08/06/2026
Siempre contigo querida y admirada Yan Maldonado
10 años.
Hoy se cumplen diez años de la agresión sexual que cambió mi vida para siempre.
Diez años parecen mucho tiempo. Sin embargo, hay heridas que no reconocen calendarios, que no entienden de aniversarios ni de sentencias cumplidas. Hay acontecimientos que dividen la existencia en dos partes irreconciliables: la vida antes de la violencia y la vida después de ella.
Aquella noche no solamente fui víctima de una agresión sexual. Ese día también se fracturó una parte de mí como madre, como hija, como hermana y como ser humano. La violencia no terminó cuando los agresores se alejaron; apenas comenzaba un camino marcado por el dolor, la ausencia, la incertidumbre y una lucha constante por encontrar justicia.
Existe un detalle que ha permanecido grabado en mi memoria durante estos diez años. Durante la agresión, los responsables desviaron el taxi hacia un lugar solitario, un campo ubicado detrás de uno de los cementerios de Huauchinango. Ese no era un sitio cualquiera para mí. En ese cementerio descansaba mi padre, y ahora, mi madre también descansa ahí.
Era un lugar lleno de significado, un espacio para la memoria, para el encuentro con quienes me dieron la vida, para el recuerdo y el amor. La violencia también me arrebató eso. Transformó un lugar de paz en un escenario de horror. Convirtió un espacio profundamente simbólico en un recordatorio permanente de una de las noches más dolorosas de mi existencia.
Después vino otra forma de violencia: la institucional.
Durante estos diez años he conocido la lentitud de los procesos, la indiferencia burocrática, el desgaste emocional que implica tener que demostrar una y otra vez que una fue víctima. No es una elección. No es un acto de voluntad. Olvidar equivale a mentir, y si mientes, lo que ya fue demostrado vuelve a ponerse en duda. La memoria no es un capricho ni una incapacidad para sanar: es la única prueba que nadie nos puede arrebatar cuando el sistema ha fallado en preservar todas las demás.
Y sin embargo, vivir con esa memoria intacta tiene un precio que nadie calcula ni repara. ¿Cómo se retoma un proyecto de vida cuando recordar es una obligación y olvidar es una traición? ¿Cómo se construye un futuro cuando el pasado no se puede soltar porque soltarlo sería darles la razón a quienes dijeron que nunca ocurrió?
He visto pasar administraciones completas, discursos, promesas y cambios de funcionarios. He escuchado compromisos públicos sobre el acceso a la justicia para las mujeres. Sin embargo, la distancia entre esas palabras y la realidad sigue siendo inmensa.
Un año después de la primera agresión, volví a ser atacada. Por personas distintas. Con un propósito distinto.
No fue un delito aislado. Fue una represalia. Fue un castigo por haber denunciado. Fue un mensaje dirigido a mí y, a través de mí, a todas las mujeres que pudieran atreverse a hacer lo mismo.
La investigadora Rita Segato ha nombrado con precisión este tipo de violencia: una escritura en el cuerpo de las mujeres, un acto que sno habla solo a la víctima, sino a la comunidad entera. La violencia como pedagogía del miedo. Un mensaje que dice: esto es lo que le ocurre a quien denuncia. Esto es lo que le ocurre a quien no obedece. Esto es lo que le ocurre a quien se niega a callar.
Me agredieron para aleccionarme. Para reprenderme. Para intentar devolverme al lugar que el poder decide que deben ocupar las mujeres: el silencio, la invisibilidad, la sumisión.
No lo lograron. Pero el costo de esa resistencia también lo he pagado sola.
La agresión me obligó al desplazamiento forzado. Me alejó de mi hogar, de mis afectos y de mi comunidad. También me alejó de mi madre en los últimos meses de su vida. Ella murió sin que pudiéramos recuperar el tiempo que nos fue arrebatado.
Y el Estado, que debió haberme protegido después de la primera denuncia, tampoco estuvo presente cuando el mensaje llegó por segunda vez sobre mi cuerpo.
Decidí visibilizar mi caso porque la justicia no llegaba en silencio. Porque el sistema no se mueve sin presión. Porque hay mujeres en la misma situación que necesitan saber que no están solas.
Sin embargo, hacer público el dolor no es un acto de exhibición: es un acto de sobrevivencia. Y aun así, la sociedad exige explicaciones. Pide coherencia en el relato de una herida que no tiene forma lineal. Pone en duda la versión de quien ya fue puesta en duda por el Estado.
A las sobrevivientes nos tienen prohibido olvidar.
La salud mental de una sobreviviente no se sostiene intacta. Es imposible. No porque seamos débiles, sino porque cargar con la memoria de la violencia, con la impunidad, con la pérdida, con el desplazamiento, con la muerte de quienes amamos, con la represalia, con el escrutinio público es un peso que ninguna persona debería soportar sola durante diez años.
¿Cómo se repara eso?
¿Cómo se repara la ausencia?
¿Cómo se repara el tiempo perdido entre una madre y una hija?
¿Cómo se repara el miedo, el desarraigo y los años vividos lejos de casa?
¿Cómo se repara una vida que fue obligada a reconstruirse sobre las ruinas de la violencia?
¿Cómo se repara la dignidad de quien fue puesta en duda cada vez que alzó la voz?
¿Cómo se repara el cuerpo que fue usado dos veces como mensaje para acallar a una mujer que se atrevió a denunciar?
Hoy, cuando se cumplen diez años de aquellos hechos, otro acontecimiento se aproxima. En julio de este año, uno de los agresores recuperará su libertad al concluir una sentencia de diez años.
Y no puedo evitar preguntarme qué significa realmente la justicia.
Porque mientras una persona recupera su libertad, las consecuencias de la violencia permanecen. Siguen presentes en el cuerpo, en la memoria, en la familia y en cada proyecto de vida que tuvo que modificarse para sobrevivir.
Decidí confiar en las instituciones. Decidí denunciar. Decidí enfrentar un proceso doloroso porque creí que la justicia era posible.
Diez años después, me duele aceptar que el sistema no estuvo a la altura de esa confianza.
Yanelli Velazco