12/09/2026
DIARIO DE CAMPAÑA.
CAPÍTULO II:
El que no le interesa la política.
El otro día, mientras salía al trabajo como de costumbre, le hice una pregunta al motocarrista que me llevaba. Mientras le entregaba un par de volantes y calendarios de País para Todos, él observaba lo que le había dado.
—¿Has escuchado de W***y Malpartida? —le pregunté.
—Sí.
—Es un candidato nuevo, un hombre intachable, que quiere gobernar sin deberle nada a nadie. Tiene una campaña limpia, sin financiamiento de dinero ilícito, a diferencia de otros candidatos que, una vez en el poder, terminan robando. ¿Qué te parece?
—No me interesa la política. Generalmente no presto atención a los candidatos —respondió con total indiferencia.
—¿Seguro que no te interesa? —le respondí con una sonrisa amarga—. Porque aquí la política te da el trabajo o te lo quita. O te pone la pista o te la deja hecha un muladar.
El motocarrista me miró de reojo por el espejo retrovisor y soltó una risa seca, de esas que llevan años de resignación. Sabía perfectamente de qué hablaba. En una región como Loreto, donde el empleo formal es escaso y la planilla pública o el favor político mueven gran parte del engranaje diario, decir "no me interesa la política" es, en realidad, una forma elegante de estar cansado. Es el escudo de quien ha visto pasar a decenas de autoridades prometiendo lo mismo mientras el trabajo escasea, el combustible sube y las oportunidades se evaporan tras cada elección.
Esa frase, tan común en las esquinas de nuestra región, resume a la perfección el gran dilema democrático. Nos hemos acostumbrado tanto a mirar la política desde la barrera, con desdén o con fatiga, que olvidamos una verdad fundamental: un ciudadano que no entiende cómo funcionan las elecciones, termina votando por quien mejor le cuenta una historia, o peor aún, dejando que otros decidan por él. Pero la indiferencia no es neutralidad; es, en la práctica, un cheque en blanco firmado a favor de quienes ven el poder como un botín y no como una responsabilidad. Como bien se advierte en los manuales de educación cívica y en las reflexiones sobre nuestra realidad electoral, el verdadero peligro no es que la gente vote, sino cómo decide.
El motocarrista siguió conduciendo en silencio, esquivando baches y charcos, sin imaginar que ese papel que sostenía entre las manos —un volante más en una ciudad bombardeada de promesas— simbolizaba precisamente la oportunidad de romper el ciclo. Porque en una región tan extensa y compleja como Loreto, donde los problemas de salud, educación y servicios básicos están largamente documentados, creer que la política "no es de interés personal" es un lujo que nadie se puede permitir. La política llega a la posta médica desabastecida, al río contaminado por la minería ilegal, al apagón constante en los hogares y al bolsillo de cada familia. La política llega a influenciar en cuantas personas tienen trabajo o no. Es tan decesivo que bien lleva a la prosperidad a una región o país, o bien lo lleva a su quiebra.
Cuando bajé del motocarro, el motocarrista empezó a ver los volantes con mayor interés. Mi última palabra fue te recomiendo a aquel candidato, vuelve a confíar. Su última palabra fue gracias y una sonrisa que invita a volver a creer no en lo tradicional, sino en lo diferente, en creer desde los valores y la integridad para el cambio social.
Escrito por: Piero Villacorta.