18/04/2026
Entrar a redes sociales hoy en el Perú duele. Asusta ver cómo, rumbo a la segunda vuelta de estas elecciones de 2026, el odio, el racismo y el clasismo se destilan con tanta naturalidad. Pero lo más triste no es solo el insulto, sino lo que hay detrás: esa idea de que hay peruanos que son “nadie”.
Si hoy se cuestiona el voto del sur, diciendo que “no pensamos” o que “no nos llega el aire al cerebro”, no es por falta de información. Es porque hay quienes todavía desearían vivir en 1896, cuando por ley solo unos pocos podían decidir el destino de todos. Hoy, ese desprecio se disfraza de defensa de la “democracia” o de acusaciones de fraude que solo buscan invalidar la voluntad del sur peruano. No es una broma ni contenido para generar “likes” de creadores y streamers que normalizan el odio ante miles de jóvenes; es una forma de violencia simbólica que busca silenciar voces, especialmente aquellas que defienden la vida, el agua y el territorio.
Hoy vemos dos rostros del racismo: el del privilegio de siempre y el de quien necesita pisotear sus propias raíces para sentirse diferente. Ambos coinciden en algo: ven el voto de los sectores históricamente excluidos no como un derecho, sino como una amenaza a su comodidad.
Nuestra historia es cruda. Esa deshumanización que hoy aparece en comentarios de Twitter, Instagram, TikTok o Facebook no es nueva. Es la misma lógica que, durante el conflicto armado interno, permitió la desaparición de poblaciones enteras en medio del silencio de gran parte del país. Porque cuando se instala la idea de que el “otro” no es un ciudadano igual, cualquier abuso o forma de violencia parece justificable.
Votar en el Perú no debería ser una batalla por definir quién tiene derecho a pertenecer. Debería ser el reconocimiento de que todas las formas de habitar este territorio, costa, sierra y selva, tienen el mismo valor. Aunque el gobierno haya declarado este 2026 como el “Año de la Esperanza y el Fortalecimiento de la Democracia”, sabemos que la verdadera democracia no se decreta en un papel: se construye reconociendo que todos los peruanos tienen el mismo derecho a decidir, sin importar de dónde vienen, cómo hablan, el color de su piel o sus costumbres, y respetando la autonomía de las instituciones.
Es momento de decidir si vamos a seguir siendo inquilinos en nuestro propio país, o si finalmente tomamos las llaves para ser, de una vez, dueños de nuestra propia casa. El Perú no es la hacienda de unos pocos; es el hogar de culturas milenarias donde todos tenemos el mismo derecho a decidir el futuro del país.