24/08/2025
𝗖𝗔𝗡𝗧𝗢 𝗗𝗘𝗟 𝗤𝗔𝗡𝗧𝗨 𝗬 𝗗𝗘𝗟 𝗔𝗠𝗔𝗥𝗨́
Escuchen, escuchen, hombres de la tierra, escuchen, escuchen, hijos de los Andes.
Así lo dijeron los antiguos, así lo cantaron los abuelos,
así lo repetirán los hijos de los hijos.
Hubo un tiempo oscuro, un tiempo sin agua,
un tiempo en que la sed cayó sobre el mundo.
Los líquenes se hicieron polvo, el musgo se volvió ceniza,
los árboles se doblaron como ancianos vencidos.
El cielo estaba desnudo, sin nubes, el sol caía como un látigo de fuego, rajaba la piedra,
abría heridas en la tierra, levantaba polvos como fantasmas.
Los animales vagaban flacos, temblorosos, los hombres alzaban los brazos al cielo vacío.
Nadie respondía. La tierra callaba. La vida moría.
Solo el qantu resistía.
Flor sagrada, flor andina, flor que brota donde nada vive.
Pero hasta ella, la última, comenzó a secarse.
Y cuando sintió que su vida se apagaba, depositó toda su fuerza,
toda su memoria, toda su esencia
en un único pimpollo.
En la noche del silencio,
bajo el manto de estrellas indiferentes, el pimpollo cambió de forma.
Cuando amaneció,
cuando el primer rayo tocó la tierra reseca, se desprendió,
pero no cayó al polvo.
Se alzó en el aire convertido en colibrí, pequeño corazón de fuego,
centella viva del qantu.
El colibrí voló,
frágil, diminuto, pero lleno de destino. Pasó sobre la laguna de Wacracocha, pero no bebió.
No probó ni una gota.
La sed era nada comparada con su misión.
Subió, subió, subió.
Cada batir de alas era una plegaria, cada movimiento era un sacrificio.
Y llegó a la morada del dios Huaytapallana.
El dios miraba el amanecer. El viento le trajo un perfume: el qantu, su flor amada,
flor de fiesta, flor de realeza.
Pero no era flor lo que vio, sino un colibrí exhausto que cayó en sus manos.
Con el último aliento pidió misericordia, y murió.
Entonces Huaytapallana lloró.
Dos lágrimas brotaron de sus ojos, lágrimas de cristal de roca, lágrimas pesadas como montañas.
Rodaron por las laderas, hicieron temblar al mundo,
y cayeron en la laguna de Wacracocha.
En el fondo del lago, algo dormía.
Allí reposaba Amarú.
La gran serpiente del origen,
la que abraza al mundo con su cuerpo infinito.
Alas tenía, que podían oscurecer el mundo.
Cola de pez tenía, con escamas de todos los colores.
Cabeza llameante tenía, con ojos de cristal y hocico rojo.
Las lágrimas del dios tocaron su frente.
Y Amarú despertó.
Se alzó rugiendo.
El agua de la laguna hirvió. Los montes se estremecieron.
Extendió sus alas,
y la sombra cubrió la tierra castigada.
Sus ojos brillaron más que el sol.
De su hocico salió niebla.
De su cola brotó granizo.
Y cuando agitó sus alas mojadas, la lluvia descendió sobre el mundo.
Llovió, llovió, llovió. Días y días llovió.
Los ríos despertaron.
Los campos reverdecieron.
Los hombres bebieron. Los animales cantaron.
La vida regresó.
Y cuando la calma volvió,
del reflejo de sus escamas nació el arco iris, señal de paz,
señal de promesa,
puente entre el cielo y la tierra.
Amarú, satisfecho,
volvió a enroscarse en los montes, hundió su cabeza en el lago,
y durmió de nuevo.
Pero la misión estaba cumplida. Un colibrí nacido de una flor había salvado a la humanidad.
Por eso dicen los ancianos,
y así deben repetir los hijos de los hijos:
En las escamas del Amarú está escrita la memoria del mundo.
Ahí viven todas las cosas, ahí habitan todos los seres, ahí laten todos los sueños.
Y nunca debe olvidarse que fue una pequeña flor,
flor humilde, flor del desierto, la que entregó su vida
para salvar a todos los hombres.
Así fue. Así es. Así será.
𝑫𝒂𝒏𝒊𝒆𝒍 𝑳𝒐́𝒑𝒆𝒛 𝑴𝒂𝒛𝒛𝒐𝒕𝒕𝒊
"𝑩𝒖́𝒉𝒐 𝑴𝒂𝒚𝒐𝒓"
𝒘𝒘𝒘.𝒆𝒙𝒑𝒍𝒐𝒓𝒂𝒅𝒐𝒓𝒆𝒔.𝒐𝒓𝒈/𝒑𝒆𝒓𝒖
𝑅𝑒𝑙𝑎𝑡𝑜𝑠 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑒́𝑠𝑡𝑒 ℎ𝑎𝑛 𝑠𝑖𝑑𝑜 𝑟𝑒𝑐𝑜𝑔𝑖𝑑𝑜𝑠 𝑒𝑛 𝑛𝑢𝑒𝑠𝑡𝑟𝑜𝑠 𝑟𝑒𝑐𝑜𝑟𝑟𝑖𝑑𝑜𝑠 𝑝𝑜𝑟 𝑒𝑙 𝑃𝑒𝑟𝑢́ 𝑦 𝑒𝑛 𝑎𝑙𝑔𝑢𝑛𝑜𝑠 𝑐𝑎𝑠𝑜𝑠 ℎ𝑒𝑚𝑜𝑠 "𝑓𝑢𝑠𝑖𝑜𝑛𝑎𝑑𝑜" 𝑣𝑒𝑟𝑠𝑖𝑜𝑛𝑒𝑠 𝑟𝑒𝑙𝑎𝑡𝑎𝑑𝑎𝑠 𝑝𝑜𝑟 𝑑𝑖𝑠𝑡𝑖𝑛𝑡𝑎𝑠 𝑝𝑒𝑟𝑠𝑜𝑛𝑎𝑠 𝑑𝑒𝑙 𝑚𝑖𝑠𝑚𝑜 𝑟𝑒𝑙𝑎𝑡𝑜 𝑦 𝑎𝑑𝑒𝑐𝑢𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑒𝑙 𝑟𝑒𝑙𝑎𝑡𝑜 𝑦 𝑙𝑎 𝑟𝑒𝑑𝑎𝑐𝑐𝑖𝑜́𝑛. 𝐴𝑙𝑔𝑢𝑛𝑜𝑠 𝑠𝑜𝑛 𝑚𝑖𝑡𝑜𝑠, 𝑐𝑢𝑒𝑛𝑡𝑜𝑠, 𝑙𝑒𝑦𝑒𝑛𝑑𝑎𝑠, ℎ𝑖𝑠𝑡𝑜𝑟𝑖𝑎𝑠 𝑐𝑜𝑡𝑖𝑑𝑖𝑎𝑛𝑎𝑠 𝑜 𝑟𝑒𝑙𝑎𝑡𝑜𝑠 𝑝𝑜𝑝𝑢𝑙𝑎𝑟𝑒𝑠. 𝐸𝑠𝑝𝑒𝑟𝑎𝑚𝑜𝑠 𝑙𝑒𝑠 𝑔𝑢𝑠𝑡𝑒𝑛.
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