27/05/2025
¿Te han dicho alguna vez que eres “un ejemplo de vida” solo por vivir con discapacidad?
¿Que “inspiras” por hacer cosas cotidianas?
¿Que debes demostrar que puedes, siempre, sin fallar?
El capacitismo no siempre grita, a veces susurra:
—“Demuestra que vales”.
—“Hazlo mejor que todos”.
—“No te equivoques, porque ya estás en desventaja”.
Y así, nos presiona a rendir más, a justificar cada paso, a cargar con la expectativa de ser extraordinarios todo el tiempo.
Nuestro valor se mide en función de la discapacidad: en ser ejemplo para los demás, en ser perfectos dentro de lo imperfecto —porque siempre te consideran imperfecto, de menos valía, alguien que no puede fallar.
No está mal esforzarse.
No está mal dar lo mejor.
Lo que está mal es que se normalice la desigualdad y, desde ahí, se exija rendimiento.
Es como competir en una carrera en la que a unos les dan tenis y pista, y a otros se les dice que corran descalzos, sin equipo, y con obstáculos… pero que aun así deben llegar, y llegar sonriendo.
Esa no es motivación. Eso es injusticia disfrazada.
El problema no es la cultura del esfuerzo, sino la presión constante de tener que demostrar que se puede, incluso desde la desventaja.
Como si cada paso tuviera que justificar nuestra presencia en el mundo.
Capacitismo también es hacer alarde de las barreras, y reconocer o felicitar cuando se elimina una barrera o cuando las personas con discapacidad la derriban solas, como si eso fuera excepcional.
Por eso le resulta más atractiva a la sociedad una historia de superación que muestra cómo una persona con discapacidad elimina barreras sola, que una capacitación que explique cómo eliminarlas colectivamente.
Quítate las cargas.
Quítate la idea de que tienes que demostrarle algo a alguien.
Hazlo por ti, para ti.
Yo hoy —y siempre— doy lo mejor de mí.
En cada espacio, con cada persona.
Pero lo hago por mí.
Nunca más por sentir que tengo que probar que puedo.
Y esto me lo repito, porque el capacitismo también se mete adentro, y a veces hay que sacárselo del alma.
Así que me lo recuerdo, con calma y con cariño:
no tengo que demostrar nada.
Solo vivir, sentir y ser.
Eso basta.
Texto redactado por
Lic. Luis Fernando Cabrera Peñaloza