Encomienda Templaria "San Miguel Arcángel"

Cómo llegar Contactar con la organización

Encomienda Templaria "San Miguel Arcángel" La presente página se encuentra dedicada a los Monjes - Guerreros de la Orden del Temple.

También nos puedes seguir, a través del siguiente canal de WhatsApp:
https://whatsapp.com/channel/0029VairLdS3AzNaVFAvVy40

25/10/2026

En 1964, el escritor, periodista y naturalista estadounidense Hal Borland publicó Sundial of the Seasons, una colección de ensayos que habían aparecido durante años en The New York Times. Borland había hecho de la observación de la naturaleza un oficio y una disciplina: escribía sobre el cambio de las hojas, la llegada de las aves, la primera helada, el deshielo.
De esa atención sostenida al paisaje salió una de sus frases más citadas: «No winter lasts forever; no spring skips its turn».
"Ningún invierno dura para siempre; ninguna primavera se salta su turno".

A primera vista parece una frase amable, casi de calendario.
Pero si se lee con detenimiento, contiene dos afirmaciones distintas y ambas incómodas.
La primera es que el invierno es real: llega, dura, y mientras dura no hay manera de fingir que no está ahí.
La segunda es que el invierno no tiene la última palabra.
Borland no dice que el frío sea llevadero ni que el invierno sea breve; dice que es temporal.
Y esa distinción, pequeña en apariencia, cambia por completo la forma de habitarlo.

La filosofía clásica ya había explorado esa misma intuición.
Los estoicos sostenían que buena parte de lo que nos ocurre no está bajo nuestro control, y que el sufrimiento nace de exigirle a la realidad que sea distinta de como es.
No se trata de resignación ni de indiferencia: se trata de reconocer qué pertenece a nuestra esfera de acción y qué no.
El invierno no se negocia.
La crisis no se negocia.
La escasez, la pérdida, el periodo en el que nada rinde, tampoco.
Lo que sí se puede preparar es la estructura que va a atravesarlo.

Ahí está el punto donde la metáfora de Borland deja de ser poesía y se vuelve operativa.
La resiliencia no consiste en desear que el invierno no llegue, sino en construir algo que pueda resistirlo.
El árbol que sobrevive al frío no es el que se niega a perder las hojas, sino el que las pierde a tiempo y concentra su energía en la raíz.
El que intenta conservar el follaje en pleno enero se rompe.
La naturaleza no negocia con el ciclo: se adapta a él con una precisión que los seres humanos, empeñados en vivir en un verano permanente, suelen envidiar.

Hay un detalle que conviene no pasar por alto.
Borland escribe desde la observación, no desde la consolación.
Su frase no promete que la primavera llegará pronto ni que el invierno será corto.
Afirma que el ciclo se cumple.
Y esa es una diferencia enorme: quien espera que el invierno se acabe rápido vive cada día de frío como una injusticia; quien entiende que el invierno tiene su duración vive cada día de frío como una fase.
La misma temperatura, dos experiencias radicalmente distintas.

La impermanencia tiene mala reputación porque se la confunde con la pérdida.
Pero la misma ley que hace que nada bueno dure para siempre es la que garantiza que nada malo dure para siempre.
Es una sola regla, no dos.
Quien acepta la primera mitad de la ley y se rebela contra la segunda está viviendo a medias, y esa contradicción interna desgasta más que cualquier invierno.

Por eso la frase de Borland funciona mejor como principio de conducta que como consuelo.
En términos prácticos, implica tres desplazamientos.

El primero es dejar de gastar energía en negociar con lo que ya ocurrió y dirigirla a lo que todavía se puede construir.

El segundo es aceptar que los periodos de escasez no son anomalías sino partes del ciclo, y que prepararse para ellos es una decisión estratégica, no una muestra de pesimismo.

El tercero es recordar que ningún estado, bueno o malo, es permanente, y que quien actúa como si lo fuera suele tomar decisiones desproporcionadas en ambos extremos.

