Jaime Cleofas Martínez Veloz

Jaime Cleofas Martínez Veloz Soy arquitecto, investigador, urbanista, rockero, bachatero, aprendiz de poeta y ciudadano del mundo.
(1)

Hasta Siempre, Doctor Juan Medrano.Jaime Cleofas Martínez VelozHay personas cuya presencia no se recuerda: se siente.Uno...
21/06/2026

Hasta Siempre, Doctor Juan Medrano.

Jaime Cleofas Martínez Veloz

Hay personas cuya presencia no se recuerda: se siente.
Uno no piensa en ellas, sino que las habita.
El Doctor Medrano era así: un hombre que no llenaba el espacio con palabras, sino con una calma que parecía venir de un lugar más antiguo que la política, más profundo que la experiencia, más humano que cualquier cargo.

No sé en qué momento exacto se volvió parte de mi vida.
No hubo un día inaugural, ni una escena fundacional.
Simplemente, cuando la vida empezó a ponerme pruebas —las públicas, las privadas, las que duelen y las que enseñan— él ya estaba ahí.

La escena que vuelve cuando cierro los ojos

Lo veo sentado frente a mí, en alguna oficina prestada, en un pasillo silencioso, en una sala donde el tiempo parecía detenerse.
Nunca tenía prisa.
Nunca miraba el reloj.
Nunca daba la impresión de estar en otro lado.

—A ver, Jaime… cuénteme despacio.

Esa frase era su manera de abrir la puerta.
Y yo entraba.

El gesto que decía más que cualquier discurso

El Doctor Medrano tenía una forma muy suya de inclinar la cabeza cuando escuchaba.
No era un gesto profesional, ni un hábito aprendido: era una forma de decir “estoy contigo” sin pronunciarlo.

A veces, cuando la conversación se ponía difícil, él entrelazaba las manos sobre la mesa y respiraba hondo, como si quisiera darle espacio a mis palabras para que encontraran su lugar.

La ciudad como testigo

Caminamos muchas veces por Tijuana sin darnos cuenta de que esas caminatas eran, en realidad, una forma de confesión compartida.
La ciudad nos envolvía con su ruido, sus luces, su olor a mar y a polvo, y él caminaba a mi lado con esa serenidad que no se aprende: se nace con ella.

—La ciudad habla, Jaime… nomás hay que saber oírla.

Lo decía mirando hacia los cerros, como si Tijuana fuera un viejo amigo al que había que interpretar con paciencia

La madrugada que nunca se olvida

Hubo una noche —una de esas noches en que la vida se vuelve más pesada de lo habitual— en que nos quedamos conversando afuera de un edificio público.
La ciudad dormía.
Nosotros no.

Él tenía las manos en los bolsillos, la mirada tranquila, el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, como quien escucha incluso lo que uno no se atreve a decir.

—Lo más difícil, Jaime, es no perderse a uno mismo.

No lo dijo como consejo.
Lo dijo como quien comparte una herida.

La presencia que no se anuncia

El Doctor Medrano no llegaba con discursos ni con soluciones mágicas.
Llegaba con algo más valioso: su presencia.

A veces era una frase.
A veces un silencio.
A veces una mirada que decía “aquí estoy, no te preocupes”.

Y en todas las luchas que la vida me puso enfrente —las visibles y las que nadie supo— él estuvo ahí.
No para resolverlas.
No para dirigirlas.
Sino para caminar conmigo.

Lo que queda cuando ya no está

Hoy, cuando pienso en él, no lo veo en un estrado ni en una fotografía.
Lo veo en esos momentos pequeños que terminan siendo los más grandes:

La inclinación de su cabeza.
La paciencia de su escucha.
La forma en que nunca interrumpía.
La manera en que cuidaba el aire del otro.
La presencia que no pedía espacio, pero lo llenaba todo.

El Doctor Medrano fue, para mí, un compañero de ruta.
Un hombre bueno.
Un amigo que no necesitaba decirlo para serlo.

Su ausencia duele.
Pero su presencia —esa presencia serena, discreta, profunda— sigue aquí.
Respira en mi memoria.
Respira en mi vida.
Respira en este texto.

Hasta Siempre Doctor Juan Medrano

Una generación de irreverentes, 50 años después.Hoy, en Saltillo, día de lluvia, bajo el techo cálido del Restaurante So...
21/06/2026

Una generación de irreverentes, 50 años después.

Hoy, en Saltillo, día de lluvia, bajo el techo cálido del Restaurante Sol y Luna, volvimos a sentarnos alrededor de una mesa como quien regresa a un territorio conocido. No fue sólo una comida: fue un acto de reconocimiento. Medio siglo después, la sexta generación de Arquitectura volvió a encontrarse para comprobar que el tiempo puede doblar las rodillas, pero la memoria no.

Cincuenta años.
Dicho así parece una cifra, pero ustedes y yo sabemos que es un camino. Un camino hecho de planos, obras, desvelos, ciudades que crecieron con nuestras manos y familias que crecieron con nuestro corazón. Un camino donde cada quien puso su trazo, su estilo, su manera de habitar el mundo.

Hoy nos miramos y entendimos que seguimos siendo parte del mismo plano original, aunque la vida nos haya llevado por distintas rutas. Y eso —en estos tiempos de prisa y ruido— es un pequeño acto de resistencia.

