Pepe Cortés

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Amigas y amigos panistas:Quiero compartirles que ayer, durante la sesión del Consejo Estatal, fui electo integrante de l...
26/07/2026

Amigas y amigos panistas:

Quiero compartirles que ayer, durante la sesión del Consejo Estatal, fui electo integrante de la Comisión Permanente del Consejo Estatal del PAN Veracruz.

Agradezco la confianza de las y los consejeros. Asumo esta responsabilidad con humildad, compromiso y la convicción de seguir trabajando por un PAN más fuerte, más unido y más cercano a la militancia.

Cuenten conmigo para seguir defendiendo nuestros principios y construyendo un mejor futuro para Veracruz y para México.

¡Defendamos Veracruz, defendamos México!

Un fuerte abrazo a todas y todos. 💙🇲🇽

MÉXICO CAMBIÓ CUANDO…1917: México decidió darse nuevas reglasPor: Pepe CortésLas naciones no cambian de un día para otro...
26/07/2026

MÉXICO CAMBIÓ CUANDO…
1917: México decidió darse nuevas reglas

Por: Pepe Cortés

Las naciones no cambian de un día para otro. Cambian cuando deciden transformar las reglas bajo las cuales ejercerán el poder.

Algunas decisiones producen efectos inmediatos. Otras tardan décadas en cambiar el destino de un país. La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1917 pertenece a este segundo grupo.

Después de años de Revolución, devastación e inestabilidad, México enfrentaba una pregunta decisiva: ¿cómo impedir que el poder volviera a depender de la fuerza de los caudillos y no de la fuerza de la ley?

La respuesta fue una nueva Constitución.

Promulgada el 5 de febrero de 1917 en Querétaro, representó mucho más que un nuevo ordenamiento jurídico. Fue el punto de partida para construir un Estado basado en instituciones permanentes, donde el poder estuviera sujeto a reglas y no únicamente a la voluntad de quienes lo ejercían.

Su contenido fue extraordinariamente avanzado para su época. Reconoció derechos sociales para los trabajadores, sentó las bases de la educación pública, definió el régimen constitucional sobre la propiedad de la tierra y de los recursos naturales, reafirmó el federalismo y consolidó la división de poderes como uno de los pilares del Estado mexicano.

Pero una Constitución no transforma por sí sola la realidad.

Una Constitución es el plano. Las instituciones son el edificio.

Construir ese edificio tomó décadas. Generación tras generación, México fue dando forma a ese proyecto constitucional. Surgieron nuevas instituciones para responder a problemas concretos: un banco central para proteger la estabilidad monetaria; municipios con mayores atribuciones para acercar el gobierno a los ciudadanos; instituciones electorales para fortalecer la democracia; tribunales especializados para garantizar la justicia y organismos de fiscalización y rendición de cuentas para vigilar el ejercicio del poder.

Cada institución respondió a un desafío distinto. Todas compartían un mismo propósito: que el poder dejara de depender de personas y comenzara a depender de reglas.

Por eso, estudiar la historia institucional de México no consiste en memorizar fechas. Consiste en comprender cómo una nación fue aprendiendo, muchas veces después de profundas crisis, que las instituciones son la mejor defensa frente a la arbitrariedad.

Nada de eso existió siempre.

Nada apareció por casualidad.

Cada avance fue el resultado de decisiones políticas, reformas constitucionales y ciudadanos convencidos de que un país necesita leyes que sobrevivan a sus gobernantes.

Quizá esa sea la mayor enseñanza de 1917.

Las personas pasan.

Los gobiernos cambian.

Las instituciones permanecen.

Cuando las instituciones son fuertes, permiten que una nación siga avanzando aun cuando cambien quienes ocupan el poder.

Con esta entrega inicia una serie dedicada a recorrer los momentos en los que México decidió transformar sus reglas, fortalecer sus instituciones y redefinir su futuro.

Porque la historia de un país también puede contarse a través de las decisiones que le dieron estabilidad, libertad y rumbo.

Y quizá comprenderlas sea la mejor manera de protegerlas.

Continuará…

Capítulo II: 1925. México decidió tener un banco central.



