26/06/2025
QUÉ HACER CON EL ALMA ROTA
(Por Fernando D'Sandi )
Hay que tener más que valor.
Hay que tener el alma hecha pedazos
y aún así usarla de escudo.
Porque decir adiós cuando todo en ti suplica que no se vaya, no es de valientes.
Es de locos. De gente que ya se quemó con todo y todavía sigue dando abrazos.
Se necesita un corazón que haya sangrado por dentro y aún así palpite.
Uno que no entienda de lógica,
pero que aún crea en el milagro
de seguir vivo después del derrumbe.
Hace falta coraje para sentarse frente al recuerdo y no cerrar los ojos.
Para escuchar esa canción que duele
y no huir de ella.
Para mirar la cama vacía
y no acostarse a morir en ella.
Hay que tener agallas, sí…
pero también ternura.
Porque no cualquiera sabe sostenerse
cuando el mundo se te cae encima
y encima… nadie lo nota.
No cualquiera se sienta a la mesa con su dolor y lo mira fijo. Lo escucha.
Y después de llorar, se lava la cara,
y vuelve a vivir.
Hay que tener agallas para reclamar y maldecir a Dios y arrepentirse al instante,
cuando todo lo que amabas se va sin permiso.
Y hay que tener fe —de esa que no se predica,
pero se grita en la oscuridad—
para seguir creyendo que hay algo más allá del dolor.
Hay que tener el alma rota,
y aún así usarla para respirar.
Para pararte otra vez.
Para no convertirte en piedra.
Para no enterrar tu ternura junto al cuerpo de quien perdiste.
Porque sí… a veces la vida se vuelve tormenta sin tregua, marea que arrastra sin preguntar,
pero también es un milagro que espera que decidas quedarte.
No para olvidarlo todo,
sino para amar incluso con las grietas.
Para mirar el cielo
y susurrar entre dientes:
“No sé cómo, pero voy a seguir.”
Y eso es lo más valiente que puedes hacer con el dolor: usarlo para vivir mejor.
Créditos: Fernando D'Sandi