10/06/2026
“Hay que hacer posible que la política derrote a las armas”: Sub Marcos
El Diálogo que puede salvarnos
Por Jaime Cleofas Martínez Veloz
I. Un país que se está quedando sin aliento
México necesita un Diálogo Nacional.
Lo digo como quien escupe tierra después de una jornada larga:
nos estamos quedando sin país.
No es exageración.
No es discurso.
Es lo que se ve en la carretera, en la banqueta, en la fila del agua, en la frontera, en la sierra, en la selva.
El país se está rompiendo por dentro
mientras los de arriba siguen hablando como si todo fuera un malentendido.
II. Coahuila: donde el polvo se mete en la boca y en la política
Coahuila es un territorio donde el silencio pesa más que el calor.
Aquí la gente trabaja hasta que el cuerpo truena.
Aquí la mina se traga vidas y escupe riqueza que nunca se queda.
Mientras la gente se partía el lomo,
el país entregaba millones de hectáreas a la minería,
como si el territorio fuera un catálogo de ofertas.
Y no solo eso:
México firmó un convenio con Canadá que permite que el ISR de las mineras
se pague allá, no aquí.
Es decir:
la riqueza sale por toneladas
y los impuestos se van por avión.
En la Carbonífera vi cómo el Estado se retiraba
y el crimen organizado entraba como dueño.
No fue casualidad.
Fue diseño.
Cuando privatizaron el territorio,
privatizaron también la seguridad.
Y cuando privatizaron la seguridad,
el crimen la compró.
III. Baja California: donde la frontera huele a mar, a metal y a miedo
Tijuana es un lugar donde el país se deshace en cámara lenta.
Una ciudad donde el Estado llega tarde
y el crimen llega temprano.
Cuando privatizaron los puertos y los aeropuertos,
no trajeron modernidad:
trajeron opacidad.
Los puertos privatizados se volvieron corredores perfectos
para el fentanilo, las armas, el contrabando, la trata.
No porque la gente fuera mala,
sino porque el Estado dejó de estar ahí.
En Baja California vi cómo el crimen organizado no solo controlaba territorios:
controlaba permisos, aduanas, rutas, funcionarios.
Cuando privatizaron los puertos,
privatizaron la soberanía.
Y cuando privatizaron la soberanía,
el crimen la compró.
IV. Chiapas: donde la dignidad resiste aunque el Estado no llegue
La selva Lacandona no es paisaje:
es advertencia.
Ahí entendí que México habla lenguas que el poder no quiere aprender.
Que los pueblos indígenas no piden inclusión:
piden que se cumpla lo que ya se firmó.
Mientras se negociaban los Acuerdos de San Andrés,
el país hacía lo contrario:
entregaba territorios indígenas a mineras extranjeras.
La selva me enseñó que la pobreza no es natural:
es política.
Y que la dignidad puede vivir sin Estado,
pero no sin palabra.
V. El país que se entregó mientras nadie miraba
Mientras privatizaban puertos, aeropuertos, carreteras, bancos, minas, energía,
las veinte familias más ricas de México
acumularon lo mismo que decenas de millones de mexicanos juntos.
No es metáfora.
Es matemática.
Y mientras esas fortunas crecían,
el crimen organizado también crecía.
Porque un país donde la riqueza se concentra arriba
y la pobreza se concentra abajo
es un país donde el crimen encuentra mano de obra, territorio y protección.
El modelo económico no solo creó desigualdad:
creó condiciones para que el crimen organizado se volviera Estado.
VI. 1995: el día en que México respiró… y luego lo ahogaron
Cuando la Cocopa propuso el Diálogo Nacional,
México estuvo a punto de corregir el rumbo.
El EZLN aceptó.
El Congreso aceptó.
El país estaba listo.
Pero el gobierno no.
El gobierno tenía miedo.
Porque un Diálogo Nacional habría cuestionado el modelo económico.
Habría frenado las privatizaciones.
Habría revisado las concesiones.
Habría devuelto la voz a los territorios.
Por eso lo dejaron morir.
Por eso traicionaron San Andrés.
Por eso apagaron la luz.
VII. Lo que un Diálogo Nacional puede reparar (sin adornos)
Un Diálogo Nacional puede:
• Revisar las concesiones mineras que entregaron el país.
• Recuperar los puertos y aeropuertos privatizados.
• Romper el convenio fiscal que regala impuestos a Canadá.
• Frenar la concentración obscena de la riqueza.
• Reconstruir el Estado en territorios capturados por el crimen.
• Devolverle la voz a quienes nunca la tuvieron.
• Refundar el pacto social roto.
No es un evento.
Es una cirugía.
Una intervención a corazón abierto.
VIII. La frase del Subcomandante Marcos como sentencia
Cuando el Subcomandante Marcos dijo a los integrantes de la COCOPA, que en ese momento platicábamos con el:
“Hay que hacer posible que la política derrote a las armas”,
no estaba haciendo poesía.
Estaba diciendo la verdad más dura de este país:
si la política no derrota a las armas,
las armas seguirán derrotando a México.
Esa frase no es brújula:
es ultimátum.
IX. El país que me hizo y el país que me duele
Escribo esto con la voz raspada por el polvo,
por las carreteras que conozco de memoria,
por los territorios que me formaron:
Desde Coahuila, donde el silencio fue política.
Desde Baja California, donde la frontera se volvió botín.
Desde Chiapas, donde la dignidad resiste aunque el Estado no llegue.
Ahí entendí que un país no se salva con discursos:
se salva con acuerdos.
Y que México —mi México, nuestro México—
todavía puede hablarse.
Todavía puede escucharse.
Todavía puede salvarse.
Pero solo si la política derrota a las armas.
Y solo si el país deja de ser mercancía
y vuelve a ser comunidad.