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Pepe Cortés es economista y abogado por la Universidad Veracruzana, con estudios de posgrado en Administración Pública y Control y Fiscalización. Es consejero estatal del PAN en Veracruz, analista político y económico, y ex director general de Vinculación y Coordinación Hacendaria de la Secretaría de Finanzas y Planeación del Estado de Veracruz.

LOS HOMBRES QUE CAMBIARON MÉXICO: MANUEL GÓMEZ MORINEl arquitecto del México institucionalPor: Pepe CortésLos países no ...
26/07/2026

LOS HOMBRES QUE CAMBIARON MÉXICO: MANUEL GÓMEZ MORIN
El arquitecto del México institucional

Por: Pepe Cortés

Los países no cambian únicamente cuando eligen nuevos gobernantes. Cambian cuando deciden construir instituciones capaces de sobrevivir a los gobiernos, resistir las crisis y dar estabilidad a la vida pública.

México tuvo en el siglo XX a uno de esos grandes constructores.

Su nombre fue Manuel Gómez Morin.

Para muchos mexicanos, su nombre suele asociarse exclusivamente con la fundación del Partido Acción Nacional. Sin embargo, esa es apenas una parte de su legado. Mucho antes de impulsar una fuerza política de oposición, Gómez Morin ya participaba en la construcción de algunas de las instituciones que ayudarían a dar estabilidad al México que emergía de la Revolución.

Para comprender su importancia es necesario regresar al país que encontró.

A principios del siglo XX, México intentaba reconstruirse después de una década de guerra civil. La Revolución había transformado el régimen político, pero aún quedaba una tarea más difícil: construir un Estado capaz de ofrecer estabilidad, generar confianza y establecer reglas duraderas para la convivencia.

Fue en ese contexto donde surgió una generación de jóvenes universitarios convencidos de que el futuro del país no podía edificarse únicamente con discursos ni con victorias militares. Era necesario pasar de la Revolución a la construcción de instituciones.

Manuel Gómez Morin perteneció a esa generación.

En 1915, siendo todavía un joven universitario, escribió un ensayo que marcaría el rumbo de su pensamiento. En él sostenía que México debía dejar atrás la etapa de la destrucción para iniciar una época dedicada a crear “actitudes, obras e instituciones”. Aquella idea no fue solamente una reflexión académica; terminó convirtiéndose en el eje de toda su vida pública.

Como abogado y servidor público participó en la elaboración de leyes fundamentales para la organización financiera del Estado mexicano. Formó parte del grupo que dio origen al Banco de México y presidió su primer Consejo de Administración. Entendía que la estabilidad monetaria no podía depender de decisiones improvisadas, sino de instituciones sólidas, reglas claras y confianza pública.

Su visión también alcanzó al campo mexicano. Participó en el desarrollo del sistema nacional de crédito agrícola porque comprendía que el crecimiento económico requería mecanismos permanentes de financiamiento y no únicamente soluciones de corto plazo.

Años después, como rector de la Universidad Nacional, defendió la autonomía universitaria, convencido de que una universidad solo puede cumplir plenamente su misión cuando conserva la libertad para enseñar, investigar y formar ciudadanos sin subordinación al poder político.

A primera vista, estas responsabilidades parecen pertenecer a ámbitos distintos.

En realidad, todas responden a una misma idea.

Las instituciones importan.

Para Manuel Gómez Morin, una institución no era simplemente una oficina pública. Era un conjunto de reglas, responsabilidades y límites diseñado para que el destino del país no dependiera exclusivamente de la voluntad de quienes ejercían el poder.

Con el paso del tiempo llegó a una conclusión adicional: las instituciones también necesitaban ciudadanos organizados para defenderlas y perfeccionarlas. Esa reflexión lo conduciría, en 1939, a fundar el Partido Acción Nacional. Pero entender su legado únicamente a partir de ese momento sería ignorar más de dos décadas de trabajo dedicadas a construir instituciones para México.

Como ocurre con todos los personajes que dejan huella en la historia, su obra admite distintas interpretaciones y también críticas. Precisamente por ello merece ser estudiado con seriedad, a partir de sus ideas, de los documentos de su tiempo y de las instituciones que ayudó a construir.

