12/06/2026
A veces me pregunto qué pasaría si la misma pasión con la que gritan un gol, celebran una victoria o defienden a nuestra selección, la utilizáramos para exigir un país más justo.
La emoción es durante noventa minutos frente a una pantalla, pero muchas veces guardamos silencio cuando una familia busca a un ser querido desaparecido, cuando una persona pierde la vida por falta de atención médica o cuando miles de ciudadanos son víctimas de la violencia, los robos y la inseguridad.
No hay nada malo en disfrutar el fútbol. El deporte une, inspira y genera identidad. Lo preocupante es cuando nuestra indignación dura menos que un partido y cuando los problemas que afectan la vida de millones de personas dejan de ocupar nuestra atención.
Mientras celebramos goles, hay hospitales sin medicamentos suficientes, pacientes esperando atención digna, familias viviendo con miedo, niñas y niños creciendo en contextos de violencia y comunidades enteras que siguen esperando respuestas.
Quizá la verdadera victoria como sociedad no sea levantar una copa, sino lograr que nadie muera por falta de atención médica, que las calles sean seguras, que exista justicia para las víctimas y que la dignidad de las personas sea una prioridad.
El fútbol puede unirnos por un momento; la conciencia social puede transformarnos para siempre.
Tal vez ha llegado el momento de preguntarnos qué celebramos más y qué estamos dispuestos a cambiar.