26/02/2025
Tienen que leerlo 😊
Hoy es uno de esos días, en los que sé sobre qué quiero escribir, pero no sé por donde empezar. Esto no me pasa a menudo, ya que casi siempre sé con exactitud donde está la punta del hilo. Pero comencemos…
Si mi vida fuese una página web, diría que en ella hay una lista de preguntas frecuentes (de la gente) y, que definitivamente, la que está en el top 1, es acerca de mi peso.
Hace algunos años la pregunta era: “¿Por qué no haces dieta?” (que las hacía, pero la pregunta misma era más bien una excusa para criticar).
Al día de hoy, la pregunta ha variado un poco: “¿Por qué no te haces la cirugía bariátrica?”.
Como muchos saben, mi cara se hizo medianamente conocida a raíz de algunas participaciones en programas de televisión, en los que fui a mostrar que Diosito también me había bendecido con un don, al igual que a todos.
Está de más, mencionar la sarta de comentarios nefastos que llegué a leer en distintas plataformas, cuando apenas daba mis pininos al presentarme en las primeras audiciones; y desde entonces, muchos me juzgaban como si me hubiese colado entre los modelos de una pasarela.
Con el tiempo, se podría decir que mis detractores aflojaron un poco y me escuchaban más. Pienso que la aparición de cantantes como Adele, cambió en algo, la forma en la que se juzgaba a algunos artistas por su físico.
Lo curioso es que la crítica de tipo “ofensiva”, viene a menudo de gente que no gusta de mi trabajo musical, pero que aún así, se toma la molestia de buscarme en redes y escribirme un mensaje directo u “opinar” acerca de mi cuerpo, en cualquiera de mis publicaciones; esto ya no pasa mucho, pero aún pasa.
Sin embargo, a raíz de haber ganado el último programa en el que participé, con ello también comenzó una larga etapa de OFERTAS.
He perdido la cuenta de las veces que recibí mensajes de asistentes, secretarias y encargados del área de marketing de “médicos bariátricos” del medio.
Mensajes como: “El doctor fulanito de tal, ha visto tus fotos y dice que eres candidata para operarte”; “Hola, hemos pedido tu número al canal, queremos operarte”.
Yo que de vez en cuando había visto el programa del “Dr. Now”, preguntándome si con mis ciento y pico kilos calificaba para la cirugía; cuando veía a personas que trabajaban duro para tener el peso que yo tengo. Eso de alguna manera me reconfortaba porque sentía que no estaba muy lejos de volver a tener el peso correcto.
Porque sí, lo tuve. No salí del vientre de mi madre directo a la tele, donde me conocieron. Yo también tengo una vida, antes y después de los concursos; solo que a veces la gente cree saber más sobre la historia de uno, que uno mismo.
Esto, por cierto, me recuerda a una chica que dijo, que yo en realidad había nacido HOMBRE, pero que mis padres me habían metido un montón de hormonas desde mi infancia para que me convirtiera en MUJER.
Hasta ahora me río de eso. ¿No se habían enterado de ese chisme? Bueno, esa es una historia que salió de la boca de una ex compañera del colegio, que además de todo me sigue en redes; y lo sé, porque comenta mis publicaciones muy de vez en cuando y al parecer ahora es seguidora de mi trabajo.
Ya les digo, que hay gente a la que no le caemos bien, pero ahí anda, pendiente de las últimas noticias.
De todos modos, por si acaso les dejo por aquí el significado de la palabra CHISME.
“Noticia verdadera o falsa, o comentario con que generalmente se pretende indisponer a unas personas con otras o se murmura de alguna”.
En este caso, la noticia era falsa, aun así, hubo gente que se la creyó. Bueno…
La primera vez que decidí aceptar la cita con un doctor conocido en el medio. Llevaba esperándolo 40 minutos y cuando él llegó a su consultorio, pasó de frente a colgar su casaca, se sentó frente a su escritorio y solo dijo: “Te veo y así nomás puedo deducir que tú no necesitas la manga, necesitas el bypass gástrico y eso cuesta más. Pero podemos manejar el canje, tú decides cuándo quieres operarte”.
(Esto me sonaba a una frase sarcástica sobre la gente que quiere ir muy rápido después de la primera cita: “Y, ¿si primero me invitas un café?”).
¿Cuál iba a ser el trato?
Un concierto privado con banda y todo + 6 mil soles + full publicidad en redes.
Acepté, pero conforme fueron pasando los días, desistí.
Aún no había decidido donde poner mi trofeo del concurso y el médico estaba a nada de tomarse una foto posando con mi estómago para sus redes.