Pero también hubo sillas que no se ocuparon.
Y sin embargo, estuvieron ahí.

A quienes se nos adelantaron en el camino los nombramos sin nombrarlos: en las risas que recordaron anécdotas, en los silencios breves que dijeron más que cualquier discurso, en esa sensación de que siguen caminando con nosotros aunque ya no estén del lado visible del horizonte.
No los lloramos: los honramos.

Porque una generación no es sólo quienes llegan a la mesa, sino también quienes la hicieron posible.

Hoy celebramos cincuenta años, sí.
Pero celebramos algo más profundo:
que seguimos siendo nosotros.

Que la amistad no se oxida.
Que la memoria no se rinde.
Que el tiempo, aunque pase, no borra lo que fuimos ni lo que seguimos siendo.

A todas y todos: gracias por volver.
Gracias por sostener este lazo que no se rompe.
Gracias por caminar juntos, incluso cuando la vida nos dispersó.

Y que esta reunión sea un recordatorio de que, mientras haya quienes se junten a compartir la palabra, la historia sigue viva.

El día de hoy el Arq Ignacio Carlos Huerta y un servidor venimos visitar a nuestro Amigo el Arq. Alberto Valencia  y lo ...
18/06/2026

El día de hoy el Arq Ignacio Carlos Huerta y un servidor venimos visitar a nuestro Amigo el Arq. Alberto Valencia y lo invitamos a desayunar en un restaurant de Coronado en San Diego. Nos dio mucho gusto verlo, que está en franca recuperación.

La Realidad: el día en que México estuvo a punto de cambiar(Crónica del encuentro entre la Comandancia Zapatista y la CO...
13/06/2026

La Realidad: el día en que México estuvo a punto de cambiar

(Crónica del encuentro entre la Comandancia Zapatista y la COCOPA, 30 de septiembre de 1995 en el Poblado de la Realidad, del Municipio Las Margaritas Chiapas)

Epígrafe 1

“La paz en Chiapas y la Reforma del Estado son vertientes de un mismo proceso de cambio.”
— Documento de la COCOPA, 16 de agosto de 1995

Epígrafe 2

“Si ustedes fracasan… se pierde todo. Incluso el país.”
— Subcomandante Marcos, La Realidad, 30 de septiembre de 1995

Por Jaime Cleofas Martínez Veloz

I. La víspera: un país suspendido

San Cristóbal de las Casas, 29 de septiembre de 1995.
La noche tenía un espesor extraño, como si el país entero contuviera la respiración. En el hotel donde nos hospedábamos los integrantes de la COCOPA, nadie dormía. No por falta de sueño, sino por exceso de historia.

En un cuarto, Heberto Castillo pedía un médico.
En otro, Luis H. Álvarez debatía consigo mismo si su cuerpo resistiría el viaje de ocho horas por terracería.
En otro rincón, Juan Guerra, José Narro, Oscar González Yáñez y yo repasábamos el documento que llevábamos en la bolsa:

“Reiniciar el Diálogo para la Reforma del Estado: una exigencia nacional.”

Éramos cuatro fuerzas políticas —PRI, PAN, PRD y PT— sentadas en la misma mesa, firmando el mismo documento.
Una anomalía luminosa en un país acostumbrado a la desconfianza.

Heberto, con su voz ronca, dijo:

—Este documento es más grande que nosotros. Si lo hacemos bien, puede cambiar el país.

Luis Felipe Bravo Mena asentía en silencio.
Pablo Salazar tomaba notas.
Oscar López Velarde revisaba cada frase como si fuera un contrato con la historia.

Afuera, la noche chiapaneca seguía su curso.
Adentro, nosotros escribíamos —sin saberlo del todo— una de las últimas oportunidades que México tendría para rehacerse desde la palabra y no desde la violencia.

II. El documento: la noche en que México se miró al espejo

Sobre la mesa había un documento que parecía tener pulso propio.
Unas cuantas hojas que pesaban más que todo el país.

“Reiniciar el Diálogo para la Reforma del Estado: una exigencia nacional.”

Ese título no era un encabezado.
Era un diagnóstico.
Era una alarma.
Era un grito escrito con letra de legislador, pero con urgencia de pueblo.

Y ahí estábamos sentados —PRI, PAN, PRD y PT— como si de pronto México hubiera decidido que, por una noche, sí era posible ponerse de acuerdo.

No era poca cosa.
En un país acostumbrado a la sospecha, a la zancadilla, al cálculo, a la mezquindad, esa coincidencia era casi un milagro laico.

Lo que decía el documento (y por qué dolía leerlo)

“La paz en Chiapas y la Reforma del Estado son vertientes de un mismo proceso de cambio.”

Era una frase sencilla, pero detrás de ella había décadas de simulación, de autoritarismo, de exclusión, de desigualdad.
Decía lo que nadie en el gobierno quería admitir:
que Chiapas no era un problema local, sino un síntoma nacional.

“El diálogo nacional debe ser abierto, participativo, permanente e ininterrumpido.”

Era una invitación a romper la lógica del poder cerrado, del pacto cupular, del país decidido entre pocos.

“Es indispensable concluir de inmediato la reforma electoral federal.”

Porque sin elecciones limpias, no hay país que aguante.

“Es necesario establecer bases constitucionales para que sea realidad el federalismo.”

