01/10/2026
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Entre potreros, maleza y el silencio de los caminos que conducen de Santa Rosa hacia Pochitocal, se esconde una antigua casona de ladrillos, mampostería y tejas de barro. A simple vista parece una construcción abandonada más; sin embargo, detrás de sus grandes puertas, amplias ventanas y corredores desgastados, se esconde una historia que se remonta a más de 150 años atrás.
Se trata de la antigua finca San Antonio, una propiedad que ya figuraba en el Compendio Histórico, Geográfico y Estadístico del Estado de Tabasco, escrito por el historiador Manuel Gil y Sáenz en 1869. Para entonces, la finca registraba una población de 42 personas, lo que permite imaginar la importancia que tuvo durante aquella época, mucho antes del Porfiriato.
¿Quiénes fueron sus primeros propietarios? ¿Cuántas generaciones habitaron aquella casona? Son preguntas que todavía permanecen entre los muros de una propiedad cuyo origen exacto continúa siendo desconocido.
Décadas después, entre los años sesenta y setenta, la finca perteneció a doña Carmita Pintado, quien, según testimonios familiares, era descendiente de don Camilo Pintado y recibió aquella y otras propiedades como herencia de sus padres. Se dice que estuvo casada con don Anselmo Nieto.
En aquellos años, la figura de doña Carmita todavía recorría los caminos de la región. Algunos recuerdos permanecen vivos en la memoria de quienes la conocieron. Uno de ellos cuenta que llegaba al dispensario médico de Dos Patrias, donde trabajaba su padre, a bordo de un tractor azul, acompañada de su esposo.
Pero el tiempo no perdona ni siquiera a las construcciones que alguna vez fueron símbolo de riqueza y poder.
Tras venderse la propiedad, la antigua casona quedó prácticamente abandonada. Con los años pasó a manos de don Julián Priego, originario de Jalapa, y posteriormente de sus descendientes. Sus habitaciones quedaron vacías, las puertas comenzaron a vencerse y el techo de tejas empezó a desplomarse, mientras la vegetación reclamaba lentamente lo que alguna vez fue suyo.
Hoy, entre las ruinas, todavía permanece un habitante: Santo, conocido por los pobladores de Santa Rosa como «Santo Sapo». Es el encargado, vaquero y cuidador de la finca y del ganado que aún permanece en sus terrenos.
Santo conoce cada rincón de aquella propiedad, pero también asegura conocer algo más: sus misterios.
Cuenta que durante las noches, cuando el silencio se apodera de los corredores y la oscuridad cubre las viejas habitaciones, aparece una niña rubia, vestida completamente de blanco, que permanece sentada en el quicio de una de las grandes ventanas, sin pronunciar palabra.
Una aparición que, según su relato, forma parte de las noches de aquella solitaria finca.
Pero entre las historias que guarda San Antonio también existe un pasado menos misterioso y mucho más inquietante. Una de sus habitaciones habría servido antiguamente como cárcel para los peones que se rebelaban contra sus patrones. Según los relatos transmitidos por Santo, quienes eran considerados más conflictivos podían terminar amarrados y conducidos hasta la orilla del río, desde donde eran embarcados rumbo a San Juan Bautista, hoy Villahermosa, donde permanecían prisioneros.
Así, entre historias de apariciones, recuerdos familiares y testimonios de una época marcada por las grandes fincas rurales, San Antonio conserva fragmentos de una historia que poco a poco parece desaparecer.
Hoy sus antiguos corredores ya no escuchan los pasos de sus propietarios ni las voces de quienes trabajaron en sus tierras. Sus habitaciones permanecen desiertas, sus paredes se desmoronan y las raíces de la vegetación se abren paso entre los ladrillos.
De aquella finca que alguna vez albergó a decenas de personas, únicamente quedan sus ruinas y los recuerdos de quienes todavía pueden contar algo sobre ella.
Dicen que cuando cae la noche, la antigua casona vuelve a quedarse acompañada. Que entre sus ventanas todavía se distingue aquella pequeña figura vestida de blanco.
Quizá sean solamente historias nacidas de la soledad y el abandono… o quizá San Antonio conserve algo más que paredes antiguas.
Porque hay lugares donde el tiempo destruye las construcciones, pero nunca consigue borrar por completo las historias que ocurrieron entre sus muros.
San Antonio no solamente es una finca abandonada: es un fragmento de la historia rural de nuestra Sierra, un testimonio de otro tiempo que hoy amenaza con desaparecer para siempre.
Creditos; Cronista CESAR GARCIA