Quizá esa sea la lección más vigente que nos dejó.

Los países no se fortalecen únicamente porque cambian de gobierno.

Se fortalecen cuando construyen instituciones que sobreviven a los gobiernos.

Hoy millones de mexicanos utilizan una moneda respaldada por un banco central, estudian en universidades autónomas o viven bajo instituciones que han evolucionado durante décadas. Con frecuencia olvidamos que alguien tuvo que imaginar esos cimientos cuando todavía no existían.

Comprender a Manuel Gómez Morin no significa solamente conocer al fundador de un partido político.

Significa comprender una parte fundamental de la construcción del México institucional.

Porque los gobiernos son pasajeros.

Las instituciones, cuando son fuertes, permanecen.

Y son ellas las que terminan escribiendo la verdadera historia de una nación.



Pepe Cortés es economista y abogado por la Universidad Veracruzana, con estudios de posgrado en Administración Pública y Control y Fiscalización. Es consejero estatal del PAN en Veracruz, analista político y económico, y ex director general de Vinculación y Coordinación Hacendaria de la Secretaría de Finanzas y Planeación del Estado de Veracruz.

LO QUE MÉXICO NO DEBE VOLVER A PERDERLas crisis económicas terminan. Las lecciones que dejan no deberían olvidarse.Por: ...
23/07/2026

LO QUE MÉXICO NO DEBE VOLVER A PERDER
Las crisis económicas terminan. Las lecciones que dejan no deberían olvidarse.
Por: Pepe Cortés

Hay generaciones que conocieron las grandes crisis económicas en los libros de historia. La mía las conoció antes de terminar la secundaria.

En 1994 yo cursaba el segundo grado. Recuerdo bien a mi maestro de matemáticas: dedicaba buena parte de la clase a hablar del levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, cuestionaba el recién firmado Tratado de Libre Comercio y organizaba colectas de víveres para Chiapas.

Mientras en aquel salón discutíamos lo que ocurría en el sur del país, México comenzaba a entrar en una de las etapas más complejas de su historia económica reciente.

1994 parecía avanzar demasiado rápido para un solo país. El TLCAN entró en vigor el 1 de enero. Ese mismo día irrumpió el EZLN. Meses después llegaron los asesinatos políticos, la incertidumbre, la salida masiva de capitales y la disminución acelerada de las reservas internacionales.

Y entonces llegó la devaluación.

El peso se desplomó y las tasas de interés se dispararon. Hipotecas que parecían manejables se volvieron impagables. Empresas que habían tardado años en levantarse bajaron la cortina en cuestión de meses. Empleos desaparecieron y patrimonios construidos durante toda una vida perdieron su valor en muy poco tiempo.

Las cifras macroeconómicas se convirtieron en dramas familiares. Porque una crisis económica nunca se queda en los indicadores ni en los mercados financieros: tarde o temprano entra a las casas, se sienta a la mesa, cancela oportunidades y obliga a miles de personas a empezar de nuevo.

No era la primera vez.

Apenas doce años antes, en 1982, México había enfrentado otra gran crisis: endeudamiento excesivo, desequilibrios fiscales, inflación, devaluaciones y la incapacidad de cumplir oportunamente sus compromisos financieros.

Las causas de 1982 y 1994 fueron distintas.

La enseñanza fue la misma.

La confianza tarda años en construirse y apenas unos días en pulverizarse.

Cuando la confianza se quiebra, no solo reaccionan los mercados. Las familias frenan el gasto, los empresarios posponen inversiones, los ahorradores buscan proteger su patrimonio y el futuro comienza a percibirse como una amenaza.

La economía suele explicarse con números, pero en realidad funciona a partir de decisiones humanas. Y ninguna decisión económica importante existe sin confianza.

Invertir exige confiar en que las reglas no cambiarán a capricho. Ahorrar exige confiar en que la moneda conservará razonablemente su valor. Contratar trabajadores, ampliar un negocio o comprar una vivienda exige certidumbre jurídica y estabilidad.

El dinero puede imprimirse.

La confianza no.

