Necesitábamos mostrar que la niñez indígena de México es un tesoro de creatividad, color y futuro. Trabajamos por su salud, por que se cumplan sus derechos, por que no les falté un pincel en la mano y colores para iluminar nuestra vida. Los veíamos trabajar tan atentos y respetuosos del ejemplo de sus mayores, los veíamos jugar, como si fueran un solo ser, una parvada, sin líder, sin vencedor. Sus
risas canoras, sus cuerpos ligeros. Para sobrevivir hasta nuestros días para conservar sus lenguas, saberes, ceremonias, los indios de México, tuvieron que volverse, además de individuos, comunidades. A un indio solito, lo quiebran rápido, como a una varita, en cambio a un manojo de varitas no las quiebra nada ni nadie. Saben hacer las cosas juntos, de acuerdo, en cambio nosotros en este no sé que que vivimos, cada día estamos más aislados. Necesitamos su enseñanza en el trabajo colectivo. En nuestro mundo la comunicación se reduce al espacio de una pantalla de teléfono. Cada día vemos menos a los ojos de las personas con las que os relacionamos. Sonreír se ha convertido en una mueca impuesta a millones de trabajadores. La jornada laboral de cientos de millones de personas, sucede frente a una pantalla de computadora. Pasarse el azul, o el verde, ponerle los puntos al tigre, mientras el amigo le pintaba la cola, hacerle las orejas al conejo, mientras las niñas ponían detalles por todo el lienzo, son experiencias en las que el gozo está presente, en las que el otro, los otros, hacen de la sonrisa un continuo, un contagio. Jugar, conversar, cocinar, danzar, cantar, pintar juntos, son actos humanos en extinción, quien lo iba a pensar. Pero nosotros no podemos dejar que estas vivencias desaparezcan
El placer de poner forma y color a la imaginación colectiva es el regalo de niñas y niños mexicanos de culturas ancestrales que en el siglo XXI nos dan una buena noticia. Las ganas de que no se acabe nunca de pintar ese mural, el deseo de pintar otro y otro y otro, demuestra que es posible que 25 niñas y niños, decidan qué pintar y se pongan de acuerdo en quién hace qué y dónde, quien rellena los hoyos, quién pone los detalles y quién el punto final. El ejemplo está ahí en estos sorprendentes murales, si los ven bien, si leen sus historias, y después les invitan a que con otros niños y niñas pinten el suyo, a que con amigas y compañeros practiquen la creación colectiva, ejerzan su derecho al "yo colectivo" y al "nosotros gozoso", habremos logrado abrir una ventana al futuro. Ofelia Medina