22/04/2026
Noticieros, redes sociales, entrevistas, boletines, anuncios gubernamentales, cuchicheo, opiniones, defensores, ofensivas, descalificaciones, ninguneo, todo hierve alrededor de la actual promoción al fracking que realiza la presidencia de la república. La fractura hidráulica o fracking es una técnica de extracción de hidrocarburos prohibida en países como Francia, Bulgaria, Luxemburgo, Italia, Alemania, Irlanda y Uruguay, e incluso en estados y provincias de España, Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda, Argentina y Brasil, debido a los graves impactos que genera en cuerpos y afluentes de agua superficiales y subterráneos, suelos, aire, agricultura, salud humana y más que humana y, particularmente alarmante para los tiempos que corren, por la contribución de Gases de Efecto Invernadero (GEI) como el metano, franco acelerador del calentamiento global (cf. CHPNY y PSR, 2023). La literatura existente presenta algunas innovaciones en la implementación de esta técnica, que si bien son experimentales, logran reducir el uso de agua, que ordinariamente puede requerir para extraer tan sólo el 1% de gas no convencional, de entre 5 millones 466 mil litros a 47 millones 97 mil litros de agua, dependiendo del tipo de pozo que sea necesario (Flores y Llano, 2025). La reutilización de agua, el empleo de agua salada o la implementación de componentes menos tóxicos a los que actualmente se emplean, requiere de procesos que imponen mayor inversión económica, por lo que su uso se vuelve muy limitado. Los costos del fracking son de por sí suficientemente altos, su baja productividad y el pronto declive que presenta cada pozo fracturado (en aproximadamente un año) hacen que sean inversiones cuantiosas con riesgos muy elevados (Ferrari, 2026). Y sin embargo, pese a las promesas de campaña que afirmaban su prohibición hoy, desde las más altas esferas del poder gubernamental, el fracking se promociona como solución a la dependencia energética.
El argumento se presenta bajo la imperante necesidad de soberanía energética –abanderada desde el sexenio anterior que, por cierto, financió numerosos proyectos de exploración de yacimientos no convencionales–, frente a los cada vez mayores volúmenes de importación de gas que se requieren para la generación de energía eléctrica (más del 75% que produce el 65% de esa energía), al haber orientado esta rama de generación energética a ciclos combinados que imponen combustión de fósiles. La apelación al nacionalismo que en nada extraña como recurso ideológico de las últimas administraciones, no deja de presentar la paradoja de apostar la supuesta soberanía energética hacia empresas estadounidenses de fracking, quienes no sólo participarán con tecnología, experiencia y patentes, sino también con recursos económicos invertidos en proyectos con la empresa petrolera más endeudada del mundo. Más aún, nada garantiza que la producción de gas generada por fracking en nuestro país salde la demanda nacional de forma constante, ni mucho menos duradera, pero eso sí, el privilegio residirá en dar continuidad a la injusticia y racismo ambiental que caracteriza la implementación de esta técnica, tal como ha sucedido en la cuenca Tampico-Misantla con el proyecto Aceite Terciario del Golfo (González, 2023; 2024), porque en materia de producción de zonas de sacrificio no hay que olvidarlo, “primero los pobres”.
El pasado 15 de abril la Doctora Claudia Sheinbaum presentó un comité científico que evaluará las posibilidades de implementación de fracking de nueva generación, integrado por connotados investigadores de diferentes centros de trabajo que, no sin el recurso de legitimación realizado por tres rectores de tres importantes universidades del país, ofrecerán los argumentos para ponderar la pertinencia en materia de ingeniería e impacto ambiental que presentan las innovaciones sobre el fracking. El perfil de los científicos no presenta duda sobre la prioridad técnica –y colonialidad del saber– que se impone, dejando de lado dimensiones fundamentales como las relacionadas a la salud, a derechos humanos y a las implicaciones socioculturales de la implementación de esta técnica. La presidenta enfatizó a su vez que no se realizará nada sin diálogo con las comunidades, lo cual no debería obviar lo que al menos tres asambleas regionales intercomunitarias han expresado: la Asamblea del Trueno, en Papantla, el Foro Regional Huasteca No al fracking en defensa del territorio, el agua y la vida, en San Luis Potosí, y la Asamblea en defensa del territorio para la construcción de planes de vida de los Pueblos Masewal, Tutunakú y mestizo, de la Sierra Norte de Puebla, quienes rechazan contundentemente la utilización de fracking. Todo indica que la necesidad de un diálogo que opere más allá de la opinión de expertos resulta más que necesario.
