02/07/2026
Hay momentos en los que Dios nos regala una oportunidad para decirle delante de todos: “No me avergüenzo de Ti.”
En medio de una hermosa celebración familiar, donde cada uno disfrutaba la música a su manera, llegó mi turno. Muchos esperaban una canción más… pero mi corazón solo tenía una.
Canté “Al Taller del Maestro”, porque esa canción no solo se escucha… se vive.
Mientras sostenía el micrófono, Dios me llevó por un instante al pasado. Recordé que hubo un tiempo en que yo también cantaba, pero lo hacía con una copa en la mano. Me sabía las canciones de memoria y pensaba que allí encontraba alegría, sin darme cuenta de que mi corazón seguía vacío.
Pero un día, el Maestro salió a mi encuentro.
Me tomó entre sus manos y me llevó a Su taller. Allí comenzó el proceso. No fue fácil. Hubo lágrimas, luchas, caídas y momentos en los que el dolor parecía demasiado grande. Pero el Maestro nunca dejó de trabajar en mí. Con paciencia fue sanando mis heridas, transformando mi corazón y enseñándome a vivir una vida nueva.
Por eso, cuando tomé ese micrófono, no podía cantar cualquier canción. No estaba cantando para impresionar a mi familia; estaba cantando para agradecer públicamente a Aquel que cambió mi historia.
Si hoy soy quien soy, no es porque haya sido fuerte. Es porque hubo un Maestro que nunca se cansó de trabajar en mí.
Hoy entiendo que el mejor escenario siempre será aquel donde pueda darle la gloria a Dios. Porque mientras tenga vida y mientras tenga voz, quiero usarla para hablar de Aquel que me rescató, me restauró y sigue moldeando mi vida cada día.
“Vengo al Taller del Maestro…” porque sé que Él aún no ha terminado conmigo.
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas.” — 2 Corintios 5:17.
Toda la gloria sea para Jesús. ❤️