01/09/2026
Cuando ayudar también significaba vencer el miedo
La historia reciente de la emergencia humanitaria venezolana está compuesta por millones de experiencias individuales que difícilmente caben en las estadísticas.
La semana pasada, durante una reunión con los directivos de CareCycle, nos mostraron un video sobre una familia venezolana que perdió a su niña por falta de medicamentos en los años más duros de la crisis humanitaria.
Fue uno de esos momentos que te golpean por dentro.
Mientras veía aquel testimonio, regresaron de golpe muchísimos recuerdos. No solo por el dolor de esa historia, sino porque nos devolvía a una etapa que marcó profundamente a Venezuela y también a muchos de nosotros desde afuera.
Aquella historia me llevó inevitablemente a recordar el período comprendido entre 2016 y 2018, cuando el colapso del sistema sanitario coincidió con una profunda tensión política, institucional y social. La crisis de salud ya había alcanzado niveles dramáticos: hospitales sin insumos, tratamientos interrumpidos, familias enteras buscando medicinas de una farmacia a otra, pacientes crónicos abandonados a su suerte y personas muriendo por causas que en condiciones normales podían atenderse.
Pero todo eso ocurría, además, en medio de una situación política y social cada vez más grave. El país vivía protestas, represión, decisiones institucionales que profundizaban la ruptura democrática y un ambiente de miedo creciente. Muchas organizaciones sociales y de derechos humanos denunciaban no solo el colapso del sistema de salud, sino también el riesgo que implicaba alzar la voz o recibir apoyo desde el exterior.
En ese contexto, organizaciones como CODEVIDA y Acción Solidaria venían haciendo un trabajo admirable: denunciando, documentando, acompañando a pacientes, asistiendo emergencias y tratando de responder, con muy pocos recursos, a una realidad cada vez más desesperante. Incluso hubo momentos en los que la escasez de insumos y medicinas afectaba también la atención de personas heridas durante las protestas.
Fue precisamente en ese contexto cuando desde los Países Bajos tuvimos la oportunidad de participar en algunas reuniones relacionadas con organizaciones humanitarias que analizaban la situación venezolana y las posibilidades de intervención.
Las necesidades eran inmensas.
Recuerdo especialmente que, entre muchas urgencias, se hablaba también de casos de niños en estado delicado de salud que necesitaban ser atendidos fuera de Venezuela con carácter urgente. Había demasiadas necesidades al mismo tiempo y muchas de ellas eran verdaderas carreras contra reloj.
En medio de todo aquello, nosotros lanzamos desde los Países Bajos una pequeña campaña de recolección de medicinas e insumos médicos para enviar a Venezuela. Era un esfuerzo modesto, pero necesario. Participaron venezolanos, neerlandeses y amigos de Venezuela con una generosidad enorme.
En esa época utilizábamos empresas de envío puerta a puerta, porque parecían una alternativa relativamente rápida y, dentro de todo, bastante segura. Aunque la realidad nos enseñó que la logística también podía convertirse en una odisea.
Uno de aquellos envíos prácticamente se perdió en el camino. Tardó muchísimo tiempo, pasó por Miami, luego por otro lugar que ya ni recuerdo bien, y finalmente terminó llegando a Venezuela, pero no por donde esperábamos, sino a Puerto Cabello, si mal no recuerdo.
Las donaciones que habíamos reunido iban dirigidas a CODEVIDA, la Coalición de Organizaciones por el Derecho a la Salud y la Vida, con quienes siempre fue un verdadero honor colaborar. Y también parte de aquella ayuda llegó a Acción Solidaria. Esa fue siempre la intención: que los insumos terminaran en manos de organizaciones serias, comprometidas y con capacidad real de llegar a quienes más lo necesitaban.
Y en ese punto aparece una persona a la que siempre recordaré con enorme aprecio: Francisco Valencia.
Hablar de Francisco es hablar de compromiso verdadero. Su entrega a la causa de los pacientes, en especial de los enfermos renales, y su lucha por el derecho a la salud en Venezuela lo convirtieron en una referencia ética y humana para muchísimas personas. Un hombre profundamente comprometido, valiente y generoso.
Con la misma empresa también habíamos enviado, a título personal, medicamentos para mi mamá y otros familiares, medicinas que logramos conseguir gracias a amigos vinculados al sector de la salud. Pero con todo el enredo de aquel envío, la empresa terminó mezclando nuestro envío personal con las donaciones destinadas a CODEVIDA, de manera que todo quedó como parte de un mismo cargamento. Por eso mi familia no podía ir simplemente a Puerto Cabello a recogerlo: Francisco era quien podía retirar el envío completo.
Entonces me dijo:
“Cheo, yo tengo que ir a Puerto Cabello a buscar las donaciones. No te preocupes. De regreso me desvío por Maracay, paso por casa de tu mamá y le entrego tu envío.”
¡Y así lo hizo!
Ese gesto, que podría parecer pequeño frente a la magnitud de la crisis, para mí tuvo un valor inmenso. Porque quienes trabajamos de corazón en esto de ayudar sabemos que la ayuda humanitaria no son solo cajas, listados o procedimientos. También son personas. Son actos concretos de solidaridad. Son vínculos de confianza en medio del caos.
Aquellos años fueron duros en todos los sentidos. La persecución contra la sociedad civil y la disidencia era real. Muchas organizaciones humanitarias querían hacer más, pero estaban atadas de manos por las circunstancias políticas, los riesgos operativos y las limitaciones para actuar dentro del país. Aun así, se hacía todo lo posible.
Nuestra ayuda finalmente llegó. En algo ayudó. Y eso era lo importante.
Diez años después, el tiempo vuelve a ponerme frente a un escenario parecido, aunque distinto. Esta vez, sentado en una reunión con CareCycle, hablando otra vez de Venezuela, de necesidades urgentes, de medicinas, de apoyo humanitario y de cómo seguir ayudando a los más desamparados.
Y entonces uno entiende que a veces la vida cierra círculos… pero también abre otros nuevos.
Porque, en el fondo, la pregunta sigue siendo la misma:
¿Qué podemos hacer para ayudar mejor y llegar más lejos?
Y junto con todo ese recuerdo, también me volvió una lección muy personal, muy práctica y absolutamente inolvidable:
No hay nada peor que meter ayuda humanitaria en cajas de mudanza… y menos si son de Action.
Cheo José Manuel Pinto Hurtado