12/05/2026
En el corazón de Arlington, Virginia, se extiende un mar de lápidas blancas perfectamente alineadas sobre colinas verde esmeralda. No es un simple cementerio, sino un santuario donde el tiempo parece detenerse. Allí, el silencio solo es interrumpido por el crujir de las suelas de los soldados del Tercer Regimiento de Infantería de EEUU, los Sentinels, que custodian la Tumba del Soldado Desconocido. Este ritual de guardia eterna, la precisión casi sobrehumana del centinela, y la sacralidad de un terreno que acoge a más de 400,000 héroes, conforman la mística profunda del Cementerio Nacional de Arlington. Esta mística, que trasciende generaciones y políticas, es la máxima expresión de la simbología y los paradigmas que deben regir a toda fuerza armada: honor, sacrificio, lealtad y la custodia de la memoria colectiva. En nuestro caso, tenemos a nuestros héroes desperdigados y el único espacio, en el que el Cadete, semilla del patriota cabal, es y debe seguir siendo en Sagrado Patio de Honor de nuestra Escuela Militar. Entender esta dimensión espiritual es, precisamente, la clave para analizar el trastocamiento que sufrieron las Fuerzas Armadas del Perú durante las dos últimas décadas y por qué fue imperativo el "golpe de timón" de la década de 1990. Para reconectar con una población herida y escéptica, es necesario sincerar esa etapa y forjar una doctrina auténtica que preserve la integridad institucional. No marcar distancia con lo que se tuvo que hacer, sino poner el pecho y defender a todos, absolutamente todos los que lucharon en esas guerras desde 1980.
La Simbología como Fundamento Inquebrantable
La fuerza de una institución armada no reside únicamente en sus fusiles, tanques o aviones; reside en los paradigmas que moldean el espíritu de sus integrantes. Los símbolos, las ceremonias y los rituales no son meras coreografías del pasado: son la argamasa que une a una comunidad bajo un mismo código de valores. En este sentido, Arlington es un modelo a seguir, no entiendo aún porque no ha habido ningún proyecto ni siquiera. Arlington no es un lugar de descanso exclusivo para generales o presidentes; junto a John F. Kennedy yacen héroes anónimos, suboficiales y soldados rasos. Esta igualdad esencial ante el sacrificio es un poderoso mensaje de cohesión. La Tumba del Soldado Desconocido, en particular, simboliza a todos aquellos miembros del servicio que jamás regresaron a casa o no pudieron ser identificados; es un recordatorio perpetuo de que el servicio a la patria tiene un costo último, y que ese costo debe ser honrado con una devoción casi sagrada. Cuando un centinela da los 21 pasos precisos frente a la tumba y gira pausadamente, no solo está rindiendo honores a los caídos, está renovando un pacto generacional de lealtad. No había ceremonia más significativa que la Renovación del Juramento a la Bandera en nuestro Patio de Honor. Preservar esta simbología no es un acto nostálgico; es un imperativo para mantener la fortaleza moral y la identidad de quienes portan el uniforme, especialmente en tiempos en que la guerra se vuelve difusa y asimétrica.
Esa fortaleza moral se erosiona peligrosamente cuando el poder político, en lugar de respetar y apuntalar los roles constitucionales, instrumentaliza a las instituciones para sus propios fines. Y peor aún, cuando existen oficiales "progresistas" que justifican esta disolución de la mística aduciendo de que de qué ha valido esa simbología si al final de esas generaciones hay "un montón de Generales presos" repugnante conclusión. El Perú de la década de 1980 e inicios de los 90 es un ejemplo paradigmático de esta dinámica. Frente a la embestida de los grupos terroristas Sendero Luminoso y el MRTA, los sucesivos gobiernos democráticos incurrieron en lo que analistas han denominado una "abdicación de la autoridad democrática". Al declarar zonas de emergencia y delegar la conducción de la lucha contrasubversiva sin una doctrina clara ni apoyo logístico firme, las Fuerzas Armadas fueron lanzadas a un conflicto para el cual el Estado no estaba preparado. Esta situación generó un trastocamiento profundo: los militares se vieron sobreexpuestos, enfrentando no solo al enemigo terrorista, sino también la incomprensión de un sector de la sociedad y el "manoseo" político. La guerra interna —"mal llamada guerra", en el sentido de un conflicto entre estados, pero devastadoramente real en sus efectos— dejó al descubierto una grieta entre las prerrogativas legales de las Fuerzas Armadas y las inmensas responsabilidades políticas que se vieron forzadas a asumir en el terreno. La institución militar quedó atrapada en un limbo: con la misión de derrotar a las huestes terroristas, pero sin el blindaje institucional ni el rumbo estratégico claro que solo un Estado cohesionado puede proporcionar.
