22/08/2026
Diciembre de 1531. En el cerro del Tepeyac, la Virgen se le aparece a Juan Diego, un indígena sencillo, y le pide que el obispo levante un templo en ese lugar. El obispo escucha, pero pide una señal.
Las rosas de Castilla. La Virgen le indica a Juan Diego que suba al cerro y corte las flores que encuentre ahí. Era invierno, en tierra seca, donde no debía crecer nada. Aun así encontró rosas de Castilla, frescas y fuera de temporada. Ella misma las acomodó en su tilma. Esa fue la señal.
La curación de Juan Bernardino. Mientras esto ocurría, el tío de Juan Diego estaba gravemente enfermo, casi a punto de morir. La Virgen le prometió a Juan Diego que no se preocupara. Cuando volvió a casa, su tío estaba sano, y le contó que también a él se le había aparecido y le había dicho cómo quería ser llamada: Santa María de Guadalupe.
La imagen en la tilma. Al llegar ante el obispo, Juan Diego abrió su manto para mostrar las rosas. Las flores cayeron al suelo y sobre la tela quedó plasmada la imagen de la Virgen. Nadie la pintó. Esa tilma, hecha de fibra de maguey, un material que debía deshacerse en pocas décadas sigue intacta casi 500 años después.
Tres señales que cambiaron la fe de todo un continente, y que hoy nos siguen recordando que Dios se hace presente en lo cotidiano, en lo humilde y en lo que parece imposible.
Nuestra Señora de Guadalupe, ruega por nosotros y por Panamá 🤍