Borland escribió sobre la naturaleza durante décadas, y su ventaja era haber visto muchos inviernos.
Sabía que el primero asusta y el décimo enseña.
Sabía que la primavera no llega porque alguien la merezca, sino porque el ciclo se cumple.
Y sabía, sobre todo, que la observación paciente del cambio es una forma de sabiduría: quien mira el paisaje durante años deja de confundir el clima con el destino.

La lección, al final, es sencilla y difícil a la vez.
El invierno llega.
La primavera también.
Ninguna de las dos cosas depende de nuestra voluntad, y ambas dependen de nuestra preparación.

25/10/2026

ES MÁS FÁCIL JUZGAR A LOS DEMÁS QUE ENFRENTARSE A UNO MISMO.

"La cosa más difícil es conocerse a uno mismo; la más fácil es hablar mal de los demás" .

Vivimos rodeados de personas que conocen los defectos ajenos, pero ignoran sus propias contradicciones. Personas capaces de señalar cada error, criticar cada decisión y juzgar cada caída, pero incapaces de sentarse en silencio y preguntarse qué están haciendo mal en sus propias vidas.

¿Por qué sucede esto? Porque mirar hacia afuera es cómodo; mirar hacia adentro exige valentía.

Criticar a los demás alimenta el ego. Reconocer nuestros defectos lo pone a prueba. Es más fácil encontrar culpables que asumir responsabilidades, más sencillo hablar de la vida ajena que trabajar en la propia.

Pero el verdadero crecimiento comienza cuando dejamos de utilizar los errores de los demás como distracción de los nuestros.

Antes de señalar a alguien, examina tus propias acciones. Antes de juzgar su camino, revisa el tuyo. Y antes de creerte superior, pregúntate cuánto te conoces realmente.

La sabiduría no consiste en descubrir las debilidades de los demás, sino en tener el valor de reconocer las propias.

Porque, al final, quien dedica demasiado tiempo a juzgar vidas ajenas, corre el riesgo de descuidar la única que realmente le corresponde transformar: la suya.

— Reflexión filosófica

25/10/2026

San Agustín entendió que el problema del hombre no es que desee demasiado, sino que busca saciar sus deseos en el lugar equivocado.

Jeremías lo había dicho siglos antes:

«Dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua.»
— Jeremías 2:13

Eso es el pecado: abandonar la Fuente para beber de recipientes vacíos. Buscar placer, belleza y verdad en las criaturas, separados del Creador.

El corazón humano siempre tendrá sed. La pregunta es dónde intentará saciarla.

Toda cisterna creada termina vacía. Solo Dios es la Fuente que no se agota.

25/10/2026

Cuenta una vieja historia sudafricana que las aves se reunieron un día para elegir a su rey.
No había trono, ni corona, ni castillo.
Solo una regla sencilla: el que volara más alto sería el rey.
Todas las aves del cielo se inscribieron.
El águila, con sus alas enormes y su pecho orgulloso, no dudó ni un segundo.
El halcón, el buitre, la grulla, el ibis.
Todos querían el título.
Y entre ellas, un pájaro pequeño, casi invisible, que no medía más que un puño.
Se llamaba Ncede.

Ncede no tenía alas para competir con las grandes.
Lo sabía.
Así que no se inscribió.
Pero tampoco se quedó en el suelo.
Mientras las otras aves se preparaban para el gran vuelo, él se acercó al águila y le pidió un favor.
Le dijo que quería ver la carrera desde lo alto, que no quería perderse el espectáculo.
El águila, que no lo consideraba una amenaza, aceptó.
Y Ncede se escondió entre sus plumas, agazapado, sin hacer ruido.