El Imperativo del Golpe de Timón - Tema que parece que los Oficiales jóvenes aún no entienden o no les ha llegado la información.
Es en este escenario de caos, hiperinflación y obstrucción política donde se enmarca el "golpe de timón" ejecutado por el presidente Alberto Fujimori el 5 de abril de 1992. Más que un simple quiebre del orden constitucional, fue una respuesta drástica a un sistema que había colapsado en la práctica. En su mensaje a la nación, Fujimori fue contundente al señalar que la institucionalidad vigente no era capaz de enfrentar la crisis: el Congreso se dedicaba a bloquear las medidas necesarias para la pacificación, mientras el Poder Judicial se veía infiltrado por la corrupción. Era un momento en que, como el propio documento de análisis político de la época constata, se requería una solución impostergable para el desfase entre las necesidades operativas de las Fuerzas Armadas y el marco legal que las regía. El autogolpe, respaldado por los institutos armados, permitió disolver temporalmente esos obstáculos y reorganizar el Estado para lo verdaderamente prioritario: derrotar al terrorismo. Hoy, tras décadas de controversia, es necesario sincerar el debate. Si se aspira a que la población comprenda el rol de sus Fuerzas Armadas, no se debe tener miedo de explicar el porqué de aquella traumática decisión. La victoria sobre el terrorismo —capturando a la cúpula de Sendero Luminoso y desarticulando la subversión— no fue obra del azar, sino de una estrategia que requirió un poder de decisión excepcional, libre de las ataduras de una clase política que había demostrado su inoperancia. Décadas después, el peligro de un nuevo manoseo o desprestigio de las FF.AA. sigue latente cuando se intenta reescribir la historia negando el contexto extremo que se vivió.
Doctrina Nacional para el Futuro
Reconocer la necesidad de aquel golpe de timón conlleva una responsabilidad ineludible: construir y consolidar una doctrina militar propia. No se puede permitir que las Fuerzas Armadas naveguen en la ambigüedad estratégica que caracterizó los años más oscuros del terrorismo. Esta doctrina, forjada con lealtad a la Constitución pero también con realismo operativo, debe incorporar las lecciones de la guerra no convencional que el Perú libró y venció. Necesita definir con claridad los roles en la defensa nacional y el orden interno, los protocolos ante amenazas híbridas (como el narcoterrorismo), y sobre todo, salvaguardar el honor y la integridad de sus miembros frente a cualquier intento de instrumentalización política. La mística de Arlington nos recuerda que el último custodio de la patria es el soldado que vela por sus mu***os. En el Perú, la custodia de la paz y la memoria de los Veteranos de la Pacificación exigen un paradigma igualmente sólido. Generar esa doctrina es, en esencia, proteger el alma de la institución militar para que nunca más sea expuesta a un vacío de poder ni a versiones distorsionadas de su propio sacrificio.
Para llegar al corazón de la población peruana, no solo hacen falta desfiles y ceremonias. Se necesita sinceramiento. Hay que explicar, sin complejos, que en la década de los 90 la patria estuvo al borde del abismo y que las decisiones excepcionales que se tomaron, aunque polémicas, fueron la condición indispensable para que hoy respiremos en paz. Al igual que el silencio profundo y reverente de las colinas de Arlington habla más que cualquier discurso, la verdad sobre nuestro pasado reciente es el único cimiento posible para una relación sólida entre la sociedad civil y sus Fuerzas Armadas. No se trata de reivindicar el autoritarismo, sino de reivindicar el deber cumplido en circunstancias extraordinarias. Solo así, construyendo una doctrina clara y honrando sin ambages los símbolos que representan el sacrificio máximo, el Perú podrá blindar la dignidad de sus defensores y garantizar que su victoria no sea jamás tergiversada.
Autor: Manuel Meza Iturrizaga