Reconstruirla exigió décadas de decisiones difíciles. La autonomía del Banco de México, una política monetaria responsable, la acumulación de reservas internacionales, una mayor disciplina fiscal y la integración comercial con América del Norte no resolvieron todos los problemas del país ni garantizaron por sí solas la prosperidad.

Pero sí levantaron un muro de contención frente a errores que México ya conocía demasiado bien.

Hoy nuestro país no vive las condiciones de 1982 ni las de 1994. Afirmarlo sería históricamente incorrecto y políticamente irresponsable. Sin embargo, las lecciones de aquellos años conservan una vigencia incuestionable.

En 2026, México, Estados Unidos y Canadá enfrentan la revisión del T-MEC. No se trata únicamente de aranceles, reglas de origen o procedimientos comerciales. Está en juego la certidumbre con la que empresas nacionales y extranjeras decidirán invertir, ampliar operaciones, trasladar cadenas de producción y generar empleos durante la próxima década.

Para México, el tratado representa mucho más que exportaciones. Significa acceso al mercado más grande del mundo y una oportunidad extraordinaria para aprovechar la relocalización de inversiones y cadenas de suministro.

Pero ningún acuerdo internacional puede sustituir la tarea interna.
No habrá inversión suficiente si las reglas cambian constantemente, si la política desplaza al criterio técnico, si los contratos pierden fuerza o si la incertidumbre se convierte en la norma.

Los mercados tienen memoria. Nunca empiezan de cero. Recuerdan las expropiaciones, las devaluaciones, los incumplimientos y las reglas modificadas a mitad del partido.

Cada inversión incorpora una pregunta silenciosa:
¿Puedo confiar en que las reglas seguirán siendo las mismas?
Los inversionistas pueden mover su capital en cuestión de horas. La confianza tarda años en regresar. Por eso el capital no solo calcula cuánto puede ganar: también calcula cuánto puede perder.

Pero la memoria económica no debería pertenecer únicamente a los mercados. También debe formar parte de la memoria de los ciudadanos.

Porque detrás de cada crisis no hay solamente estadísticas. Hay familias que perdieron su patrimonio, jóvenes que interrumpieron sus estudios, pequeños comercios que cerraron para siempre y proyectos de vida que quedaron inconclusos.

La memoria económica no consiste en vivir atemorizados por el pasado. Consiste en aprender de él para impedir que los mismos errores vuelvan a repetirse.

México ha demostrado que puede controlar la inflación, estabilizar sus finanzas e integrarse al mundo. Lo que no puede permitirse es olvidar cuánto costó construir esos cimientos.

Las instituciones pueden reformarse. Los modelos económicos deben evolucionar. Las políticas públicas siempre serán perfectibles. Nada es intocable.

Pero cualquier cambio estructural debería responder una pregunta fundamental:

¿Fortalece o debilita la confianza en México?

Las crisis económicas terminan.

Las deudas se pagan.

Las monedas pueden recuperar estabilidad.

Las inversiones pueden regresar.

Lo que tarda mucho más en reconstruirse es la confianza.

Los países pueden recuperarse de una crisis económica. Lo verdaderamente peligroso es que olviden las decisiones que los condujeron a ella y obliguen a una nueva generación a pagar nuevamente la cuenta.

La estabilidad, la confianza y la memoria económica no pertenecen a un gobierno ni a un partido.

Son patrimonio de todos los mexicanos.

Y eso es, precisamente, lo que México no debe volver a perder.


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Pepe Cortés es economista y abogado por la Universidad Veracruzana, con estudios de posgrado en Administración Pública y Control y Fiscalización. Es consejero estatal del PAN en Veracruz, analista político y económico, y ex director general de Vinculación y Coordinación Hacendaria de la Secretaría de Finanzas y Planeación del Estado de Veracruz.

¡México merece buenos gobiernos, no complicidad!Quienes gobiernan deben enfrentar al crimen, no protegerlo. Las familias...
22/07/2026

¡México merece buenos gobiernos, no complicidad!

Quienes gobiernan deben enfrentar al crimen, no protegerlo. Las familias necesitan autoridades con carácter, honestidad y resultados.

