26/09/2026
📌 Escuchar cuentos no enseña a leer. Enseña a querer leer
Una profesora de primer grado me preguntó por qué, si les leía cuentos todos los días a sus niños, algunos seguían teniendo dificultades para aprender a leer. La pregunta me pareció importante porque junta dos procesos que están profundamente relacionados, pero que no hacen el mismo trabajo.
Leerle en voz alta al niño no enseña, por sí solo, cómo funciona el principio alfabético, cómo se relacionan los sonidos del habla con las letras ni cómo se decodifica una palabra nueva. Ese aprendizaje requerirá una enseñanza específica, progresiva y bien organizada. Mientras un adulto lee con un niño ocurren otros aprendizajes, igual de importantes: se amplía su lenguaje, aparecen palabras y estructuras que no siempre circulan en la conversación cotidiana, se aprende a anticipar, a interpretar imágenes, a seguir una voz, a entrar y salir de una historia, a tomar postura frente al texto.
Marie Bonnafé insistió durante años en que acercar libros a los más pequeños no significa adelantar la escolaridad. En "Los libros, eso es bueno para los bebés" defiende una lectura ligada al placer, al imaginario y al encuentro con otro. Evelio Cabrejo, por su parte, lleva esa idea todavía más atrás cuando recuerda que antes del libro está la voz: el bebé escucha ritmos, pausas, entonaciones y repeticiones mucho antes de poder leer una palabra.
Ahí empieza también una relación con la lectura. El cuento no necesita estar enseñando fonemas o grafemas "de pasada". Basta con que el niño descubra que en los libros (y sobre todo en los buenos libros) hay algo que quiere escuchar otra vez, mirar con calma, preguntar, comentar y disfrutar.
En la primaria llegará la enseñanza formal del sistema escrito, lo que supone trabajar la conciencia fonológica, las correspondencias entre fonemas y grafemas, la decodificación, la fluidez y la comprensión. Ese trabajo no debería cargarse sobre la literatura, porque si toda historia termina convertida en una ficha de aplicación o una batería de preguntas que hacen las veces de un interrogatorio, algo esencial se pierde por el camino: el placer de leer y conversar bien sobre lo leído.
Leerles a los niños y enseñarles a leer se necesitan mutuamente, pero distinguir con claridad qué aporta cada uno permite acompañar mejor ambos procesos. Esta discusión tendrá bastante espacio en las nuevas ediciones de mis cursos de 2027 sobre lectoescritura, mediación de lectura y producción escrita, porque una buena enseñanza de la lectura también necesita saber qué puede pedirle a la literatura y qué conviene dejar que la literatura haga por sí sola.