Llegó el día.
Las aves despegaron.
Subieron y subieron, batiendo las alas con fuerza, midiendo su resistencia, su técnica, su aliento.
El águila pronto tomó la delantera.
Sus alas cortaban el aire como cuchillas, y en pocos minutos dejó atrás a todas las demás.
El halcón quedó segundo.
La grulla, tercera.
Y el águila siguió subiendo, más y más, hasta que el aire se volvió fino y el cielo se tiñó de un azul casi negro.
Cuando ya no pudo más, cuando sus pulmones ardían y sus alas temblaban, se detuvo.
Miró hacia abajo, vio a las otras aves muy lejos, diminutas, y soltó un grito de victoria.

Y entonces, desde su lomo, salió Ncede.
Desplegó sus alitas, se elevó unos centímetros más, y se posó en la punta de una nube.
Solo un instante.
Solo lo suficiente para que todos lo vieran.
Y desde ahí, con su voz diminuta, dijo:

—Parece que yo he llegado más alto. El rey soy yo.

Las aves se quedaron en silencio.
El águila, humillada, no supo qué responder.
Porque las reglas eran las reglas.
Ncede había volado más alto.
Pero no por su esfuerzo.
Por la espalda del águila.
Por haberse escondido en las plumas de otro.
Y esa victoria, aunque legítima según la letra, no la quiso nadie.

La historia se cuenta en Sudáfrica, de boca en boca, y ha viajado por el continente porque no habla de pájaros.
Habla de los que se suben al esfuerzo ajeno.
Los que llegan al éxito escondidos en las plumas de alguien más.
El que se cuelga de los logros del equipo para brillar solo.
El que se pone la medalla que otro sudó.
El que aparece en la foto después de que otros cargaron con el peso.
Y cuando por fin llega el momento de la verdad, cuando todos miran hacia arriba, ahí está él, con las alitas desplegadas, diciendo que llegó primero.

Pero hay algo que Ncede no entendió.
El reconocimiento que se obtiene por la espalda de otro no dura.
El águila, tarde o temprano, se sacude.
Y el que iba escondido en sus plumas cae, sin red, sin alas propias, sin nada que lo sostenga.
La verdadera altura no se alcanza subiéndose a nadie.
Se alcanza batiendo las propias alas, aunque sean pequeñas, aunque el vuelo sea más corto.
Porque ese vuelo, y solo ese, es tuyo.

25/10/2026

🔥 NO DEJES QUE TU IRA DESTRUYA LO QUE TU CORAZÓN NO QUERÍA PERDER.

Existe una historia atribuida a Gengis Kan que nos deja una de las lecciones más duras sobre el peligro de actuar cuando estamos dominados por la ira.

Cuenta la historia que, durante una jornada de caza, Gengis Kan tenía mucha sed y encontró un manantial del que caían lentamente algunas gotas de agua. Mientras intentaba llenar su copa, su halcón se la derribó una y otra vez. Enfurecido, perdió la paciencia y terminó matando al animal.

Pero cuando finalmente llegó hasta el lugar de donde provenía el agua, descubrió que había una serpiente venenosa mu**ta en el manantial. Comprendió entonces que el halcón había intentado impedirle beber aquella agua y protegerlo del peligro.

Lo que interpretó como una molestia era, en realidad, una advertencia. Y cuando comprendió la verdad, ya no podía cambiar lo que había hecho.

Aunque se trata de una parábola cuya veracidad histórica no está confirmada, su enseñanza es tan poderosa como dolorosa: a veces, el problema no es lo que sucede, sino lo que hacemos mientras estamos demasiado enojados para comprenderlo.

Y si lo piensas bien, ¿cuántas veces nos ha sucedido algo parecido en nuestra propia vida?

¿Cuántas veces hemos pronunciado palabras que jamás debimos decir porque alguien nos hizo enojar? ¿Cuántas veces hemos alejado a una persona importante por orgullo, hemos respondido con crueldad a quien simplemente intentaba explicarnos algo o hemos tomado una decisión definitiva durante un momento de confusión?

A veces, basta una discusión para olvidar años de cariño. Basta una palabra hiriente para romper una confianza que tardó mucho tiempo en construirse. Basta un instante de impulsividad para convertir una situación que podía solucionarse en una herida que tarda mucho en cerrar.

