24/12/2020
🌲 Cuento de Navidad. 🌲
Según el calendario ha llegado el verano, pero sigue “corriendo aire” como decimos en Lima, especialmente a orillas del mar. Estacioné mi auto en una zona en la que por cierto está prohibido aparcarse, por disposición del municipio del distrito, debido al alto índice de accidentes automovilísticos que suelen ocurrir en la zona, no sin antes pedir permiso, como corresponde, a un miembro del Serenazgo, solo deseaba estar un par de minutos en la zona, a fin de tomar un par de fotos del pintoresco ambiente navideño: papa noeles con sus atuendos invernales caminando por la misma vereda con bañistas, surfistas y vendedores ambulantes. Volví entonces a mi auto, luego de captar las imágenes con mi teléfono celular y entonces encontré la papeleta prendida de mi parabrisas, que me condenaba a pagar una enorme multa por haber cometido una infracción de tránsito. En esos momentos, bajo mi óptica, yo no había cometido infracción alguna, no intencionadamente al menos, puesto que le había pedido autorización al guardia del serenazgo y eso fue lo que le dije a la agente de tránsito que me había levantado sin piedad una papeleta que ascendía a una considerable cantidad de soles, que a decir verdad, como a cualquier persona cuya economía se ha visto afectada por la pandemia, me pareció exorbitante.
Naturalmente protesté y expuse todas las razones que me parecieron valederas a la muy correcta agente de tránsito, quien me escuchaba inflexible, pero de pronto, la policía se quitó los anteojos oscuros, me miro fijamente como si pareciera reconocerme, sin embargo se los volvió a poner.
-Señor, vuelva a su auto por favor y espere ahí- dicho esto se dio vuelta y continuó levantando infracciones.
Me cogí la cabeza contrariado, solo había sido un momento y yo había pedido permiso, ahora iba a pagar una elevada infracción de tránsito y recurrí a la misma fórmula que usamos todos uando nos encontramos en dificultades, acordarme de Dios cuando tenemos problemas ¡Señor, dame paciencia!
Pero la cosa no era con Dios, sino con una severa agente de tránsito , quien en ese momento, precisamente, se acercaba para darme la estocada final por reclamón…
La joven se volvió a quitar los anteojos y volviéndome a mirar fijamente me dijo inesperadamente:
-¿Usted tenía una pollería en San Juan de Miraflores?
-Sí, así es, ¿eso qué tiene que ver? –respondí sorprendido.
-¿Se acuerda de Leticia y los ocho niños que al terminar el día siempre se acercaban a comprar un plato de aguadito?, ¿se acuerda cuando Ud. a veces no nos cobraba el aguadito y hasta aumentaba la ración sin cobrar más?, ¿se acuerda cuando una vez en Navidad nos regaló un pollo a la brasa y una gaseosa?, ¿se acuerda que hasta nos cantaba canciones para alegrarnos la noche?
Sí, claro que me acordaba, pero no atine a decir nada, solo abrí la boca sin saber que decir. Entonces la agente tomó la infracción y la rompió en varios pedacitos, dejándomela en la mano y sonriendo levemente.
-El mundo da vueltas caballero, yo soy una de esas niñas, una de las hijas de Leticia, y ahora le agradezco por hacer que nos hiciera pasar las navidades más felices e inolvidables de mi vida, Dios lo bendiga -me dijo, solo para volver a ponerse sus lentes y volver a ponerse sería para decirme, recuperando la severidad en la voz: ¡No vuelva a cometer ninguna infracción, maneje con cuidado… Feliz Navidad, don Jorge! Dicho esto subió a su motocicleta y se fue, no pude evitar que los ojos se me llenaran de lágrimas.
Mis hermanos y amigos, nunca lo olviden, el amor es y siempre será la mejor respuesta a todo en la vida.