El recurso de validación edulcorada por expertos es algo más que conocido, “expertos del desarrollo para ampliar su área de atención y para vigilar el agua y los suelos, el aire y la utilización de la energía. Pero el desarrollo se queda en lo de siempre, en una gama de invenciones para elevar el PNB [Producto Nacional Bruto]”, habría dicho Wolfgang Sachs al dar cuenta del modo en que el medio ambiente fue considerado a partir de los años 70. Cuesta trabajo pensar que una decisión como la de implementar una políticas energética que implica la utilización de técnica tan impactante y polémica como la del fracking implique sólo opiniones científicas asépticas: la matriz energética fósil es fundamental en el sistema de acumulación contemporáneo, participar en ella, apostar por ella, tal como hace la actual administración, es dar continuidad a las esferas de explotación y muerte que le caracterizan históricamente (cf. Malm, 2020 [2017]).
A finales de los años 80 el antropólogo mexicano Guillermo Bonfil Batalla escribió un libro que resultó significativo para dar a ver la situación de numerosos pueblos en la constitución nacional: México profundo. Una civilización negada (1994 [1987]) mostraba que había dos realidades en la que una, ilusoria, borraba una pluralidad constitutiva fundamental para el futuro de la nación. Así pues, podríamos decir que, en el México ilusorio que presenta la cuarta transformación, las decisiones en materia de política energética se realizan de forma soberana, lejos de presiones geopolíticas, objetiva y científicamente informadas, realizadas bajo las mejores prácticas internacionales a través de un concierto de empresas que se hacen cargo de sus “externalidades” –obviando el “secreto sucio” del capitalismo, como le llamaba Wallerstein (1998)– cuya producción subsana la dependencia energética a la cual se condenó al país por décadas y que, mejor aún, es sensible a las necesidades y aspiraciones locales y planetarias. No obstante, en el otro México, aquel constituido por numerosos pueblos a los que hemos acompañado por más de 15 años en los apremios que impone la indolente extracción petrolera, la promoción de fracking no es otra que un agravio más sobre su autonomía y autodeterminación, que se encarna en pozos de agua contaminados como los de Venustiano Carranza, en el estado de Puebla, o la violencia de larga duración ejercida por élites caciquiles del municipio de Pantepec, también en Puebla, que no prescinden de la coerción e intimidación a opositores que constatamos en municipios como los de Papantla, en Veracruz y que hoy, comprometen los medios de vida de modos de existencia vernáculos que en acto desprecian, como los desplegados en sociedades maseual de la Huasteca veracruzana y tutunakú del Totonacapan, subordinadas a intereses económicos que benefician a élites poderosas que siempre les han sometido, que siempre les han subalternizado. Oponerse al fracking es apostar por un futuro en donde la pluralidad energética se ejerce en escalas coordinadas por pluralidad sociocultural, donde los mundos posibles operan en un planeta dañado que, sin embargo, se vuelve casa común al cuidado de todas y cada una de las expresiones de vida. Oponerse al fracking no es otra cosa que luchar por la vida.
Bibliografía
Bonfil Batalla, Guillermo, 1994 [1987], México profundo. Una civilización negada, México, Grijalbo, 250 pp.
Concerned Health Professionals of NY and Physicians for Social Responsibility, 2023, Compendium of Scientific, Medical, and Media Findings Demonstrating Risks and Harms of Fracking and associated Gas and Oil infrastructure, Ninth Edition, October, 637 pp.
Ferrari, Luca, 2026, “¿Fracking en México?”, Revista Serendipia, 4 de abril [documento electrónico].
Flores Hernández, José Rafael y Manuel Llano Vázquez Prada, 2024, Estimación del consumo requerido de agua para la explotación de recursos petroleros no convencionales mediante fracturación hidráulica en México, Ciudad de México, CartoCrítica A.C. / Plataforma Nacional Energía, Ambiente y Sociedad (Planeas), Pronace ECC-CONAHCyT, 79 pp.
González González, Mauricio, 2023, Ecología insumisas. Antagonismos al geontopoder de la extracción petrolera, Guadalajara, U de G / CLACSO Retos (Cátedra Jorge Alonso), 416 pp.
González González, Mauricio, 2024, “Desaparición y violencia en tempo lento. Racialización y racismo ambiental en la Huasteca poblana, Ichan Tecolotl, Año 36, No. 390, Ciudad de México, Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social [documento electrónico].
Malm, Andreas, 2020 [2017], Capital fó$il. El auge del v***r y las raíces del calentamiento global, trad.: Emilio Ayllón Rull, Madrid, Capitán Swing, 622 pp.
Sachs, Wolfgang, 1996 [1992], Diccionario del desarrollo. Una guía del conocimiento como poder, Perú, PRATEC, 383 pp.
Wallerstein, Immanuel, 1998, Utopística o las opciones históricas del siglo XXI, trad.: Adriana Hierro, México, CEIICH-UNAM / Siglo XXI (El mundo del siglo XXI), 91 pp.
*Coordinadora Regional de Acción Solidaria en Defensa del Territorio Huasteca-Totonacapan (CORASON)
De Mauricio González para Desinformémonos.