Porque México llevaba décadas fingiendo que era una república federal cuando en realidad era un país gobernado desde un solo escritorio.

“La composición del diálogo debe ampliarse para incorporar a los nuevos actores sociales.”

Porque el país ya no cabía en los partidos.
Porque había voces nuevas, dolores nuevos, luchas nuevas.

Lo que no decía, pero estaba ahí

Ese documento hablaba de México, sí.
Pero también hablaba de nosotros.

De nuestras dudas.
De nuestras contradicciones.
De nuestras historias personales.
De nuestras heridas políticas.
De nuestras ganas —a veces ingenuas, a veces tercas— de que el país pudiera ser mejor.

Cada firma era una apuesta.
Cada firma era un riesgo.
Cada firma era una renuncia a la comodidad del cálculo político.

Porque firmar ese documento era decirle al país:

“No podemos seguir así.
No queremos seguir así.
No debemos seguir así.”

La vigencia: el documento que no envejece

Han pasado décadas desde aquella noche.
El país ha cambiado y no ha cambiado.
Ha avanzado y ha retrocedido.
Ha respirado y se ha ahogado.

Pero ese documento sigue ahí, intacto, como una brújula enterrada en la tierra.

Porque México sigue necesitando:

un diálogo nacional,
una reforma profunda del Estado,
un federalismo real,
instituciones confiables,
inclusión de nuevos actores,
un pacto social que no excluya a nadie.
Ese documento no era para 1995.
Era para el futuro.
Era para ahora.

La Realidad esperaba ese documento (aunque nadie lo sabía)

Cuando horas después llegamos a La Realidad, ese documento no era un papel:
era un puente.

Y Marcos lo entendió de inmediato.
Por eso entregó sus armas.
Por eso aceptó la reunión.
Por eso dijo lo que dijo.

Porque ese documento no era una propuesta para Chiapas.
Era una propuesta para México.
Para el país que éramos.
Para el país que queríamos ser.
Para el país que aún podemos ser.

III. La caravana: atravesar México en un solo día

A las cuatro de la mañana, el primer grupo salió hacia Oventik:
Juan Guerra, Narro, Oscar González Yáñez y yo.
Nos acompañaban la Conai, la Conpaz, la Cruz Roja.

Enrique Aguilar, habilitado como fotógrafo, recuerda:

“La camioneta en la que iban Martínez Veloz y yo se medio desbarrancó.
Por un instante, pensé que ahí se acababa todo.”

Pero no.
La montaña nos perdonó.

A las siete, ya con el comandante David y dos miembros más de la Comandancia General del EZLN, la caravana regresó a San Cristóbal y tomó rumbo hacia la selva.

No hubo desayuno.
No hubo pausa.
Solo sándwiches al vuelo y refrescos tibios.

El país estaba urgido.
Nosotros también.

IV. La Realidad: pobreza, dignidad y burocracia selvática

Llegamos a La Realidad después del mediodía.
Casas de tablas, techos de lámina, niños descalzos, ancianos con pantalones sostenidos por mecates.
La pobreza era brutal, pero la dignidad era más grande.

Ahí empezó la espera.
Veinte minutos bajo el sol, dentro de camionetas convertidas en hornos.

La Conpaz discutía por radio con sus sobrenombres —“Colocho”, “Apache”, “Gaviota”— sobre si debíamos entrar o no.

Enrique Aguilar lo narra con precisión:

“En nombre de la ‘sociedad civil’, lo sencillo lo enredan y lo complejo lo acaban de complicar.”

La espera era parte del ritual.
En La Realidad, nada ocurría sin ceremonia.

V. El ritual del desarme: el gesto que cambió el aire

Hasta el último momento no sabíamos si Marcos estaría ahí.
Era un fantasma, un rumor, una sombra.

Pero de pronto, Tacho pidió que Juan Guerra y don Samuel Ruiz lo acompañaran afuera.

Lo que fueron a ver fue histórico:

Marcos entregó sus armas a Rosario Ibarra.
Un R-15 y una pi***la automática.

—Quiero que vean que voy a entrar desarmado —dijo—.
Al igual que los demás comandantes.

Ese gesto —simple, silencioso, contundente— cambió el aire.
La selva respiró distinto.

VI. La reunión: la mesa de tablas donde se movió el país

Entró Marcos.
“Buenas tardes”, dijo, y el olor a maple de su p**a llenó la cabaña.

Se sentó al extremo de la mesa.
A su derecha, los comandantes indígenas.
A su izquierda, nosotros:
Heberto, Bravo Mena, Pablo Salazar, López Velarde, Marco Antonio Michel, Narro, Guerra, Oscar González, Elizondo, Pérez Noriega, y yo.

La mesa era de tablas.
Las bancas, troncos.
El país entero, suspendido en ese cuarto.

VII. Diálogo directo reconstruido

Comandante David:
—Bienvenidos. Este encuentro es importante para nosotros. Para todos.

Tacho:
—Agradecemos que hayan venido por carretera. Así se conoce la vida de nuestras comunidades.

Marcos:
—Antes que nada, gracias por esperar. Aquí todo tiene ceremonia.
(Pausa)
—He sido duro con ustedes. A veces injusto. Lo reconozco.
(Pausa más larga)
—Pero también entiendan: hemos vivido acosados.
Y cuando sentimos que ustedes eran parte del ataque, así lo dijimos.

