25/05/2025
¿Qué es realmente el desarrollo sostenible?
Por definición, lo sostenible es aquello que puede mantenerse en el tiempo sin venirse abajo como un castillo de naipes. Si aplicamos esa lógica a nuestro mundo, el panorama se tambalea un poco. Muchas de las formas en que vivimos, producimos y consumimos no pasarían ni la primera criba: no son viables a largo plazo, ni desde el punto de vista ambiental, ni económico, ni social. Vamos, que si seguimos así, acabaremos viviendo en un planeta agotado, con desigualdades cada vez más grandes y recursos cada vez más escasos.
Por eso el desarrollo sostenible no es ninguna moda pasajera ni un invento reciente. Aunque ahora algunos lo asocien exclusivamente con la Agenda 2030 -que, dicho sea de paso, tiene sus fans y sus detractores a partes iguales-, lo cierto es que la idea lleva décadas rondando en organismos internacionales, conferencias y cabezas pensantes. Ya en el siglo pasado se definía como la forma de cubrir nuestras necesidades presentes sin comprometer las posibilidades de las generaciones futuras de cubrir las suyas. Fácil de decir, complicado de hacer.
Este enfoque se apoya en tres patas fundamentales, que conviene no perder de vista si no queremos que nuestros descendientes se acuerden de nosotros y no para bien:
Primero, la pata social: igualdad de oportunidades, acceso justo a servicios como educación o sanidad, y un intento real de reducir las enormes brechas entre zonas ricas y pobres, sobre todo en un mundo que está más conectado que nunca, pero no necesariamente más justo.
Luego está la pata ambiental: proteger la naturaleza no es cosa de hippies ni de documentales de sobremesa. Es sentido común. Si arrasamos con los bosques, contaminamos el agua y extinguimos especies a ritmo de vértigo, no queda mucho que heredar. Ni planeta, ni aire limpio, ni alimentos seguros. Hay que tener claro que tendremos que acomodar el medio en que vivimos sin destrozarlo todo.
Y por último, la pata económica, quizá la más incómoda. Nos hemos acostumbrado a una idea de crecimiento perpetuo, como si pudiéramos inflar el globo de la economía sin que reviente nunca. Pero la Tierra tiene límites: los minerales, el petróleo, el agua dulce… todo eso no es infinito. No se trata de renunciar al progreso, sino de replantear qué entendemos por “progreso”. ¿Tiene sentido seguir midiendo el bienestar solo en base al PIB, como si más dinero significara automáticamente una sociedad mejor?
El PIB puede subir mientras también suben la desigualdad, el estrés, la contaminación y el agotamiento generalizado. Entonces, ¿de qué nos sirve crecer si no mejora la vida de la mayoría? No es cuestión de resignarse a “no tener nada y ser feliz” como dicen algunos, sino de revisar nuestros valores, pensar en cómo vivir bien sin dejar la cuenta a cero para los que vienen detrás.
En esencia, se trata de buscar un equilibrio sensato entre avanzar como sociedad y no cargarnos todo en el proceso. Ni utopía ni tontería, simplemente una forma de asegurar que el futuro tenga, al menos, alguna posibilidad.