10/04/2025
Azucena Villaflor nació un 7 de abril de 1924.
Y ese día, sin que nadie lo supiera, nació también una forma nueva y poderosa de resistir.
En Valentín Alsina, entre calles obreras y casas humildes, nació esta mujer de manos fuertes y mirada firme. Hija de Emma y Florentino, trabajadora de SIAM, madre de Pedro, Néstor, Adrián y Cecilia. Una mujer común, de mate en mano y voz tranquila. Hasta que la dictadura le arrancó a Néstor, y con él, la vida como la conocía.
El 30 de noviembre de 1976, Néstor y su compañera Raquel fueron secuestrados. Desde entonces, Azucena empezó a caminar.
Y en su andar, se volvió pregunta, grito, abrazo y bandera.
Fue de morgue en morgue, de cuartel en cuartel, llevando la foto de su hijo como única brújula. Cada puerta cerrada, cada silencio de plomo, no la frenaron. La impulsaron. En los pasillos del Vicariato castrense vio que no estaba sola. Que había otras. Madres. Mujeres como ella, de pollera y pañuelo. Dolidas, sí. Pero también dispuestas.
Y un día dijo lo impensado, lo inédito, lo histórico:
“Tenemos que ir a la Plaza”.
El 30 de abril de 1977, en medio del terror, caminaron por primera vez alrededor de la Pirámide. La policía les ordenó dispersarse. Entonces giraron de a dos. Y así nació la ronda más valiente de nuestra historia.
Azucena fue el corazón de esa primera marcha. La organizadora, la que anotaba nombres, la que redactaba solicitadas. La que, sabiendo que su vida pendía de un hilo, decía:
“Si a mí me pasa algo, ustedes siguen.”
El 10 de diciembre de 1977, salió de su casa a comprar el diario. Quería ver la solicitada que habían publicado con 230 nombres. Esa noche no volvió. Fue secuestrada, llevada a la ESMA, torturada y arrojada al mar en un vuelo de la muerte. Su cuerpo apareció días después en la costa bonaerense. Fue enterrada como NN. Recién en 2005 fue identificada por el Equipo Argentino de Antropología Forense. Ese mismo año, sus cenizas fueron depositadas al pie de la Pirámide de Mayo.
Allí donde empezó todo.
Allí donde aún sigue.
Porque Azucena ya no es solo un nombre. Es un gesto que se multiplica. Una ronda que no se detiene. Una pregunta que todavía quema:
¿Dónde están?
Y aunque quisieron desaparecerla, hicieron lo contrario:
la volvieron eterna.
Azucena vive en cada pañuelo blanco, en cada madre que resiste, en cada nieto que vuelve, en cada pueblo que marcha.
Azucena es la que dijo “Vamos a la Plaza” y nos enseñó que el amor también puede ser un acto revolucionario.