Los legisladores guardaron silencio.
Era un silencio que no era vacío: era reconocimiento.

Entonces Marcos hizo algo que nadie esperaba: nombró a integrantes de la COCOPA por su nombre.

Marcos:
—Quiero reconocer a dos de ustedes.
A Jaime Martínez Veloz y a Oscar López Velarde.
Han sido firmes en pedir un trato civilizado hacia nosotros.
Eso no se olvida.

Luego continuó:

—Ahora tengo que reconocer algo más: ustedes destrabaron el diálogo de San Andrés.
Ustedes entendieron lo que el gobierno no quiso ver:
que el EZLN no podía quedar fuera de la discusión nacional.

Y soltó la frase que todavía hoy me retumba:

—Si ustedes fracasan, si fracasa la Conai… se pierde todo.
Incluso el país.

VIII. La noche larga: música, cansancio y carcajadas

La reunión terminó.
Hubo conferencia de prensa.
Hubo baile.
Hubo cumbias y quebraditas.
Tacho cantó boleros rancheros con una voz fea pero llena de estilo.

Enrique Aguilar lo narra así:

“Los actuales insurgentes mexicanos, además de tanatudos, son bien románticos.”

Y yo me quedé esperando.
A las cuatro de la mañana, Marcos me recibió en una cabaña.
Hablamos largo.
Hubo carcajadas que se escuchaban desde afuera.

Esa conversación confirmó algo que ya intuía:

Ese día, México estuvo a punto de cambiar.

IX. Cierre del capítulo: la puerta que sigue abierta

La Realidad no fue solo un lugar.
Fue una posibilidad.
Una puerta que se abrió por un instante.

Y este texto— es un recordatorio de que esa puerta sigue ahí.
Esperando que el país tenga el valor de cruzarla.

El fraude de Trump en Baja California: la frontera donde la impunidad quiso pasar desapercibidaLa frontera que nos miraP...
12/06/2026

El fraude de Trump en Baja California: la frontera donde la impunidad quiso pasar desapercibida

La frontera que nos mira

Por Jaime Cleofas Martínez Veloz

Hay territorios que no necesitan palabras para contar una historia. La frontera es uno de ellos.

La frontera recuerda. La frontera observa. La frontera guarda los silencios que el Estado quiso enterrar.

En Punta Bandera, el viento sigue pasando sobre las excavaciones abandonadas. El mar sigue rompiendo contra el acantilado. Y el sol sigue iluminando un terreno que nunca se convirtió en torre.

Ese paisaje es más que un fracaso inmobiliario. Es un espejo.

Un espejo donde México se ve a sí mismo: vulnerable, generoso, herido, orgulloso, contradictorio, resistente.

Un espejo donde se refleja la pregunta que este caso deja suspendida en el aire:

¿Qué país queremos ser?

¿Uno donde el poderoso puede venir, defraudar, irse y no enfrentar consecuencia alguna? ¿O uno donde la ley se aplica sin apellido, sin pasaporte, sin privilegios?

La frontera nos mira. Nos pregunta. Nos exige.

Y aunque el Estado haya estado ausente, aunque la soberanía haya sido selectiva, aunque el silencio haya sido cómplice, queda algo que no pudieron borrar:

la memoria de quienes no aceptaron callar.

Porque la justicia no siempre llega en forma de sentencia. A veces llega en forma de palabra. De denuncia. De testimonio. De libro.

Este epílogo no cierra una historia. La abre.

La abre hacia un país que todavía está por escribirse. La abre hacia un territorio que merece ser defendido. La abre hacia una frontera que, aun herida, sigue siendo nuestra.

Y mientras ese hoyo frente al mar siga ahí, recordándonos lo que pasó, también nos recordará lo que falta por hacer.

Hay momentos en la vida pública en los que uno no elige.

Son ellos los que lo eligen a uno.
Y a mí me eligió este caso: el fraude del Trump Ocean Resort Baja México.

No llegó como un expediente.
Llegó como un murmullo.
Como una herida abierta en la voz de quienes habían perdido todo.
Como un recordatorio de que la frontera —esa línea que divide países pero une destinos— también es un territorio donde los poderosos creen que pueden hacer lo que quieran sin consecuencias.

Y cuando uno escucha suficiente dolor, suficiente injusticia, suficiente silencio, llega un punto en el que ya no puede hacerse a un lado.
Ese día entendí que tenía que denunciar.

I. El territorio donde empezó la mentira

Baja California siempre ha sido un laboratorio de excesos: del sueño americano, del sueño mexicano, del sueño de cualquiera que llegue con suficiente dinero para prometer lo imposible.

En 2006, el apellido Trump aterrizó en Tijuana envuelto en mármol, oro y arrogancia.

No llegó en persona: llegó en espectaculares, en folletos brillantes, en videos donde Ivanka sonreía como si el Pacífico fuera suyo.

El proyecto se llamaba Trump Ocean Resort Baja México.
Sonaba a paraíso.
Sonaba a futuro.
Sonaba a dinero.

Prometían tres torres de 25 pisos, 526 unidades, precios entre 350 mil y 900 mil dólares.
Prometían lujo.
Prometían seguridad.
Prometían que Trump “estaba detrás de todo”.

