12/06/2026
Lo que las madres buscan (y lo que la FIFA se lleva)
Hay una escena que resume el México de estos días: mientras los estadios se iluminan y millones observan la inauguración del Mundial, una madre sostiene en sus manos la fotografía de su hijo desaparecido. La pelota vuelve a casa. Su hijo, no. Pero hay otra escena, más brutal aún, que desgarra cualquier pretensión de normalidad. Muy cerca del estadio de Guadalajara las mujeres y madres buscadoras encontraron casi 500 bolsas con restos humanos. Casi 500. La cifra hiela la sangre. No son desechos, no son cifras, no son daños colaterales: son personas. Son hijos, hijas, madres, padres, hermanos que alguien, en algún lugar, sigue esperando.
Que el horror se amontone a unos metros del espectáculo no es una coincidencia: es la metáfora más descarnada del país que somos. Un país que construye estadios de primer mundo mientras acumula fosas clandestinas. Un país que se maquilla para la foto internacional mientras sus entrañas se pudren de violencia e impunidad.
Este no es el Mundial del pueblo. Es el Mundial de las corporaciones. Un negocio donde los ganadores tienen nombre propio: las multinacionales que no pagan impuestos, los especuladores inmobiliarios y mineros que desplazan comunidades, y la FIFA, que ha sofisticado su subordinación a intereses económicos y políticos. Los costos se socializan; los beneficios se privatizan. El erario absorbe seguridad, infraestructura y exenciones fiscales; las ganancias se fugan a cuentas que nunca pisarán una fosa ni sostendrán la foto de un hijo.
Mientras las buscadoras excavaban, la FIFA y sus socios -Coca-Cola, VISA, Hyundai, Aramco- negociaron exenciones que el SAT no puede cuantificar. La derrama estimada equivale al 0.5% del presupuesto federal de un año. Pero en el primer trimestre de 2026, las Afores de los trabajadores mexicanos registraron pérdidas por 417 mil 321 millones de pesos, según reportó la Comisión Nacional del Sistema de Ahorro para el Retiro. El ahorro de millones de personas se evaporó en semanas, y el mismo Estado que no respondió ante las exenciones de impuestos que otorga a las corporaciones tampoco movió un dedo para proteger el retiro de los de abajo. La fiesta se subsidia con dinero que falta en las fiscalías, en los hospitales, en las fosas, en las pensiones y en la creación de empleo.
Y mientras la FIFA guarda silencio, Estados Unidos niega la visa al árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, que debía pitar en el torneo. Este hombre musulmán, africano, fue deportado a su tierra mientras el negocio sigue su curso. La FIFA, que alza la voz contra el racismo en ceremonias y brazaletes, enmudeció cuando el racismo fue ejecutado por el Estado. No hay sanción para el anfitrión que discrimina; solo hay comunicados tibios. El silencio también es un contrato. Y la FIFA lo firmó.
En vísperas del torneo, el guión se completó con otro acto previsible: el intento de criminalizar a los estudiantes de Ayotzinapa. La policía retuvo la caravana de autobuses que transportaba a los normalistas; de inmediato, la versión oficial filtró que en uno de los vehículos se habían localizado 59 artefactos explosivos. Las organizaciones de derechos humanos denunciaron la coreografía: una campaña de desprestigio para deslegitimar a los normalistas justo cuando el país se exhibe ante el mundo. El método es conocido: primero se filtra, luego se desacredita, después se reprime.
La represión no es hipótesis: es hecho. En las protestas magisteriales, un maestro perdió un ojo. No lo perdió en un accidente: se lo arrancó la fuerza del Estado. Ese ojo vacío es también un testimonio. Ve lo que los voceros no quieren ver: que este gobierno, como los que lo antecedieron, criminaliza la protesta mientras condona impuestos, defiende la imagen con toletes y reserva la austeridad para los de abajo. Para los de arriba, las arcas están siempre abiertas.
El termómetro de la inconformidad marca temperaturas cada vez más altas y el rompimiento de la 4T con los movimientos sociales, el mapa de la protesta rodea los estadios. Bajo el puente del Estadio Azteca, en Santa Úrsula, la Asamblea del Común ha realizado más de catorce intervenciones gráficas; los vecinos denuncian los megaproyectos inmobiliarios que los desplazan.