En Acción Nacional impulsamos con gobiernos que hagan cumplir la ley y defiendan a los ciudadanos.


XALAPA VIVE PENDIENTE DEL CALENDARIO DEL AGUALa discusión ya no debe centrarse únicamente en la disponibilidad del agua,...
22/07/2026

XALAPA VIVE PENDIENTE DEL CALENDARIO DEL AGUA

La discusión ya no debe centrarse únicamente en la disponibilidad del agua, sino en la capacidad del sistema para garantizar el servicio.

Por: Pepe Cortés

Hay algo que los xalapeños hemos terminado por normalizar: vivir pendientes del agua.

Muchas familias organizan su vida diaria consultando el calendario de tandeos. Saben qué día llegará el servicio, cuándo deberán llenar el tinaco, almacenar agua o encender la bomba. Lo que debió ser una medida excepcional terminó convirtiéndose en una forma habitual de organizar la vida.

Sin embargo, una capital no debería acostumbrarse a vivir así.

La discusión sobre el agua en Xalapa suele centrarse en la disponibilidad del recurso. Sin duda, ese es un factor determinante. Pero garantizar el suministro depende también de la infraestructura que la conduce, la almacena y la distribuye. No basta con tener agua; se necesita un sistema capaz de llevarla de manera continua, suficiente y confiable hasta los hogares.

Los acontecimientos recientes demuestran que esta conversación debe ir más allá de la coyuntura.

Hace unos días, la Comisión Municipal de Agua Potable y Saneamiento informó que un deslizamiento de tierra dañó una línea de conducción de 16 pulgadas proveniente de la zona del Cofre de Perote, afectando el suministro en diversas colonias. Los fenómenos naturales pueden ser inevitables. La pregunta importante es otra: ¿Qué tan preparado está el sistema hidráulico de Xalapa para enfrentar este tipo de contingencias sin interrumpir el servicio durante días?

Las ciudades modernas no diseñan sus servicios públicos pensando únicamente en los días en que todo funciona correctamente. Los diseñan bajo un principio fundamental: la resiliencia, entendida como la capacidad de absorber un impacto, reducir las afectaciones y recuperar la normalidad en el menor tiempo posible.

La fortaleza de un sistema no se demuestra cuando todo marcha bien, sino cuando enfrenta una emergencia.

Por ello, las constantes protestas vecinales por la falta de agua muestran que el asunto dejó de ser exclusivamente técnico para convertirse en un problema social. Nadie bloquea una avenida por gusto. Lo hace cuando considera que ya agotó las demás formas de ser escuchado. Esa realidad debería llevarnos a discutir cómo evitar que las crisis se repitan, en lugar de reaccionar únicamente cuando ya ocurrieron.

También es justo reconocer que existen acciones en marcha. La CMAS Xalapa realiza reparaciones de fugas, sustituye tuberías obsoletas y ejecuta diversas obras de mantenimiento. Son trabajos necesarios y sería injusto no reconocerlos.

Sin embargo, el mantenimiento no sustituye la modernización.

El propio Plan Municipal de Desarrollo 2026-2029 identifica el agua como el principal desafío de la ciudad y plantea proyectos para fortalecer el sistema hidráulico. A ello se suma el acueducto anunciado en 2025 por el Gobierno del Estado y la Comisión Nacional del Agua para reforzar el abastecimiento durante las próximas décadas.

Todo ello apunta en la dirección correcta.

Ahora bien, los ciudadanos también necesitamos conocer la ruta de ejecución. ¿En qué etapa se encuentra el proyecto del acueducto? ¿Cómo se articula con la estrategia municipal? ¿Cuál será el calendario de inversión? ¿Qué metas concretas permitirán disminuir gradualmente la dependencia de los tandeos?

No son preguntas para alimentar la confrontación política. Son preguntas propias de una sociedad que quiere conocer cómo se resolverá uno de los problemas que más afecta su calidad de vida.

Existe, además, un impacto económico del que se habla poco.