Y la gente creyó.
Porque en ese tiempo, creer en un apellido parecía más seguro que creer en las instituciones mexicanas.

II. La venta del sueño

Las oficinas de venta parecían templos.
Maquetas iluminadas.
Pantallas gigantes.
Café importado.
Vendedores que repetían como mantra:

“Trump garantiza la inversión. Trump no falla.”

Los compradores entregaron depósitos de 200 mil, 300 mil dólares, algunos más.
Ahorros de toda una vida.
Herencias.
Retiros anticipados.
Créditos hipotecarios.

Firmaban contratos gruesos, en inglés y español, confiando en que la marca era garantía suficiente.

Pero mientras ellos firmaban, Trump y sus socios no tramitaron un solo permiso.

Esto no lo digo yo: lo dicen los oficios oficiales.

“No se encontró trámite alguno que corresponda a la denominación ‘Trump Ocean Resort Baja México’.”
—DIR-DAU-299-2016, Ayuntamiento de Tijuana.

“No se encontró documento o licencia relacionado con la empresa Irongate.”
—DIR-DAU-325-2016.

El fraude no fue un accidente.
Fue un proyecto sin permisos, sin licencias, sin factibilidad de uso de suelo, sin impacto ambiental, sin proyecto arquitectónico.
Nada.
Solo ventas.
Solo dinero entrando.
Solo promesas.

III. La obra que nunca existió

En el terreno de Punta Bandera hicieron apenas unas excavaciones superficiales.
Un módulo de ventas.
Unas maquetas.
Nada más.

Mientras tanto, según la denuncia que presenté, se recaudaron cerca de 60 millones de dólares en preventas.

Ni un peso fue reportado al fisco mexicano.

“El Señor Trump no entregó al fisco mexicano ningún peso por las operaciones mercantiles llevadas a cabo.”
—Denuncia inicial, 29 de octubre de 2016.

Ahí se configura el primer delito: defraudación fiscal.

Pero no fue el único.

IV. Rostros del fraude: los que pagaron el hoyo en la tierra

La historia no está hecha de cifras.
Está hecha de personas.

Sandra Sapol – 130 mil dólares perdidos

Sandra, residente de San Diego, invirtió 130 mil dólares.
Vendió su casa pequeña para comprar un pedazo de mar.
Hoy, cada vez que pasa por Punta Bandera, dice:

“Ese hoyo en la tierra… yo lo pagué.”

Nunca recuperó nada.

La familia Kessler – 220 mil dólares

Los Kessler retiraron parte de su fondo de retiro.
Querían un condominio para envejecer frente al Pacífico.
Perdieron 220 mil dólares.
El día que fueron a pedir explicaciones, encontraron las oficinas cerradas con cadenas.

Más de 250 compradores – más de 32 millones de dólares

Los medios de California documentaron que:

Más de 250 compradores fueron defraudados.
Los depósitos perdidos suman más de 32 millones de dólares.
Muchos vendieron casas, autos, negocios.
Otros hipotecaron su futuro.
En California hubo demanda colectiva.
En México hubo silencio.

V. La mentira perfecta: cobrar como dueño, responder como invitado

Cuando el proyecto colapsó en 2008, Trump hizo lo que mejor sabe hacer:
se deslindó.

Dijo que él solo había prestado su nombre.
Que no era responsable.
Que los compradores debían reclamar a otros.

Pero los videos promocionales lo contradicen.
Los folletos lo contradicen.
Las firmas lo contradicen.

“Trump e Ivanka promocionan la venta del proyecto cuyos registros no aparecen en ninguna oficina de gobierno.”
—Prueba 17 de la denuncia.

Y hay algo más grave:

Trump e Ivanka realizaron actividades empresariales en México sin visa de trabajo.

La Secretaría de Relaciones Exteriores respondió:

“No se encontró antecedente respecto de la expedición de un permiso para constituir un fideicomiso a favor de Donald John Trump y/o Ivanka Trump.”
—UDT-1495/2016.

Sobre la visa:

“La información es confidencial.”
—CTA-221.

Confidencial no significa inexistente.
Pero tampoco significa que exista.
Significa que el Estado mexicano nunca aclaró si Trump actuó legalmente.
Y esa opacidad también es parte del daño.

VI. La cita del 9 de abril de 2018: cuando la verdad asomó

Cuando la Agente del Ministerio Público de la Federación, Titular de la Agencia Primera Investigadora de Tijuana, me citó para ampliar mi denuncia, hice una pregunta directa:

—¿Donald Trump tramitó Visa de Trabajo en México?
¿Ivanka Trump tramitó Visa de Trabajo?

La respuesta fue clara:

—No.
No existe registro alguno.
Ninguno de los dos tramitó Visa de Trabajo.

Trump vino a México a hacer negocios como indocumentado.
Exactamente lo que él denunciaba —y explotaba políticamente— en Estados Unidos.

La ironía es tan brutal que duele.

VII. PRUEBAS (como las pide la Presidenta)

La Presidenta suele decir:
“Pruebas, pruebas, pruebas.”

