14/08/2026
El Partido Republicano al que pertenece Bonilla le revoca la visa al hijo de AMLO, de quien presumía era su “hermano”
Por quererse pasar de lanza, a Bonilla se le cruzaron los cables
Por Jaime Cleofás Martínez Veloz
1. La frontera no perdona a los doble cara
En Tijuana la frontera es como esas doñas de la colonia que todo lo ven y nada se les escapa: detecta a los “doble cara” desde que pisa la banqueta. Aquí no hay espacio para los que quieren jugar en dos equipos, hablar dos idiomas morales o cargar dos patrias como si fueran dos mochilas. La línea no perdona a los que se ponen una máscara para México y otra para Estados Unidos.
Porque la frontera, aunque parezca de lámina y concreto, es un animal vivo: huele la simulación, escucha la mentira, reconoce al que se quiere pasar de listo. Y cuando lo identifica, no lo regaña ni lo sermonea: lo encuera. Le quita la pose, le arranca el disfraz, le exhibe la doble moral como si fuera ropa robada colgada en el tendedero.
Aquí, al que juega doble, la frontera no lo corrige: lo desnuda. Lo deja parado en medio de la línea, con las dos banderas enredadas en los tobillos y sin pretexto para explicar por qué quiso caminar con dos sombras al mismo tiempo.
II. A Bonilla se le hizo bolas el engrudo o se le quemaron los frijoles.
El anuncio no llegó suave ni diplomático: retumbó. Sonó como cuando la lámina vieja de la barda fronteriza se azota con el viento de Santa Ana y toda la colonia voltea porque ese estruendo siempre anuncia bronca.
Así tronó la noticia: seca, metálica, sin aviso, sin cortesía.
El gobierno republicano —el mismísimo partido donde Bonilla paga cuota, milita y jura bandera en EE. UU.— le canceló la visa a Andy López Beltrán. Sí, al hijo de Andrés Manuel. Al muchacho de aquel a quien Bonilla llamaba “mi hermano del alma”.
Nadie dice que Bonilla haya redactado el memorándum ni que haya marcado a San Diego para pedir el tiro; no le da para tanto. Pero la ironía es tan fina como venenosa: el partido de Bonilla en el norte le da un zape diplomático al hijo del hombre que le regaló todo su poder en el sur.
Y aquí conviene explicarlo para el público mexicano: MAGA, la facción trumpista del Partido Republicano, no es un eslogan. Es la tribu más dura, la que quiere muros más altos, visas más estrictas, deportaciones más rápidas y menos concesiones a México. Es la banda que idolatra a Trump como caudillo y que ve a la frontera como trinchera, no como puente.
En lenguaje de barrio: MAGA es la pandilla del norte que no quiere ver mexicanos cruzando.
Y Bonilla, por registro y por voto, pertenece a ese club.
En cualquier manual eso se llama contradicción insostenible. En la sobremesa política se llama traición por omisión. En la esquina de la Coahuila se dice claro: te atoraste con tu propio mecate.
III. El hombre de los cables pelados
Bonilla se creyó que la frontera era una pasarela sin aduana. Quiso dos discursos, dos credenciales, dos lealtades y dos amos. Pero cuando los amos se agarran a tablazos, al perro de dos casas le toca doble castigo.
Hoy, atorado en su propio laberinto, el exgobernador luce desorientado en la garita:
¿Vas o vienes?
¿Eres del pueblo bueno o del GOP implacable?
¿Compañero de lucha de Macuspana o militante disciplinado de la derecha gringa?
Militar en dos bandos que se declaran la guerra no es pragmatismo: es traer los cables pelados, hacer cortocircuito en el patio ajeno y pretender que el chispazo es fiesta patronal.
IV. La romería a la casa del republicano
Mientras Bonilla se enreda con sus dos banderas, la romería política hacia su oficina de. Morenistas, petistas, verdes, independientes: todos formaditos, todos buscando guiño, consejo, bendición, como si Bonilla fuera todavía el oráculo de la 4T en la frontera.
La escena es tan absurda que parece sacada de una tragicomedia fronteriza:
Políticos mexicanos visitando al militante del partido que golpea a los suyos.
Porque no es cualquier partido: es el Partido Republicano, el mismo que gobierna Estados Unidos, el mismo que presume mano dura, el mismo que acaba de revocar la visa al hijo del presidente mexicano.
Y aun así, ahí están: tocando la puerta, sonriendo para la foto, haciéndose los distraídos ante la contradicción monumental.
Y aquí entra la ironía que ya huele a burla de barrio:
¿O qué, Bonilla? ¿También vas a mandar a Andy con los “gringos de Tijuana” que mencionó Simón Levy, esos mismos que tú acercaste a la gobernadora dizque para “ayudarle a recuperar su visa”?
Porque si ya se metió en bronca binacional, lo mínimo sería que Bonilla sacara sus contactos mágicos, esos que presume como si fueran la Patrulla Fronteriza versión VIP.
Vale la pena preguntarles a los que aún le hacen caravana:
¿También le van a aplaudir la membresía republicana mientras les cierran la puerta en la cara a los suyos?
¿O van a salir con la maroma de que “en la frontera todo se vale”?
La factura de sostener a Bonilla ya no es cara: es ridícula.
V. La garita no tiene compasión
La frontera es canija: tiene memoria de elefante y colmillo de coyote. Aquí la gente huele la farsa a kilómetros; distingue al que cruza con permiso del que cruza de contrabando ideológico.
Lo que Tijuana ve hoy no es a un estratega binacional. Lo que la línea ve es a un político enredado en la concertina, pataleando y jurando que nomás estaba haciendo yoga diplomático.
VI. Que lo aclare sin trabarse
Bonilla calla. Tira humo. Dice que no es para tanto, que son coincidencias, que él no tiene vela en ese entierro.
Pero el golpe ya sonó de este lado del río:
¿Cómo le va a explicar a su “hermano” Andrés Manuel que el partido donde él milita fue el que le quitó la visa al muchacho?
Que lo explique él. Pero que lo haga sin cantinflear, sin que se le atragante la saliva y sin inventar una tercera frontera imaginaria para lavar el cochinero.
Que lo aclare, pues… si es que puede cruzar la aduana de la vergüenza sin que se le trabe la lengua, se le crucen las banderas y se le queden los frenos en la bajada de la Mona.
VII. La frontera siempre cobra factura
La frontera tiene una ley no escrita: al doble cara lo exhibe, al simulador lo desnuda y al que juega con dos banderas lo deja sin ninguna.
Aquí no hay fuero, no hay fuercitas, no hay “hermandades” que aguanten el peso de la línea. La frontera es juez, testigo y verdugo. Y cuando decide cobrar factura, lo hace sin recibo y sin descuento.
Y en la Libertad —donde las cosas se dicen sin rodeos— el cierre queda así, como grafiti raspado en la barda del cerro:
Aquí, al que juega doble, valió cheetos. Que se la rasque como pueda. Y que sus invitados le expliquen a la gente por qué andan de queda bien con un militante del partido que gobierna Estados Unidos, el mismo partido al que la 4T acusa de meterse en la política interna de México.
Así queda. Como pinta chorreada de madrugada en la Libertad, esa que nadie borra porque todos saben a quién va dirigida. Y como dijera mi hermano Felipe Ruanova: “a mí se me hace que ya varios chuparon faros”. Doy fe.