En la Calzada de Tlalpan, las trabajadoras sexuales marcharon. Los estudiantes del Politécnico tomaron calles; las comunidades mayos-yoremes marcharon contra una planta de amoniaco; en la Huasteca gritaron "No al fracking" “el agua no se negocia” ; los familiares de los 43 siguen esperando; las madres buscadoras siguen excavando. Y las mujeres, madres y familiares de los desaparecidos marchan junto a la CENTE
El estado acusa a estos movimientos declarando: “le hacen el juego a la derecha”, pero los colectivos responden: “Gobierne quien gobierne, los derechos se defienden”. Esa frase condensa una ética pública y política que no se pliega a los calendarios electorales ni a las conveniencias de la imagen: la justicia no espera, la búsqueda no se suspende, la dignidad no se negocia.
Y cuando el gobierno responde a las protestas con estigmatización en lugar de soluciones, no solo comete un error táctico e histórico: comete una injusticia que aviva la rabia legítima de quienes no tienen nada que perder porque ya lo han perdido todo. Pero hay algo más que estas voces nos enseñan, algo que quizá no se dice lo suficiente. Que el conocimiento para salir de la crisis humanitaria que vive México no es propiedad de los expertos, ni de los académicos, ni de los columnistas, ni de los políticos que administran la imagen del país.
El conocimiento se construye entre todos, en el diálogo, en la escucha, en el encuentro de miradas distintas que comparten una misma preocupación por la vida. Ningún colectivo busca reflectores: buscan que el poder los mire, porque parece que este es el único momento en que lo hace.
La cancha vacía también es una trinchera.
Mientras el mundo celebra el fútbol, 1,007 deportistas palestinos fueron asesinados desde que inicio la limpieza ética que lleva a cabo el estado de Israel: 962 hombres, 45 mujeres; 565 vinculados directamente al fútbol. Suleiman al-Obeid, el “Pelé palestino”, murió esperando comida. Mohammed Shaalan, “El Terremoto”, buscaba medicinas para su hija renal. No son números: son biografías truncadas por un genocidio que también borra canchas, estadios y sueños olímpicos.
La FIFA calla. El COI calla. El mundo del deporte prefiere no ver. Pero nombrar es un acto de justicia: debe de haber boicot deportivo a Israel, suspensión inmediata de todas sus federaciones. La memoria no se entierra; se juega en cada partido que se niega a disputar contra el verdugo.
Lo que saben esas madres, esos normalistas, esas trabajadoras, esos estudiantes, esas comunidades, ese maestro que perdió un ojo, ese árbitro deportado, esos trabajadores que vieron evaporarse su ahorro, la memoria perdida de los deportistas palestinos asesinados mientras el mundo miraba para otro lado, ningún experto lo registra.
Saben lo que vale una vida porque han luchado por ella. Saben lo que cuesta la búsqueda -o la defensa del territorio, o la exigencia de justicia, o la dignidad del retiro- porque la han pagado con su tiempo, su salud, su esperanza y, en el caso de muchas mujeres, madres buscadoras y defensores del territorio, con su propia vida.
Ese saber no es inferior al de los técnicos de Hacienda ni al de los voceros del gobierno: es distinto, complementario, imprescindible. Excluirlo de la deliberación pública no solo es injusto: es torpe. Se renuncia al conocimiento más valioso: el de quienes saben, porque lo han sufrido, lo que está en juego.
Mientras haya una sola madre sin respuesta, un normalista criminalizado, un maestro mutilado, un árbitro excluido, una sola comunidad despojada, una bolsa con restos sin nombre, un solo trabajador al que le robaron la pensión mientras el gobierno perdona impuestos a las marcas, mientras se siga asesinando a un solo deportista palestino asesinado; mientras la FIFA calla, la fiesta estará incompleta.
Mientras los privilegios se firmen en la opacidad, las ganancias se embolsen en Zurich y el dolor se administre con eufemismos, el Mundial será la farsa de un país que aprendió a brillar para fuera y a pudrirse por dentro.
Cuando veamos un estadio lleno, pensemos en las 44 personas que desaparecen cada día en nuestro país. Pensemos en todo lo que se ha señalado aquí y que precede y sostiene al mundial del capitaloceno y la necropolítica globalizada.
Las madres , mujeres y familiares de desaparecidos nos enseñan que la lucha por un hijo no termina. Los colectivos sociales que hoy se movilizan nos enseñan que hay causas por las que vale la pena seguir. Porque los derechos se defienden gobierne quien gobierne. Y porque el país que merecemos no es el de los reflectores ni el de las fosas ni el de los privilegios opacos ni el de las ganancias privatizadas, sino el que sea capaz de sentarse a escuchar todas las voces -incluidas las que vienen del dolor más hondo- y decirles, por fin: “Hasta encontrarles. Hasta que regresen. Hasta que ninguna familia tenga que seguir preguntando dónde están”.
¿Qué vamos a hacer con esta información? ¿Compartirla y olvidarla? ¿O convertirla en acción organizada? La respuesta no está en el texto. Está en quienes lo leen.