01/10/2025
Durante mucho tiempo se nos ha hecho creer que la salud mental es un tema exclusivamente individual, que basta con “poner de nuestra parte” o “ser más fuertes” para superar el malestar. Esta visión, además de simplista, invisibiliza las condiciones sociales, económicas y culturales que influyen de manera profunda en nuestro bienestar.
La verdad es que la salud mental no se vive en soledad: se construye y se deteriora en contextos. No podemos desligarla de la violencia estructural, de la desigualdad, del acceso limitado a derechos básicos, de los estigmas que aún pesan sobre quienes buscan ayuda, ni de los entornos comunitarios que pueden sostenernos o fracturarnos.
Por eso, hablar de salud mental es también hablar de justicia social. Es reconocer que no basta con responsabilizar al individuo, sino que se requieren comunidades solidarias, políticas públicas incluyentes y espacios donde la empatía y el cuidado mutuo sean la norma y no la excepción.
Cuidar la salud mental implica transformar los vínculos y las estructuras: escuchar más, juzgar menos, abrir diálogo y exigir condiciones dignas que hagan posible vivir con esperanza. Porque lo que afecta a uno, nos atraviesa a todos.