Y lo más triste es que, cuando la ira desaparece, muchas veces aparece la claridad.

Entonces comprendemos lo que debimos decir, lo que debimos callar y lo que pudimos haber hecho de otra manera. Nos damos cuenta de que no necesitábamos ganar aquella discusión, demostrar que teníamos razón ni pronunciar la última palabra. Necesitábamos pensar.

Pero hay ocasiones en las que la otra persona ya se ha marchado, la confianza se ha debilitado y las palabras que pronunciamos siguen resonando en la memoria de alguien a quien no queríamos lastimar.

Por eso, hermano, aprende a reconocer algo importante: no todo lo que sientes en un momento de enojo merece convertirse en una acción.

Puedes sentirte decepcionado sin destruir una relación. Puedes estar molesto sin humillar a nadie. Puedes defender tu dignidad sin perder el control. Puedes poner límites sin convertirte en aquello que tanto te lastimó.

Eso también es fortaleza.

Nos han hecho creer que ser fuerte significa responder inmediatamente, no dejarse de nadie y demostrar que tenemos carácter cada vez que alguien nos provoca. Pero existe una fortaleza mucho más difícil de alcanzar: la capacidad de dominarte a ti mismo cuando tienes mil razones para reaccionar impulsivamente.

Porque cualquiera puede levantar la voz cuando está enfadado. Cualquiera puede devolver una ofensa, decir algo hiriente o actuar llevado por el orgullo. Lo verdaderamente difícil es detenerte, respirar y preguntarte: «¿Lo que estoy a punto de hacer resolverá este problema o solamente creará uno más grande?».

Esa pregunta puede ahorrarte muchos arrepentimientos.

El estoicismo nos invita precisamente a trabajar en esa pausa entre lo que sucede y la manera en que respondemos. No siempre podemos controlar lo que los demás dicen, cómo nos tratan o las situaciones que nos toca enfrentar. Pero sí podemos aprender a examinar nuestros pensamientos, regular nuestras emociones y elegir una respuesta que no traicione nuestros propios valores.

Y no confundas esto con guardar silencio ante las injusticias, soportar faltas de respeto o permitir que alguien te haga daño. Controlar tu ira no significa renunciar a tu dignidad. Significa actuar con firmeza sin permitir que el resentimiento tome las decisiones por ti.

A veces, la respuesta más inteligente será hablar con claridad. Otras veces será alejarte. En determinadas ocasiones tendrás que establecer límites que antes no te atrevías a poner. Pero procura hacerlo con la mente clara, no desde el deseo de herir, castigar o demostrar que puedes causar el mismo dolor que recibiste.

Porque cuando actúas desde la ira, puedes terminar dañando precisamente aquello que estabas intentando proteger: tu paz, tu reputación, tus relaciones y hasta la persona que estás tratando de convertirte.

No permitas que cinco minutos de enojo decidan el destino de algo que te importó durante años.

Cuando estés enfadado, date tiempo. No respondas inmediatamente a ese mensaje que te provocó. No tomes decisiones definitivas en medio de una discusión. No conviertas una sospecha en una sentencia ni una interpretación en una verdad absoluta. Espera a que tus emociones dejen de gritar para que tu razón pueda hablar.

Tal vez, después de reflexionar, descubras que tenías motivos para sentirte herido. Tal vez confirmes que necesitas alejarte de alguien. O quizá comprendas que interpretaste mal sus intenciones y que una conversación sincera puede resolver lo que parecía imposible.

Sea cual sea el resultado, habrás ganado algo fundamental: la oportunidad de actuar conscientemente en lugar de convertirte en prisionero de una emoción pasajera.

Y recuerda esto: no todas las pérdidas pueden evitarse, no todas las relaciones pueden salvarse y no todas las personas tienen buenas intenciones. Pero puedes evitar añadir sufrimiento innecesario a tu vida por reaccionar sin pensar.