De pronto caí en cuenta de que durante aquella cita, ni siquiera me había sentido como un ser humano, sino como un pedazo de carne.
En todas mis consultas con médicos de distintas especialidades, nunca tuve una cita tan fría como esa.
Tiempo después, tras mucha insistencia por parte de alguien que ya me había repetido muchísimas veces que mi única opción era dicha cirugía, accedí a seguirle la corriente y ver a otro doctor, aunque yo tenía claro que no quería operarme.
Básicamente, en la reunión me mostraron una pantalla en la que se veía todo tipo de figuras con distintos niveles de obesidad; desde la más “leve” hasta la más “grave”.
Con su dedito, el doctor fue señalando una a una las figuras, y cuando llegó a la última, me dijo: “Tú estás aquí, por lo tanto, no necesitas la manga, necesitas el bypass”.
Entre tanto, se comentó que, si en caso mi cara apareciese en televisión nuevamente, el doctor iba a vender esa cirugía como pan caliente. Que además esa iba a ser la primera cirugía de bypass gástrico que él haría y que por lo tanto, era la que más le interesaba vender, puesto que era la más cara dentro de su lista de servicios.
Una vez más recordé los casos de “Kilos mortales” y pensé: “¿Será que yo estoy así?”.
En una oportunidad, fui a ver a un médico para descartar la posibilidad de tener quistes en los ovarios.
Después de las pruebas, análisis de todo tipo, ecografías, etc.
El resultado fue: “No tienes nada grave”.
Durante más de 15 años, aproximadamente cada 6 meses, ya había escuchado exactamente la misma frase: “Usted no tiene nada”.
Y mi respuesta siempre fue: “Pero Doctor! Algo debo tener”.
A menudo me han acompañado a la lectura de los resultados, mi hermana, pareja o alguna amiga. Y hasta ellas han hecho la misma pregunta que yo.
En aquella ocasión específica, fui sola. Pues además de haberme hecho todas esas pruebas, le pedí al Doctor que añadiera en la lista, los análisis necesarios para saber si podría tener hijos.
Una de las razones por las que decidí ser valiente al dedicarme a la música, como cantante, autora y compositora (en una sociedad que nos dice repetidas veces que el artista muere de hambre) fue la idea de poder algún día enseñarle a un hijo mío, el amor que yo siento por lo que hago y mostrarle con ejemplos que cuando algo te apasiona, te lanzas con todo a pesar del miedo.
La idea de escuchar a un par de piecitos corriendo por el escenario mientras hago una prueba de sonido; una vocecita que podría preguntarme el “por qué” de cada cosa, hasta el punto en que quizás me quede sin respuestas; y entre tantas otras razones, por último, que algún día, alguien pudiera disfrutar de mis regalías, de los frutos del trabajo que hoy realizo.
Y, me dicen que no.
Que las probabilidades son tan bajas que, aunque me sometiera a un tratamiento, no habría ninguna garantía de que funcione.
No pude evitar que los ojos se me nublaran frente al médico. Él me dijo: “no tienes idea de las veces que he estado en esta situación dando este tipo de noticias”.
Y ese día al llegar a casa, me eché a llorar toda la p**a tarde.
Ya podía llenar un concierto, ya podía vivir de la música, pero sentía como si a cambio la vida me quitara algo.
Recuerdo haberme sentido tan vulnerable ese día, mientras al mismo tiempo se preparaba el lanzamiento de “TANTA VIDA” y yo decía:
“¡Maldita sea! Tanta vida, tanto trabajo, tantas idas y venidas; tantas veces me caí y me levanté; tantas ganas de hacer bien las cosas; tanta resiliencia para sanar mis heridas y no transmitirle mis miedos y traumas a nadie; para que ahora me digan que no voy a poder tener la oportunidad que a otros les sobra. ¿Qué vida de mi**da es ésta?”.
Recordé las veces que sentía náuseas por los nervios previos a salir al escenario en ese último concurso; y después pensaba: Voy a ser valiente porque algún día, un hijo o hija mía va a ver mis videos y con el ejemplo se enseña.
En este punto, es inevitable que una lagrimilla se asome mientras escribo.
Nunca quise hablar de esto antes, porque en algún punto pensaba que a la gente a la que le caigo mal, celebra o se burla de este tipo de cosas.
Pero al final no me importa; a diferencia de ellos, yo no ando pendiente de la vida ajena.
Volviendo al punto central de la nota; a raíz de esta noticia, el Doctor me dijo además, de la forma más amable y empática posible, que aunque mis análisis siempre tenían resultados que estaban dentro del marco de lo “normal”, había claros signos tanto en números como evidentemente físicos, de que tenía resistencia a la insulina. Por lo que me indicó que podría optar por una de éstas 3 alternativas.
