Andrea Otazu

Andrea Otazu Asesoria Legal 🇵🇪
Citas Presenciales /Virtuales

Herirla mientras ya sufría... ahí es donde realmente fallaste... no solo como hombre, sino como ser humano.Ella ya carga...
04/08/2025

Herirla mientras ya sufría... ahí es donde realmente fallaste... no solo como hombre, sino como ser humano.
Ella ya cargaba con más de lo que jamás admitió. Luchaba en silencio por batallas que tú ni siquiera notaste. Luchaba por mantenerse a flote... cuestionando su valía, ahogándose en pensamientos excesivos, agobiada por la vida, y aun así eligiendo estar ahí para ti. ¿Y a cambio? Te convertiste en otra herida.
Cuando necesitaba consuelo, la confundiste. Cuando necesitaba cercanía, te alejaste. Cuando necesitaba sentirse segura, la hiciste sentir desechable. No viste su dolor... lo aumentaste. No la protegiste... te convertiste en otra razón por la que ella tenía que protegerse.
Ahí es donde fallaste.
Porque ser hombre no se trata de decir lo correcto cuando es fácil. Se trata de defenderla cuando se está derrumbando. Se trata de estar ahí cuando está demasiado cansada para seguir fingiendo que todo está bien. Y no lo hiciste. La dejaste sufrir en silencio y aun así esperabas que se volcara en ti.
Un día, te darás cuenta de que el amor que te dio no era común. Era desinteresado. Era excepcional. Pero para entonces... se habrá ido. No estará amargada, no estará rota... solo sanará. Y finalmente se amará a sí misma como tú nunca lo hiciste.

Ella no perdió su luz… se la entregó a alguien que no la merecía.Una de las cosas más tristes de ver es a una mujer apag...
03/08/2025

Ella no perdió su luz… se la entregó a alguien que no la merecía.

Una de las cosas más tristes de ver es a una mujer apagándose poco a poco por el hombre con el que está. Lo notas en sus ojos… en esa mirada apagada, en ese dolor silencioso, en ese cansancio de cargar con cosas que nunca le tocaban a ella sola.

Antes sonreía con libertad, reía sin miedo, caminaba con seguridad.
Ahora camina de puntitas por su propia vida, temiendo decir demasiado, pidiendo demasiado poco, o simplemente existiendo sin culpa.

Ella solía brillar… no para llamar la atención, sino porque se sentía viva.
Y luego vino el apagón, lento… pedazo a pedazo, con cada necesidad ignorada, con cada burla disfrazada de “broma”.

Hay hombres que no construyen, que no suman: solo desgastan.
Y el mundo le dice que quedarse es ser fuerte, pero no lo es.

A ti, mujer que te estás perdiendo solo por no perderlo a él…
te veo.

Y deseo que encuentres paz, claridad, y el valor para irte.
No porque hayas dejado de amarlo…
sino porque, al fin, comenzaste a amarte tú.

“Trénzate el cabello cuando estés triste”, decía mi abuela…No era solo un consejo. Era un ritual.Una forma ancestral de ...
03/08/2025

“Trénzate el cabello cuando estés triste”, decía mi abuela…

No era solo un consejo. Era un ritual.
Una forma ancestral de sanar cuando el alma ya no puede con tanto.

—Cuando te sientas triste, niña… trénzate el cabello —me decía, mientras con sus manos firmes entrelazaba mi melena.

—El dolor se queda atrapado entre los nudos, como si fueran pequeñas trampas tejidas con amor. Así, la tristeza no baja al pecho… no se mete en la sangre… no te dobla los huesos.

Decía que si uno no se cuidaba, la tristeza se metía en los ojos y los hacía llover,
o en la lengua… y nos hacía decir cosas que no sentíamos.

—Ten cuidado con las manos —me advertía—. Si la melancolía las alcanza, puedes amargar el café o dejar la masa sin sazón. La tristeza tiene ese mal gusto… todo lo vuelve agrio.

Y entonces, mientras me trenzaba, hablábamos bajito. De la vida, del amor, de las pérdidas que no se nombran y los vacíos que duelen más que cualquier herida.

—Nuestro cabello, niña, no es solo adorno —me decía—. Es una red mágica. Fuerte como las raíces del ahuehuete. Suave como la espuma del atole. No lo sueltes cuando estés triste… porque la tristeza se desliza por él como agua por canal de luna.

—Trénzate. Átala ahí. Y deja que el viento del norte se la lleve.

Y así lo hago.
A veces con lágrimas, otras con rabia, otras con cansancio.
Pero siempre con reverencia.
Porque aprendí que la tristeza no se expulsa a gritos.
Se peina.
Se doma.
Se trenza.

Y al día siguiente, cuando el sol me toca la cara y el canto de un pájaro rompe el silencio,
la siento más débil…
atada en mi trenza,
esperando que la suelte.

Y yo… sigo.
Un poco más fuerte.
Un poco más libre.
Un poco más mujer.

Real
02/07/2025

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