Aquí están:

Oficios municipales que acreditan cero permisos.
Oficios estatales que acreditan cero licencias.
Oficios de SRE que acreditan cero fideicomiso.
Oficios del INM que acreditan cero visa de trabajo.
Videos donde Trump e Ivanka promocionan un proyecto ilegal.
Testimonios de compradores que perdieron más de 32 millones de dólares.
Excavaciones abandonadas que acreditan que nunca hubo obra real.
Demandas en California que acreditan fraude transfronterizo.
Mi citatorio de 2018 donde la FGR reconoce la ausencia total de trámites migratorios.
Si esto no son pruebas, ¿qué es una prueba?

VIII. El silencio de López Obrador: la soberanía selectiva

Aquí entra el contexto político.

López Obrador construyó un discurso de soberanía, dignidad nacional y defensa del territorio.
Pero frente a este caso —un extranjero poderoso cometiendo delitos en México— guardó silencio.

¿Por qué?

Porque Trump ya era presidente de Estados Unidos.
Porque la relación bilateral se volvió un equilibrio frágil.
Porque el gobierno mexicano no quiso abrir un frente diplomático.
Porque la soberanía se volvió un discurso hacia adentro, no una práctica hacia afuera.
Porque era más fácil callar que investigar.
La soberanía, en este caso, no fue un principio.
Fue un pretexto.

IX. El silencio de la Presidenta: la incoherencia que duele

La Presidenta repite una y otra vez:

“Pruebas.”
“Pruebas.”
“Pruebas.”

Pero cuando las pruebas están aquí, en su escritorio, en los oficios, en los documentos oficiales, en los testimonios, en las leyes mexicanas, en las omisiones migratorias, en la defraudación fiscal…

calla.

¿Por qué?

Porque investigar a Trump implica tensar la relación bilateral.
Porque su discurso de soberanía es selectivo: se usa para defender aliados, no para defender la ley.
Porque exigir pruebas hacia afuera es fácil; aplicarlas hacia adentro es otra cosa.
Porque el caso Trump exhibe la fragilidad del Estado mexicano frente al poder extranjero.
La Presidenta pide pruebas.
Aquí están.
Lo que falta no son pruebas.
Lo que falta es voluntad.

X. El Estado ausente: cuando la frontera protege al poderoso

En California hubo litigio.
En México hubo silencio.

En California hubo indemnizaciones.
En México hubo omisiones.

En California hubo jueces.
En México hubo excusas.

La frontera funciona así:
persigue al pobre, protege al poderoso.

XI. La frontera que recuerda

Hoy, el terreno sigue vacío.
El mar sigue golpeando el acantilado.
Y los compradores siguen esperando justicia.

Pero la frontera tiene memoria.

Y en esa memoria, esta denuncia quedó como un acto de dignidad en un país que a veces olvida que la justicia también es un derecho.

No se denuncia para ganar.
Se denuncia para no ser cómplice.

El fraude de Trump en Baja California no es solo un expediente.
Es un espejo donde se refleja:

la impunidad del poderoso,
la vulnerabilidad del ciudadano,
la fragilidad del Estado,
y la dignidad de quienes, aun perdiendo todo, se atrevieron a contar su historia.
Yo solo hice lo que me correspondía.
Lo demás le toca a la memoria.

Rostros del fraude: los que pagaron el hoyo en la tierra

Los fraudes no se miden en millones de dólares.
Se miden en vidas.
En noches sin dormir.
En la vergüenza de haber confiado.
En la rabia de haber sido engañado.
En la sensación de haber sido usado por un apellido que parecía más grande que cualquier institución mexicana.

El Trump Ocean Resort Baja México no fue solo un proyecto fallido.
Fue un catálogo de ilusiones rotas.
Y cada una tiene nombre.

1. Sandra Sapol: 130 mil dólares y un hoyo frente al mar

Sandra Sapol vivía en San Diego.
Trabajaba desde los 18 años.
Había ahorrado cada bono, cada hora extra, cada aumento.
Su sueño era sencillo: un pequeño condominio frente al Pacífico para retirarse con dignidad.

Cuando vio el proyecto de Trump, creyó que era una señal.
Un apellido que —pensó— no podía fallar.
Un vendedor le dijo:

“Trump está detrás de todo. Su dinero está seguro.”

Sandra entregó 130 mil dólares.
Su vida entera en un cheque.

Años después, cuando el proyecto colapsó, regresó al terreno.
Solo encontró un módulo de ventas abandonado, unas excavaciones superficiales y basura acumulada por el viento.

Se quedó mirando el vacío.
Y dijo una frase que resume todo el fraude:

“Ese hoyo en la tierra… yo lo pagué.”

Sandra nunca recuperó un centavo.

2. La familia Torres: el golpe que nadie esperaba en Rosarito

En Rosarito, el apellido Torres tiene historia.
Hugo Torres Chabert —ya fallecido— fue fundador del Hotel Rosarito, empresario emblemático, exalcalde, un hombre que conocía la frontera como pocos.

Su hijo, Torres, heredó esa mezcla de visión empresarial y amor por la región.
Cuando vio el proyecto de Trump, no lo vio como un riesgo: lo vio como una oportunidad para consolidar un patrimonio familiar frente al mar.

Si alguien conocía el valor del territorio, era él.
Si alguien sabía distinguir entre un proyecto serio y una estafa, era él.
Pero incluso él cayó.

Torres entregó un depósito importante —más de 200 mil dólares— para asegurar una unidad en la primera torre.
Lo hizo con la confianza de quien conoce el negocio inmobiliario y sabe que los grandes proyectos requieren grandes apuestas.

