05/10/2026
La última firma de Don Héctor Terán
Su legado a las nuevas generaciones
Por Jaime Cleofas Martinez Veloz
Hay fotografías que, con el paso del tiempo, dejan de ser un registro documental para convertirse en un testimonio político.
La imagen que acompaña estas líneas fue tomada el 28 de septiembre de 1998. En ella aparece el gobernador Héctor Terán Terán firmando, como testigo de honor, el Acuerdo Político Legislativo para impulsar un Diálogo Ciudadano hacia una Reforma Democrática del Estado de Baja California. Yo estaba ahí, en mi calidad de Coordinador del Grupo Parlamentario del PRI. También estaban representados el PAN y el PRD, las tres fuerzas políticas con presencia en el Congreso local. Seis días después, Don Héctor fallecería.
Cada vez que vuelvo a observar esa fotografía encuentro en ella un significado distinto. Ya no veo solamente la firma de un documento. Veo uno de los últimos actos públicos de un hombre que entendió que la política debía servir para construir acuerdos y fortalecer instituciones.
A finales de la década de los noventa, Baja California atravesaba una etapa crucial de consolidación democrática. La pluralidad política era una realidad cada vez más visible y las diferencias entre los partidos se expresaban con intensidad en la arena pública. Don Héctor gobernaba desde el PAN; yo coordinaba la bancada del PRI; el PRD aportaba también su propia visión del Estado y de la democracia.
Las diferencias eran reales. Nadie las ocultaba.
Sin embargo, en medio de esas divergencias, logramos construir un acuerdo político orientado a impulsar una reforma democrática profunda. La intención era abrir un proceso de diálogo ciudadano que permitiera revisar y fortalecer las instituciones públicas de Baja California, adecuándolas a una nueva realidad política marcada por la pluralidad y la participación social.
Aquel acuerdo fue suscrito por los tres grupos parlamentarios y contó con la firma de Don Héctor Terán Terán como testigo de honor, así como la del Presidente del Poder Judicial del Estado. No se trataba de una ceremonia protocolaria más. Era la manifestación de una voluntad política compartida: demostrar que el diálogo entre distintas fuerzas podía traducirse en consensos para beneficio de la sociedad.
Esa imagen conserva hoy un valor especial porque retrata algo que parece escaso en nuestros días: la disposición de actores políticos con proyectos distintos para sentarse en una misma mesa y construir una agenda común.
Recuerdo a Don Héctor como un hombre de convicciones firmes, pero también como un político que comprendía la importancia del diálogo democrático. Podíamos discrepar en muchos temas. De hecho, lo hacíamos. Pero nunca encontré en él cerrazón frente a las ideas distintas ni desinterés por la búsqueda de acuerdos cuando se trataba del interés superior de Baja California.
Quizá por ello aquella fotografía adquirió una dimensión distinta después del 4 de octubre de 1998. Su fallecimiento, apenas seis días después de la firma, sorprendió al estado entero y dejó inconcluso un proceso que apenas comenzaba a caminar.
Muchas de las aspiraciones contenidas en ese esfuerzo reformador quedaron pendientes o tomaron rumbos distintos a los imaginados entonces. Sin embargo, el valor de aquel momento no radica únicamente en sus resultados. También reside en el ejemplo que dejó.
Hoy, cuando el debate público suele confundirse con confrontación permanente y cuando los desacuerdos parecen transformarse con facilidad en descalificaciones personales, vale la pena recordar aquella experiencia. No por nostalgia, sino por la enseñanza que encierra.
La democracia necesita competencia, desde luego. Pero también necesita puentes. Necesita capacidad de escucha, respeto por la diferencia y voluntad de construir consensos. Ninguna sociedad democrática puede fortalecerse si convierte al adversario en enemigo.
Por eso, a 28 años de la partida de Héctor Terán Terán, considero que uno de sus legados más importantes fue precisamente esa disposición para respaldar acuerdos que trascendieran las fronteras partidistas.
La fotografía de aquel 28 de septiembre permanece como evidencia de ello.
En ella quedó plasmado un momento en el que las diferencias ideológicas no impidieron construir coincidencias institucionales. En ella quedó reflejada una forma de entender la política que hoy sigue siendo necesaria. Y en ella quedó también la que, vista desde la distancia del tiempo, terminaría siendo la última firma pública de un hombre que creyó en la fuerza del diálogo.
Más que una imagen del pasado, esa fotografía sigue siendo una invitación para el presente. Una invitación a recordar que los mejores capítulos de la vida democrática se escriben cuando las diferencias encuentran cauces para convertirse en acuerdos.
Ésa fue la lección de aquella mesa. Y ése sigue siendo, a mi juicio, uno de los legados más valiosos de Don Héctor Terán Terán.