El costo real del agua no termina cuando llega el recibo de CMAS. Para miles de familias xalapeñas, el desabasto se traduce en gastos adicionales que rara vez aparecen en los estados financieros: la compra de tinacos, cisternas, bombas hidráulicas, el mantenimiento de esos equipos, la adquisición permanente de garrafones e, incluso, en algunos casos, la contratación de pipas particulares. Cuando el suministro deja de ser continuo, una parte del costo del sistema termina trasladándose a los hogares.

Ese también es el precio del agua.

Pero, en el fondo, la discusión no es únicamente sobre tuberías, bombas, válvulas o acueductos. Es sobre la confianza.

Un organismo operador del agua no existe para justificar una estructura administrativa. Existe para cumplir la misión para la que fue creado: garantizar que todos los días llegue agua potable a los hogares de Xalapa.

El verdadero éxito de un sistema operador no consiste en administrar la escasez. Consiste en generar confianza. Confianza para que las familias puedan planear su vida sin depender de un calendario de tandeos. Confianza para abrir la llave cualquier día del año y saber que habrá agua.

Y esa confianza también se construye con calidad.

Una ciudad moderna debería aspirar a que sus habitantes puedan beber agua directamente de la llave con la tranquilidad de que cumple los estándares sanitarios. ¿Cuántos xalapeños aceptarían hoy el reto de beber un vaso de agua directamente de la llave de su casa?

La respuesta probablemente diga más sobre nuestro sistema de agua potable que cualquier informe técnico.

Porque el objetivo final no es tener un organismo operador más grande. El objetivo es contar con un sistema de agua potable más eficiente, más resiliente y más confiable.

Cuando llegue ese día, Xalapa dejará de vivir pendiente del calendario del agua y empezará a vivir con la tranquilidad de que un servicio público esencial está cumpliendo con la función para la que fue creado. Ese día habremos recuperado la confianza.





Pepe Cortés es economista y abogado por la Universidad Veracruzana, con estudios de posgrado en Administración Pública y Control y Fiscalización. Es consejero estatal del PAN en Veracruz, analista político y económico, y ex director general de Vinculación y Coordinación Hacendaria de la Secretaría de Finanzas y Planeación del Estado de Veracruz.

CUANDO EL PODER QUIERE DECIDIR LO QUE DEBES VERNo hay libertad de prensa sin libertad de expresión, ni libertad de expre...
21/07/2026

CUANDO EL PODER QUIERE DECIDIR LO QUE DEBES VER
No hay libertad de prensa sin libertad de expresión, ni libertad de expresión sin ciudadanos libres para elegir.

Por: Pepe Cortés

Hay decisiones que parecen insignificantes. Cambiar de canal, elegir una estación de radio, abrir un periódico o seguir una cuenta en redes sociales forman parte de la vida diaria. Sin embargo, detrás de esos actos aparentemente simples se encuentra una de las libertades más importantes de una democracia: la libertad de elegir qué información consumimos y en quién decidimos confiar.

La democracia parte de una premisa sencilla, pero profunda: los ciudadanos son capaces de pensar por sí mismos. Por eso el Estado no decide qué periódico debemos leer, qué estación debemos escuchar o qué canal debemos ver. Su obligación no es orientar nuestras preferencias, sino garantizar que podamos ejercerlas en libertad.

En toda democracia existe una tensión natural entre el poder político y los medios de comunicación. Los gobiernos buscan explicar y defender sus decisiones; los medios investigan, cuestionan y, en ocasiones, también se equivocan. Esa relación puede resultar incómoda, pero es indispensable. Una prensa complaciente debilita a la democracia; un poder que no tolera el escrutinio también.

Esa tensión volvió a hacerse evidente cuando la presidenta Claudia Sheinbaum pidió públicamente a los ciudadanos no ver TV Azteca. Sin embargo, el Mundial contó una historia diferente. Fueron las personas, desde sus casas y con el control remoto en la mano, quienes decidieron qué transmisión seguir, qué narradores escuchar y qué canal preferir.

La realidad terminó recordando algo elemental: las preferencias de los ciudadanos no se decretan desde el poder.