Pero esta vez no había proyecto.
No había permisos.
No había licencias.
No había fideicomiso.
No había nada.

Cuando el fraude se hizo evidente, Torres no solo perdió dinero.
Perdió algo más profundo: la certeza de que la frontera podía proteger a los suyos.

En una conversación que tuve con él, me dijo:

“Si a mí me engañaron, ¿qué quedaba para los demás?”

Su caso es la prueba de que el fraude no distinguió entre clase media, inversionistas modestos o familias con trayectoria empresarial.
El fraude fue democrático en su crueldad.

3. Los 250 compradores: la multitud silenciosa

Los medios de California documentaron que:

Más de 250 compradores fueron defraudados.
Los depósitos perdidos superan los 32 millones de dólares.
Muchos vendieron casas, autos, negocios.
Otros retiraron fondos de jubilación.
Algunos hipotecaron su futuro.
Los compradores eran maestros, enfermeras, veteranos, pequeños empresarios, jubilados, familias latinas, familias anglosajonas, parejas jóvenes, parejas mayores.

Todos creyeron en lo mismo:
que un apellido podía sustituir a un permiso, a una licencia, a un dictamen, a una autoridad.

Y todos perdieron.

4. El fraude como geografía emocional

Cada historia tiene un punto en común:
la sensación de haber sido traicionados en un territorio que debería protegerlos.

Porque la frontera no solo es un espacio físico.
Es un pacto emocional.
Un acuerdo tácito entre quienes viven aquí y quienes vienen a invertir aquí.

Ese pacto fue roto por Trump.
Y fue ignorado por las autoridades mexicanas.

Sandra Sapol lo dijo con dolor.
Torres lo dijo con incredulidad.
Los demás lo dijeron con silencio.

Pero todos dijeron lo mismo:
“Confiamos. Y nos fallaron.”

5. El hoyo como símbolo

El terreno sigue ahí.
Vacío.
Abandonado.
Golpeado por el viento y el salitre.

Ese hoyo no es solo una excavación.
Es un monumento involuntario a la impunidad.
Un recordatorio de que en México, a veces, el poderoso puede venir, defraudar, irse y no enfrentar consecuencia alguna.

Sandra lo pagó.
Torres lo pagó.
Más de 250 familias lo pagaron.

Y México, como Estado, todavía no ha dicho nada.

6. Lo que estos rostros revelan

Estas historias no son anécdotas.
Son pruebas humanas.
Son testimonios que muestran que el fraude no fue un error administrativo, sino un acto deliberado de engaño transfronterizo.

Son la evidencia viva de que:

Hubo ventas sin permisos.
Hubo cobros sin licencias.
Hubo promoción sin visa de trabajo.
Hubo depósitos sin obra.
Hubo confianza sin respaldo.
Hubo fraude sin justicia.
Y son también la razón por la que esta denuncia no es un acto político, sino un acto moral.

El Estado ausente

Hay silencios que no son omisiones.
Son decisiones.

El caso Trump Ocean Resort Baja México no solo exhibió a un empresario extranjero que violó leyes mexicanas.
Exhibió algo más profundo:
la ausencia deliberada del Estado mexicano cuando el infractor es poderoso, extranjero y políticamente incómodo.

Porque las instituciones no fallaron por accidente.
Fallaron por diseño.
Fallaron por conveniencia.
Fallaron porque era más fácil no ver.

I. La PGR: la carpeta que nunca quiso caminar

Cuando presenté la denuncia en 2016, la Procuraduría General de la República tenía en sus manos:

un proyecto sin permisos,
un extranjero operando sin visa de trabajo,
un fideicomiso inexistente,
un fraude fiscal evidente,
un daño patrimonial transfronterizo,
y testimonios de compradores defraudados.
Tenía todo.
Menos voluntad.

La carpeta FED/BC/TIJ/000958/2016 avanzó como avanzan las cosas que nadie quiere resolver:
a paso de tortuga, sin prisa, sin dirección, sin convicción.

Cuando me citaron en 2018 para ampliar mi declaración, la Agente del Ministerio Público me confirmó algo que debería haber detonado una investigación inmediata:

“No existe registro de Visa de Trabajo para Donald Trump ni para Ivanka Trump.”

Esa frase, en cualquier país serio, habría sido suficiente para abrir un proceso penal.
En México, fue suficiente para archivar el caso en silencio.

II. La Secretaría de Relaciones Exteriores: la puerta que nunca se abrió

La SRE respondió con frialdad burocrática:

“No se encontró antecedente de fideicomiso a favor de Donald John Trump.”

Esa frase, en cualquier país serio, habría encendido alarmas.
En México, encendió excusas.

Porque si no hubo fideicomiso, entonces hubo violación al artículo 27 constitucional.
Y si hubo violación al artículo 27, entonces hubo delito.
Y si hubo delito, entonces hubo omisión del Estado.

Pero la SRE no investigó.
No denunció.
No alertó.
No actuó.

Solo respondió.
Y cerró la puerta.

III. El INM: el silencio migratorio

El Instituto Nacional de Migración confirmó a la FGR que no existía trámite alguno de visa de trabajo para Trump o Ivanka.