Metformina / Cirugía bariátrica / Gimnasio y un nuevo plan alimenticio.
Ya conocí a varios nutricionistas; ya me sé las dietas de memoria.
Ya los dejé también, con sus pastillitas milagrosas “mata riñones” que me provocaban ganas de orinar cada 5 minutos; y sus ecuaciones nutricionales que a veces incluían un pan con mermelada cada dos horas, por lo cual me desmayé un par de veces mientras iba por la calle.
Como consecuencia de la cita con aquel Doctor, empecé a entrenar en el gimnasio.
Y a decir verdad me costó adaptarme a la idea de que cuando estás trabajando el músculo y éste pesa más que la grasa acumulada, no ves los números cambiando en la balanza de un momento a otro, pero sí que sientes la diferencia en la ropa.
Un día cualquiera, un entrenador me dio a entender que lo del gimnasio no es para todos y que hay cosas que solo se deben mirar desde lejos.
Y es verdad, la disciplina no está en todas las personas, pero la empatía tampoco.
Me sentí tan derrotada y me invadió la sensación de que todo lo que había hecho hasta ese momento no había significado ningún cambio importante. Me acomplejé y dejé todo.
Debió haberme dolido mucho, como para desanimarme y desistir, sobre todo, porque no solo se trataba de alguien que me entrenaba, sino que ya formaba parte de mi círculo de amigos.
Una de las cosas más difíciles para mí, ha sido ver cómo me he estancado por meses en un mismo número, aún haciendo todo al pie de la letra.
Aún así, después de haber llegado a pesar 150 kilos, perdí los 20 primeros y así, con 130 fue como participé en “LA VOZ”; y después de ello, sumando la actividad en el gimnasio, logré llegar a 116, pero mi camino todavía continúa.
Al parecer mi maestro más difícil a lo largo de estos años, ha sido mi propio cuerpo.
Al que he tratado con severidad tantas veces, inflamada de tanto tragarme frases ajenas que terminé adoptando y manteniendo, durmiendo en el sofá de mi mente durante tantos años.
Y sí, al final, te das cuenta de que los célebres autores de las frases más negativas que decidiste comprar; pueden incluso estar ya en el más allá, pero tú sigues aquí, regando la semilla de la mala hierba que ha terminado por invadir tu cabeza.
Así que, me hago responsable de lo que decidí creer, desde que subí los primeros 5 kilos en la secundaria. En aquella época alguien me dijo que mi destino era ser como la amiga gorda de la familia, que acabó muriendo joven.
Pero entendí que depende de uno si hace realidad las predicciones de los otros con respecto a nuestras vidas.
Y ahora me toca no solo retomar un entrenamiento físico, sino que también debo entrenar a mi mente, que gracias a Dios, al tiempo y al efecto de algunos audiolibros, está más fuerte.
Hace más o menos un año me tomé una foto con las zapatillas que solía usar en el gimnasio y recuerdo haber escrito en una publicación, que “no iba a ponerme metas imposibles y que en un plazo de 12 meses iba a transformar mi estado físico”.
Y claro, esa fue una forma de decir “síganme los buenos”, pero lejos de ser el Chapulín colorado, quedé como payasita, porque lo que parecía ser un post de automotivación, terminó siendo un “después lo hago”; y, heme aquí.
Pero, ésta vez contando la historia completa, sin rabia, sin rencor, sin reproches y sin la necesidad de fingir o hacer promesas.
Cuántos “Lunes” coleccionados debo tener; cuantas veces habré dicho que iba a comenzar otra vez con la rutina y me dio pereza, me dejé vencer por el miedo o simplemente comenzaba a trabajar y postergaba lo que decía que iba a hacer.
Y sí, qué flojera da recomenzar.
Nadie la vive cagando tanto con uno, como uno mismo.
Admiro mi constancia y mi disciplina para otras cosas, pero parece que hay algo que siempre cuesta un poco más.
No estoy aquí para intentar ser el ejemplo de nadie.
¡Ah! Tampoco soy la representante de las gorditas. Ya me tiene medio harta esa frasecita que escuché de alguien del medio artístico, sugiriendo que yo debería ser la cantante representante de las gorditas.
De forma imaginaria y a modo de terapia, ya he sentado a todos esos personajes en el sillón de mi sala, y los mandé a c***r.
Y cuando las pastelerías me ofrecen enviarme dulces, galletas, tortas, a cambio de un cherry… Amigos, en verdad les digo: no todos los gordos somos dulceros.
Dejen de asumir que todos somos como BRUCE de la película “Matilda”.