El Mundial no convirtió a una televisora en árbitro de la verdad ni resolvió las diferencias entre el gobierno y un medio de comunicación. Pero sí dejó una lección democrática: la decisión final pertenece a la audiencia. El ciudadano puede coincidir con el gobierno, respaldar al medio, desconfiar de ambos o cambiar de canal. Lo importante es que conserve el derecho de decidir sin instrucciones del poder.

El problema no es que un gobierno responda a las críticas. En una sociedad libre, toda autoridad tiene derecho a defender sus decisiones, presentar argumentos, exhibir datos y señalar información falsa. La libertad de expresión también protege a quienes gobiernan.

El problema comienza cuando la respuesta institucional se transforma en una recomendación para dejar de escuchar, leer o ver a determinadas voces. En ese momento, la discusión ya no gira únicamente alrededor de la veracidad de una noticia. También aparece una pregunta más profunda: ¿Debe el poder político indicarle a la sociedad cuáles medios merecen ser escuchados?

Existe, además, un elemento que suele pasar inadvertido: la confianza.

Ni el gobierno puede decretarla ni los medios pueden exigirla. La confianza se construye lentamente, mediante credibilidad, coherencia y hechos. Puede tardar años en consolidarse, perderse en cuestión de días y resultar muy difícil de recuperar.

Cuando un gobierno intenta influir en las preferencias informativas de la sociedad, el problema no es únicamente la crítica contra un medio. El mensaje implícito es que los ciudadanos necesitan que el poder les indique qué voces merecen su confianza. Esa lógica contradice el principio mismo de una sociedad libre.

Pero esa exigencia también alcanza a los medios de comunicación.

La libertad de prensa no constituye una patente de infalibilidad. Los medios tienen la responsabilidad de verificar los hechos, distinguir con claridad entre información y opinión, corregir sus errores y actuar con independencia. Su credibilidad no depende únicamente del tamaño de su audiencia, sino de la confianza que sean capaces de generar.

Un medio no se vuelve confiable porque millones de personas lo sintonicen, así como un gobierno no se vuelve incuestionable porque haya ganado una elección. La audiencia otorga alcance; las urnas conceden legitimidad. Pero la confianza debe ganarse todos los días.

Al final, tanto los gobiernos como los medios enfrentan el mismo desafío: ninguno puede imponer la confianza. Ambos deben construirla con hechos.

En una democracia, el mejor árbitro no es el poder político ni las empresas de comunicación. Es la ciudadanía.

Cada persona tiene derecho a contrastar versiones, cuestionar afirmaciones, identificar intereses y formar su propio criterio. Un ciudadano libre no necesita tutores para decidir qué leer, qué escuchar o a quién creer. Necesita información suficiente, diversidad de voces y libertad para elegir.

Las sociedades abiertas no se construyen sobre verdades oficiales ni sobre voces únicas. Se construyen mediante el libre intercambio de ideas, la competencia entre argumentos y la confianza en que los ciudadanos poseen la madurez necesaria para decidir por sí mismos.

La libertad de prensa protege a los medios.

La libertad de expresión protege las ideas.

La confianza no se decreta: se gana.

Y la democracia protege el derecho del ciudadano a decidir.

Porque el control remoto no le pertenece al gobierno.

Le pertenece a la sociedad.



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Pepe Cortés es economista y abogado por la Universidad Veracruzana, con estudios de posgrado en Administración Pública y Control y Fiscalización. Es consejero estatal del PAN en Veracruz, analista político y económico, y ex director general de Vinculación y Coordinación Hacendaria de la Secretaría de Finanzas y Planeación del Estado de Veracruz.

ESPAÑA GANÓ EL MUNDIAL. NORUEGA GANÓ ALGO MÁS DIFÍCIL.Por: Pepe Cortés | España levantó la Copa del Mundo y le devolvió ...
20/07/2026

ESPAÑA GANÓ EL MUNDIAL. NORUEGA GANÓ ALGO MÁS DIFÍCIL.
Por: Pepe Cortés |

España levantó la Copa del Mundo y le devolvió al fútbol algo que parecía haberse extraviado entre sospechas y polémicas: la certeza de que el talento, cuando se cultiva con proyectos de largo plazo, termina por imponerse en la cancha.