Eso significa que:

Trump trabajó ilegalmente en México.
Promocionó un proyecto inmobiliario sin autorización.
Realizó actividades empresariales sin permiso.
Violó la Ley de Migración.
Violó la Ley de Inversión Extranjera.
Pero el INM no inició procedimiento.
No emitió sanción.
No notificó a la PGR.
No hizo nada.

El Estado mexicano actuó como si la ley migratoria fuera solo para centroamericanos pobres, no para magnates estadounidenses.

IV. El SAT: la evasión fiscal que nadie quiso ver

Trump recaudó millones en México.
No reportó un solo peso.
No pagó un solo impuesto.
No presentó una sola declaración.

El SAT tenía facultades para:

auditar,
requerir información,
congelar cuentas,
iniciar un procedimiento penal.
No hizo nada.

La ley fiscal mexicana es implacable con el pequeño comerciante, con el profesionista, con el contribuyente común.
Pero frente a Trump, fue un fantasma.

V. El Estado ausente como política pública

La ausencia del Estado no fue un error.
Fue una postura.

Una postura que dice:

que la ley es negociable,
que la soberanía es selectiva,
que la justicia es opcional,
que el territorio es vulnerable,
que el poderoso siempre gana.
El Estado mexicano no falló.
Eligió no actuar.

Y esa elección es la verdadera tragedia institucional.

La frontera como zona de impunidad inmobiliaria

(territorio, poder y abandono)

La frontera es un territorio extraño.
Aquí México es México… pero también deja de serlo.

Es un espacio donde las leyes se doblan, donde los permisos se ignoran, donde los proyectos se inflan, donde los inversionistas extranjeros se sienten dueños y donde las autoridades mexicanas se hacen pequeñas.

El caso Trump no creó esa impunidad.
La aprovechó.

I. La frontera como laboratorio del exceso

Desde hace décadas, Baja California ha sido un laboratorio donde se experimenta con:

desarrollos turísticos sin regulación,
inversiones extranjeras sin supervisión,
proyectos inmobiliarios sin permisos,
especulación de tierra sin control,
y autoridades municipales que operan como ventanillas de trámite, no como guardianes del territorio.
Trump entendió ese ecosistema mejor que nadie.
Entendió que aquí podía vender un proyecto sin permisos.
Entendió que aquí podía promocionarlo sin visa.
Entendió que aquí podía recaudar millones sin pagar impuestos.
Entendió que aquí nadie lo detendría.

Y actuó en consecuencia.

II. La frontera como tierra de nadie

El terreno de Punta Bandera es el símbolo perfecto:

excavaciones superficiales,
un módulo de ventas abandonado,
basura acumulada,
un hoyo que nunca se convirtió en torre,
un paisaje que parece esperar algo que nunca llegará.
Ese hoyo no es solo un fracaso inmobiliario.
Es un monumento involuntario a la impunidad.

Es la prueba física de que la frontera es un territorio donde:

el Estado no vigila,
el municipio no regula,
el inversionista extranjero manda,
y el ciudadano queda desprotegido.
III. La frontera como metáfora del trato a México

Trump vino a México a tratarnos como él dice que somos.
Y México lo dejó.

Esa es la metáfora más dolorosa.

Porque la frontera es el lugar donde México debería defenderse con más fuerza.
Y es, paradójicamente, donde más se entrega.

Aquí se negocia la soberanía.
Aquí se diluye la ley.
Aquí se relativiza la justicia.
Aquí se normaliza la impunidad.

La frontera es el espejo donde México se ve más vulnerable.

IV. La frontera como herida abierta

El fraude de Trump dejó una herida que no cierra:

compradores defraudados,
un terreno vacío,
un Estado ausente,
un país que no se defendió,
una soberanía que se quedó en discurso,
una impunidad que cruzó la línea sin pedir permiso.
La frontera recuerda.
La frontera no olvida.
La frontera guarda memoria de cada omisión.

V. La frontera como advertencia

El caso Trump no es un episodio aislado.
Es una advertencia.

Una advertencia de que:

si el Estado no protege su territorio, otros lo ocuparán;
si el Estado no defiende su soberanía, otros la usarán;
si el Estado no aplica la ley, otros la violarán;
si el Estado no cuida a su gente, otros la engañarán.
La frontera no es solo un límite geográfico.
Es un límite moral.

Y en el caso Trump, México lo cruzó hacia el lado equivocado.

El territorio que habló solo

El caso Trump Ocean Resort Baja México no terminó en tribunales. No terminó en sanciones. No terminó en justicia.

Terminó en un terreno vacío. En un hoyo frente al mar. En un silencio institucional que pesa más que cualquier sentencia.

Pero ese vacío no es un final. Es un testigo.

Porque el terreno sigue ahí, recordándonos que:

el Estado mexicano no defendió su territorio,
la soberanía se quedó en discurso,
la frontera fue tratada como tierra de nadie,
y los ciudadanos quedaron solos frente al abuso del poderoso.
Este capítulo no cierra con una resolución jurídica. Cierra con una resolución moral.

Porque denunciar no fue un acto político. Fue un acto de dignidad. Una forma de decir que México merece algo mejor que la impunidad disfrazada de diplomacia. Una forma de dejar constancia de que, aunque el Estado haya callado, la frontera habló.

Y lo que dijo fue claro: que aquí, donde el mar golpea el acantilado, también golpea la memoria.

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