Yo, al igual que muchos, adoro y sucumbo ante los placeres de nuestra gastronomía peruana, pero sin importar que todos los platos estén igualmente servidos sobre la mesa, el arroz me ama más que a mis acompañantes.
A veces basta una comidita con los amigos o una salida de fin de semana, para que yo termine con 3 o 4 kilos más, mientras con ellos todo bien.
Eso incluso me ha perjudicado y ha hecho que con el tiempo evite algunas invitaciones y me he privado de disfrutar un poco más la vida.
De todos los carbohidratos el arroz sería el único que yo almacenaría para el fin del mundo, pero resulta que es el que más daño me hace.
Es algo así como la relación tóxica que tenían con un/una ex, para que me entiendan.
Hoy me dispuse a escribir una nota corta, pero como siempre, se me fue la mano, literalmente.
Hay días en los que mis pensamientos se alinean con las frases intrusas que aún habitan en mi cabeza.
Ya he desalojado a varias de ellas, pero todavía debe haber muchas que se esconden en los rincones.
Aunque definitivamente mi azotea hoy por hoy, está más limpia y despejada.
Lo último que hice, fue ir a ver a un par de doctores, que se suponía que iban a atenderme por aquello de los nuevos tratamientos de los que últimamente se habla mucho, ya saben, Ozem--- y Saxen--…
Pero, una vez más, apareció la pregunta frecuente: “¿Por qué usted no se ha realizado la cirugía bariátrica?”.
Expliqué mis razones, pero sin importar lo que pueda decir, parece que no basta.
Y esto para mí ya roza el hostigamiento.
Durante toda la reunión, cada vez que pregunté por el otro tratamiento, el discurso se desvió hacia la cirugía.
Y ojo, no juzgo a quien se la hizo.
Solo me pregunto si estamos viviendo en una sociedad en la que los médicos ya no sugieren más que eso. Si se ha convertido en un negocio ofrecer estos procedimientos a diestra y siniestra, sin considerar otras opciones.
Por eso me cuestioné en algún punto; y en lo más profundo de mi ser, quería saber si realmente estaba tomando una decisión por la presión, porque me estaban diciendo que no había otra forma, porque supuestamente estaba en el nivel más grave y qué sé yo…
Al final, con la última cita, el doctor terminó diciéndome que él prefería ofrecerme aquello que él conocía más y que definitivamente, las cirugías eran su especialidad.
El número de veces que escribí la palabra “cirugía” en este post, no es siquiera comparable con el número de veces que yo he tenido que escuchar y leer esa palabra a lo largo de estos últimos 4 años.
Es tan poca la delicadeza y la empatía con la que se ofrece esto y se habla del tema.
Y quizá la experiencia de muchos ha sido o es muy distinta a la mía, pero aquí yo solo estoy hablando de la mía.
Si mañana o más tarde, cambio de opinión y me opero, también seré capaz de contarlo.
Pero por ahora prefiero lidiar con esta batalla que implica ponerme las zapatillas otra vez, para volver al gimnasio y ejercitarme nuevamente.
Ya que no me fue mal durante los 8 meses que estuve entrenando, porque llegué a perder un poco más de 10 kilos.
Solo que el proceso era lento y me desesperé; a eso súmenle el hecho de que tenía la mente invadida de frases poco amables para conmigo misma, acumuladas durante muchos años, más la presión y la necesidad de acelerarlo todo.
Seguro habrá días en los que quiera tirar la toalla, literalmente.
Porque tampoco habrá quien me eche porritas todos los días; esa debo ser yo frente al espejo.
A veces, me encuentro con gente que me saluda y me lanza un fulminante “Pero yo te veo igualita” y es difícil no caer en la tentación de mandar todo a la mi**da.
A veces también pasa que en el gimnasio me encuentro con gente que agarra el celular, me graba, se ríe, etc.
Y yo también me siento incómoda, obviamente, soy un ser humano.
Todo eso jode, son muchas cosas con las cuales siento que debo lidiar, pero en ese momento trato de pensar en lo que me hace feliz.
Me pongo los audífonos y la música me envuelve; música que siempre puedo sentir desde mi centro, desde mi estómago, ese mismo que siente cosquilleos cuando me enamoro o cuando canto; ese que se me estruja antes de salir al escenario porque se emociona.
Y al que no quiero que nadie ponga a posar, cual trofeo, recién cortado, en una foto y mucho menos por un canje.
Por ahora, quiero alistar mi buzo y mis zapatillas, para retomar lo que ya había comenzado. Confieso que me cuesta, como cualquier cosa que se retoma después de mucho tiempo.
Y ya no quiero hablar más, porque por ahí, leí:
“Eres lo que haces, no lo que dices que harás”.