30/07/2026
“Una Mesa, Un Salvador, Una Familia”
Hechos 2:42–47
Este pasaje nos muestra cómo vivía la primera iglesia después de Pentecostés. El Espíritu Santo había reunido a personas muy diferentes, pero ahora tenían una misma fe, un mismo Señor y una misma esperanza.
Lucas nos dice que perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en el partimiento del pan y en las oraciones. No era una iglesia definida por un edificio, sino por la presencia de Cristo entre su pueblo.
Al leer este pasaje, es difícil no pensar en lo que estamos haciendo hoy. Estamos reunidos alrededor de una mesa, en una casa, como lo hicieron muchos de los primeros cristianos. Además, el Señor ha traído hasta nosotros hermanos de Elburn, Illinois. Aunque venimos de lugares distintos, hablamos idiomas diferentes y tenemos culturas diferentes, Cristo nos ha hecho una sola familia.
Sin embargo, sabemos que no siempre vivimos esa comunión.
Es fácil encerrarnos en nuestras propias preocupaciones. A veces olvidamos escuchar a nuestros hermanos, compartir con generosidad o dedicar tiempo a la oración y a la Palabra. Incluso podemos pensar que la iglesia es simplemente un lugar al que asistimos, en vez de recordar que somos el pueblo de Dios reunido alrededor de Cristo.
Cuando eso ocurre, dejamos de reflejar el amor que Jesús tuvo por nosotros.
Pero la esperanza de la Iglesia nunca ha descansado en la perfección de sus miembros.
Descansa en Cristo.
El centro de Hechos 2 no es que los creyentes fueran extraordinarios. El centro es que Jesús había mu**to, resucitado y derramado su Espíritu Santo sobre ellos. La comunión que vemos en esta iglesia no fue producida por el esfuerzo humano, sino por la obra de Cristo.
Es Jesús quien reúne personas de diferentes pueblos y las convierte en una sola familia. Es Jesús quien alimenta a su Iglesia por medio de su Palabra. Es Jesús quien perdona nuestros pecados y nos recibe en su mesa, no porque seamos dignos, sino porque Él entregó su vida por nosotros.
Hoy, mientras compartimos esta mesa, vemos un pequeño reflejo del Reino de Dios. Hermanos de Cerro Batea y hermanos de Elburn no están unidos por la geografía, ni por el idioma, ni por la cultura. Estamos unidos por la sangre de Cristo.
Y esa es una hermosa imagen de la Iglesia que un día estará reunida alrededor del trono del Cordero: personas de toda lengua, pueblo y nación, adorando juntas al mismo Salvador.
Mensaje compartido el Sábado 18 de Julio.