Si te equivocas, reconoce tu error. Si lastimas a alguien, ten el valor de disculparte. Si necesitas cambiar tu manera de responder, comienza hoy. No puedes regresar al pasado para modificar lo que dijiste, pero puedes aprender de ello para no repetirlo mañana.

La verdadera madurez no consiste en jamás equivocarse; consiste en tener la humildad de reconocer cuándo nuestras propias reacciones nos están alejando de la vida que queremos construir.

Así que la próxima vez que la ira toque tu puerta, no le entregues las llaves de tu mente. Escúchala, comprende qué te está señalando, pero no permitas que gobierne tus decisiones.

Porque hay batallas que no necesitas ganar, discusiones que no merecen tu paz y palabras que, aunque tengas ganas de pronunciarlas, es mejor dejar sin decir.

A veces, retirarte unos minutos es más inteligente que responder en un segundo. A veces, guardar silencio mientras recuperas la calma es más valiente que lanzar una ofensa. Y a veces, pensar antes de actuar es la diferencia entre conservar algo valioso y pasar el resto de tu vida preguntándote por qué lo destruiste.

Sé firme con tus principios, fuerte ante las dificultades y dueño de tus reacciones. No porque el mundo siempre vaya a tratarte bien, sino porque tu carácter no debería depender del comportamiento de los demás.

No puedes controlar todas las tormentas que llegan a tu vida, pero puedes aprender a no convertir cada tormenta en un incendio dentro de ti.

Y nunca olvides esta lección: quizá mañana puedas reparar un error, pedir perdón o reconstruir una confianza. Pero no siempre tendrás esa oportunidad.

Por eso, antes de hablar desde la ira, piensa. Antes de actuar por orgullo, respira. Y antes de destruir algo que todavía amas, pregúntate si de verdad quieres perderlo o si simplemente estás dejando que un momento difícil decida por ti.

Porque la verdadera victoria no consiste en vencer a los demás, sino en evitar que tus propias emociones te conviertan en tu peor enemigo.

🐺 Si esta reflexión te dejó una enseñanza, dale «Me gusta», compártela con alguien que necesite leerla y sigue a FIRMEZA ESTOICA para continuar fortaleciendo tu mente, tu carácter y tu manera de enfrentar la vida.

25/10/2026

Hay papás que no aguantan que el hijo les gane en nada. El samurái se pasaba la vida esperando ese día.

En las casas de guerreros, muchas veces el primer maestro de espada era el propio padre. Sacaba al hijo al patio desde chico y le corregía el agarre una y otra vez con una sola meta: que un día le ganara. Si el hijo se quedaba igual que él, el apellido se iba apagando.

Por eso el viejo de la imagen tiene que levantar la cara para verlo, y lo hace sonriendo. Cada centímetro que el hijo le saca también es suyo.

Los japoneses le dicen 出藍の誉れ (shutsuran no homare): el honor del alumno que supera al maestro, como el azul que sale del añil y queda más intenso.

Hoy dile a tu hijo, o a quien le enseñaste algo, en qué ya te pasó. Dilo completo, sin agregarle un pero. Si te salió así, ya ganaste la de hoy. 🤝⏳🙇‍♂️

25/10/2026

Carl Jung pasó décadas escuchando a personas que se sentían fracasadas. Muchas de ellas seguían al pie de la letra los manuales sobre cómo debían vivir: qué carrera elegir, cómo ser una pareja perfecta o qué metas alcanzar. Sin embargo, en lugar de sentirse plenos, vivían con una angustia constante.

Sentían que estaban caminando con un zapato que les apretaba, pero seguían avanzando porque todos a su alrededor lo hacían.

"El zapato que le queda a uno, le aprieta a otro; no hay receta para vivir que sirva para todos."

Jung entendió que cada mente es un universo único. Lo que le da sentido a una persona puede ser una cárcel para otra.

