creer en la transformación de la política, bajo una cosmovisión cristiana?
La Biblia no ordena huir del mundo. Ordena servir, influir, construir.
Figuras como José en Egipto, Daniel en Babilonia, Ester en Persia o Nehemías reconstruyendo Jerusalén demuestran que la fe y la responsabilidad pública no solo pueden convivir: pueden potenciarse en base a principios y valores cristianos.
Un veto pastoral que debe discutirse
Muchos jóvenes cristianos cuentan que, cuando sienten el llamado al servicio público, reciben un veto inmediato: “La política es del diablo”, “eso te contaminará”, “no te metas en esa cochinada”. Se llega a extremos de prohibir la participación de familiares de pastores, en procesos electorales. Sin embargo, no existe en toda la Escritura una sola línea que prohíba la participación política. Sí hay advertencias contra la ambición, el orgullo o el abuso del poder. Pero esos peligros no desaparecen quedándose en casa: se vencen con formación, carácter y acompañamiento espiritual.
Cuando las iglesias prohíben a sus fieles involucrarse en política, renuncian al derecho de trabajar por el desarrollo del país y mejorar la vida de los más pobres, además de ser vigilantes e impedir que desde el Gobierno se apliquen políticas públicas que ponen en riesgo la indemnidad sexual de los niños, como se ha implementado a través del currículo educativo la ideología de género.
No se puede exigir justicia desde la distancia, se hace codo a codo junto a los padres de familia. No se puede reclamar principios y valores cristianos en los ciudadanos y sus autoridades, sin estar dispuesto a practicarlos donde más duele.
El Perú enfrenta un deterioro moral en la esfera pública. Por eso este es una invitación a los jóvenes creyentes, para que no esperen a “tener más edad”. La historia se escribe en el presente.
Participar en política no significa ser candidatos de inmediato. Significa prepararse, formarse, organizarse, fiscalizar, debatir, votar con conciencia, exigir transparencia, construir ciudadanía. Significa recuperar la política como vocación de servicio, no la búsqueda del poder como un vil negociado culpable.
Los cristianos que participan en política no lo hacen para imponer sus creencias. Sólo buscan que la integridad, la compasión, la verdad, el respeto, el amor al prójimo y la responsabilidad —valores profundamente cristianos— sean visibles en la administración y la plaza pública.
Sin condenar al que piensa distinto. Sin convertir el Congreso en un templo.
enarbolemos los principios y valores cristianos como brújula, que nos conduzca a construir una Patria como desea el Dios de Jacob.
Porque si la fe no impulsa a mejorar el País, sólo nos queda una espiritualidad que mira al cielo mientras el suelo se derrumba.
El Perú no necesita cristianos perfectos. Necesita cristianos comprometidos, que entiendan que la política no es cochina por naturaleza; se ensucia cuando los buenos se alejan. Que entiendan que la fe no es un refugio para esconderse del mundo, sino la fuerza para entrar en él sin perderse. La frase atribuida a Spurgeon no es una provocación: es un espejo. Y ante ese espejo, la pregunta es clara: ¿Seguiremos callando o empezamos a construir un futuro diferente?