España ganó el Mundial.

Sin embargo, a miles de kilómetros y lejos de los reflectores de la final, otro país dejó una lección que trasciende la pelota.

Noruega no levantó el trofeo.

Conquistó algo que ningún torneo puede otorgar: la confianza de sus ciudadanos.

Esa victoria no dura noventa minutos. Exige décadas.

La explicación habitual sobre la prosperidad noruega suele resumirse en una sola palabra: petróleo. Es una respuesta tan cómoda como incompleta. Si la riqueza dependiera únicamente de los recursos naturales, Venezuela, Nigeria o Irak figurarían entre las economías más prósperas del planeta. La experiencia demuestra exactamente lo contrario: la abundancia sin instituciones suele convertirse en una condena. La diferencia casi nunca está bajo el suelo; está en las instituciones.

Cuando Noruega descubrió importantes yacimientos en el Mar del Norte, a finales de la década de 1960, entendió un riesgo que muchos otros países ignoraron: la bonanza mal administrada termina por destruir economías. En lugar de ceder a la tentación del gasto inmediato, decidió transformar un recurso finito en un patrimonio para las generaciones futuras.

Así nació el Fondo Global de Pensiones del Gobierno de Noruega, hoy el fondo soberano más grande del mundo, con activos superiores a los dos billones de dólares e inversiones en miles de empresas alrededor del planeta.

Pero su verdadera fortaleza no es el tamaño.

Es el blindaje institucional que lo protege.

El gobierno solo puede utilizar una fracción de los rendimientos del fondo para financiar el presupuesto público. El capital permanece intacto. Con disciplina fiscal, reglas claras y absoluta transparencia, la riqueza petrolera financia el bienestar de los ciudadanos de hoy sin comprometer el de quienes todavía no nacen.

Mientras otras naciones utilizaron ingresos extraordinarios para expandir el gasto corriente o financiar proyectos de rentabilidad política inmediata, Noruega eligió la estabilidad.

Sin embargo, el fondo soberano no es la causa de su éxito.
Es la consecuencia de algo mucho más profundo.

Noruega figura de manera consistente entre los países con menor corrupción, mayor Estado de derecho y mejores niveles de transparencia del mundo. Los gobiernos cambian; las reglas permanecen. Las empresas invierten porque existe certeza jurídica. Los ciudadanos pagan impuestos porque saben que los recursos públicos serán administrados con responsabilidad. Los mercados financian al Estado porque las decisiones económicas no dependen del humor político del gobierno en turno.

La confianza también genera riqueza.

Reduce el costo del financiamiento, atrae inversión, fortalece el ahorro, impulsa la productividad y permite que un país tome decisiones pensando en las próximas generaciones, y no únicamente en la siguiente elección.

No es solamente un valor democrático.

Es uno de los activos económicos más valiosos que puede construir una nación.

Por supuesto, Noruega no está exenta de desafíos. El envejecimiento de su población, la transición energética y la necesidad de diversificar su economía pondrán a prueba su modelo durante las próximas décadas. La diferencia radica en que esos problemas se discuten y corrigen antes de convertirse en crisis. Sus instituciones permiten ajustar el rumbo sin destruir la confianza.
Quizá esa sea la verdadera enseñanza que nos dejó este Mundial.
España conquistó con pleno mérito la cima del fútbol.

Pero Noruega recordó que existen triunfos mucho más complejos.

Un campeonato puede ganarse en un torneo extraordinario.

La confianza de una nación exige décadas de reglas estables, instituciones sólidas y gobernantes capaces de pensar más allá del siguiente periodo de gobierno.

Porque las naciones no se transforman cuando descubren petróleo. Se transforman cuando construyen instituciones capaces de merecer la confianza de sus ciudadanos. Esa sigue siendo la victoria más difícil de todas.


Pepe Cortés es economista y abogado por la Universidad Veracruzana, con estudios de posgrado en Administración Pública y Control y Fiscalización. Es consejero estatal del PAN en Veracruz, analista político y económico, y ex Director General de Vinculación y Coordinación Hacendaria de la Secretaría de Finanzas y Planeación del Estado de Veracruz.

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