Al principio de su carrera, se dio cuenta de que no podía aplicar la misma fórmula a todos sus pacientes.

Descubrió que la verdadera salud mental no viene de seguir el camino que la sociedad dicta como correcto, sino de atreverse a encontrar el propio. Aunque eso signifique caminar contracorriente o bajo la lluvia, como un guerrero solitario.

La libertad empieza cuando dejas de intentar encajar en los zapatos ajenos y te atreves a construir tu propia senda.

En el primer comentario te dejo un artículo para que sigas profundizando en esta idea. 📖👇

25/10/2026

¿CÓMO SABER SI ERES UNO DE ESOS GALLOS?

Es sencillo: observa contra quién diriges tu rabia.

Si te enfurece más que otro tenga un poco más que tú que la injusticia que te perjudica; si te peleas con quien está a tu lado mientras justificas a quien se aprovecha de ambos; si gastas más energía en humillar a tus iguales que en cuestionar aquello que los mantiene sometidos, quizá seas uno de esos gallos.

Te enseñaron a competir con el de al lado, a envidiar sus logros y a celebrar sus derrotas. Y mientras tú lo ves como un enemigo, ambos podéis estar padeciendo el mismo problema.

El poder más eficaz no siempre consiste en obligarte a obedecer, sino en conseguir que defiendas tus cadenas y ataques a quien intenta quitártelas.

El estoicismo te invita a examinar tus juicios, dominar tus impulsos y dejar de actuar movido por la envidia, el orgullo o el resentimiento.

No se trata de buscar culpables en todas partes, sino de desarrollar el criterio suficiente para distinguir entre quien compite contigo, quien te perjudica y quien simplemente comparte tus mismas dificultades.

Antes de atacar al gallo que tienes al lado, pregúntate quién está decidiendo por qué debéis pelear.

Porque una cosa es tener carácter y otra muy distinta vivir reaccionando a las provocaciones de los demás.

Sé dueño de tu juicio, no instrumento de la discordia ajena.

25/10/2026

No busques el conflicto, pero tampoco vivas desprevenido. Fortalece tu cuerpo, disciplina tu mente y templa tu carácter. Porque la paz no consiste en vivir sin amenazas, sino en estar preparado para enfrentarlas sin perder el dominio de ti mismo.

Sé un hombre de paz, pero jamás un hombre indefenso.💪🔥📖

14/01/2026

¡SOLO AYUDA A QUIEN TE LO PIDE!
"Nunca te metas en el sufrimiento ajeno, cada uno lleva la carga que le corresponde.

El hombre debe cansarse de sí mismo y beber hasta el fondo la copa de veneno que le fue asignada, y hasta entonces, si pide ayuda, acude.

No seas presuntuoso y no esperes poder ayudar a todos, nunca obligues a tus guardianes a brindar algo que no será valorado, solo es posible ayudar a aquellos que están preparados y humildes para aceptar la ayuda que sale de tu corazón.
Una persona que sufre ve el mundo a través de su dolor, por lo que es sorda, ciega, incrédula y egoísta.

Si intervienes en el sufrimiento ajeno sin ser llamado y estar preparado, el vórtice kármico te succionará en un juego ajeno, y verás el rostro de la ingratitud, además de cargar con la mala energía del otro.

Recuerda que el hombre es capaz de contagiar con su sufrimiento y eso no te será útil.
Procede por tu camino resolviendo tu propia vida en silencio.

Solo si estás haciendo tu propio camino encontrarás la fuerza y sabiduría necesaria para ayudar a la gente a levantarse”.

Dirección

Lima
15084

Página web

Notificaciones

Sea el primero en enterarse: le enviaremos un correo electrónico cuando Encomienda Templaria "San Miguel Arcángel" publique novedades y promociones. Su dirección de correo electrónico no se utilizará para ningún otro fin y puede darse de baja en cualquier momento.

Contactar Con La Organización

Enviar un mensaje a Encomienda Templaria "San Miguel Arcángel":

Atajos

Compartir